El ocupante, Sarah Waters

AL FINAL la autora no nos dice a las claras si las muertes fueron suicidios o las cometió el señor Faraday, que es un médico de pueblo timorato y soso; pero tampoco importa mucho, porque el destino de la media docena escasa de figurantes que aparecen en el tomo es tan banal, que nos importa una mierda lo que les suceda, o, acaso, deseamos con entusiasmo que se mueran o los maten cuanto antes.

Cuando uno tiene la irracional costumbre de acabar todo lo que comienza a leer, es una grandísima putada toparse con un libro así. Una enorme novela hoyo, o socavón profundo, de la que se sale encabronado y maldiciente, con ninguna gana de volver a darle una oportunidad a la mujer prosista contemporánea.

Aquí se nos dice que hay una mansión acojonante en una ciudad de provincias de Inglaterra perteneciente a una familia adinerada de la que ya no quedan más que cuatro muertos de hambre. La casa, honra de la localidad cuarenta años antes, ha pasado, como todos, sus guerras mundiales, y ahora, reaparece sin lustre ni encanto en el imaginario de un lugareño pobretón metido a médico que de crío la tenía idealizada. Se nos recrea con morosa torpeza el esplendor ajado del inmueble, la decadencia de una época, de una sociedad, y de no sé qué más, que ha permitido que se derrumben sus galas y ornatos de referencia deviniendo todo a cochambre de techos abombados, yesos con cascarilla, puertas desvencijadas, molduras con humedades, alfombras raídas, estantes con muchos huecos, ratones cagándose en las otomanas, cristales rajados, jardines enmarañados, ruido de cañerías, y timbres sin pilas, un desmoronamiento paulatino que la vieja viuda y sus dos hijos son incapaces de contener. De los hijos de la viuda uno es varón y piloto, voló en la RAF y le derribaron, se quedó tullido y neurótico, carne de frenopático. La hembra es feotona y caballar, con caderas y gran busto bajo la vestimenta añeja y hombruna que se gasta, pero a base de visitas repetidas y de merodeo galante, al médico de familia se le calienta el fonendoscopio y se encapricha de la hija, volviéndose loco por auscultarla con buen ojo clínico. Ella se pasará la novela escabulléndose de él, echándole más cuentas a los fantasmas de la casa que al casorio en ciernes.

Personajes planos, muertos de antemano, fantasmas pacatos, prosa ramplona, decididamente torturadora, quinientas treinta páginas de sujeto verbo y predicado al servicio de los procesos fototróficos de los pastos del jardín, estructura convencionaloide, el médico cuenta la historia en pasado. Poca intriga y menos acojone aún, portada y título engañoso. Un fraude.

En el tiempo dedicado a leer este truño, un lector a velocidad media, pongamos de cuarenta y siete páginas por hora, podría haberse leído cincuenta y tres veces Casa tomada de Cortázar, treinta y dos veces El Horla de Maupassant, y veinticuatro veces Otra vuelta de tuerca de Henry James.

Como en todo, para ser lector, no basta con perseverar y estar mínimamente orientado, indiscutiblemente hay que tener suerte, un poco de suerte de vez en cuando para esquivar libros como éste.

“En arte, como en todo, el comentador está generalmente más prevenido y es más lúcido que el comentado. Es la ventaja del asesino sobre la víctima.”    -E.M.Cioran-

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2 pensamientos en “El ocupante, Sarah Waters

  1. vincentdiable

    Hay una regla básica: desconfiar de toda obra publicitada en El cultural y porquerías de crítica impresionista de semejante índole. Las comparaciones son odiosas pero tanto más si nos topamos con el maestro James de por medio. Blanco y en botella. Un mito a lo Barthes, vamos.

    He estado curioseando en tu blog y me gusta el estilo de las críticas. La entrada de Kafka es excepcional. Has ganado un lector, queridísimo Vargtimmen.

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  2. K

    Verdaderamente yo no lo habría expresado mejor. Subscribo una por una tus comentarios sobre el bodrio. Y mira que los otros libros de la autora me habían hecho pasar algunos buenos ratos. Qué manera de arruinar una carrera literaria digna.
    Un saludo.
    K.

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