Archivos Mensuales: enero 2012

Gabriel Miró, El obispo leproso

TOREA COMO los que no matan y mata como los que no torean que dijo uno de Manolete. A los mejores prosistas del español no les han reconocido bien las novelas o no han sabido hacerlas a la altura de su sintaxis, que es una facultad del espíritu que se lleva en el linaje. Gabriel Miró lleva la sintaxis y el léxico prendidos del babi de los jesuitas como otros llevan el azadón y el bieldo bajo el embozo del moisés.
El Obispo leproso es un sorbo breve de simplicidad aldeana elevado a salmo orquestado. Esta reescritura del evangelio de la provincia se sitúa en Oleza, su pueblo y el mío que dijo otro, y contiene dentro la vislumbre levantina y el fulgor agropecuario de la huerta entre inciensos y pústulas de pecado. Por allí se desvanece el humo dormido de la tarde de viernes santo llevado en exquisitas prosas de plata y azul. En el cuadro, de primorosa pincelada, aparece su prelado, su deán, su capellán, su condesa, su mármol y su día, un infalible mañana detenido como en un responso funeral y su poeta, que es él, Gabriel Miró. Figuras de la pasión celeste y carnal del corpus christi, prosa en andas con mantilla de encaje y glosario de chantillí. Ejemplifíquese:

“Don Vicente se quitó los anteojos, les puso su vaho, los entregó entre los pliegues de un mitón. Volviose hacia el ancho ventanal, y en sus espejuelos limpios se recogían y renovaban las miniaturas de la tarde campesina: un follaje, una yunta, un temblor del cáñamo verde, un trozo de horizonte…”

Así le discurre el verbo, exquisito, delicado, minucioso, con luz académica de claustro barroco y mineral, lírico y sentido, lívidamente salobre. Esta prosa que se desmaya de lindezas sobre el papel, dice el paisaje y la descripción con mimo y asombro escolar, se engasta al renglón como sin porfía descubriéndonos el estigma bíblico del obispo, acaso metáfora de la fe disminuida de su pueblo, los alborozos de novicia fresca de María Fulgencia, la luna, bizarra, lúbrica y pura de doña Purita, los bargueños taraceados de los Lóriz, los decires de calumnia de las beatorras…, y así una abundancia de personajes de tipología claramente española, historiados y porticados, acariciados por la atrición y resobados por el deseo y la perversidad hipocritona y provinciana, tan enquistada dentro del carácter lugareño como asoman, secas o supurantes, bajo las vendas del cuello y de las manos, las infames llagas del obispo.

“Apareció tío Eusebio con la esposa casi nueva, una dama bordalesa, que hablaba un español delicioso y breve. Era toda elegancias, en su vocecita, en sus mohines, en sus miradas y actitudes, como si su cuerpo, sus pensamientos, su habla, y su corazón fuesen también obra de su modisto.”

“Me gusta leer como lee una portera: identificarme con el autor y con el libro. Cualquier otra actitud me hace pensar en un descuartizador
de cadáveres.”    -E.M.Cioran-

El ocupante, Sarah Waters

AL FINAL la autora no nos dice a las claras si las muertes fueron suicidios o las cometió el señor Faraday, que es un médico de pueblo timorato y soso; pero tampoco importa mucho, porque el destino de la media docena escasa de figurantes que aparecen en el tomo es tan banal, que nos importa una mierda lo que les suceda, o, acaso, deseamos con entusiasmo que se mueran o los maten cuanto antes.

Cuando uno tiene la irracional costumbre de acabar todo lo que comienza a leer, es una grandísima putada toparse con un libro así. Una enorme novela hoyo, o socavón profundo, de la que se sale encabronado y maldiciente, con ninguna gana de volver a darle una oportunidad a la mujer prosista contemporánea.

Aquí se nos dice que hay una mansión acojonante en una ciudad de provincias de Inglaterra perteneciente a una familia adinerada de la que ya no quedan más que cuatro muertos de hambre. La casa, honra de la localidad cuarenta años antes, ha pasado, como todos, sus guerras mundiales, y ahora, reaparece sin lustre ni encanto en el imaginario de un lugareño pobretón metido a médico que de crío la tenía idealizada. Se nos recrea con morosa torpeza el esplendor ajado del inmueble, la decadencia de una época, de una sociedad, y de no sé qué más, que ha permitido que se derrumben sus galas y ornatos de referencia deviniendo todo a cochambre de techos abombados, yesos con cascarilla, puertas desvencijadas, molduras con humedades, alfombras raídas, estantes con muchos huecos, ratones cagándose en las otomanas, cristales rajados, jardines enmarañados, ruido de cañerías, y timbres sin pilas, un desmoronamiento paulatino que la vieja viuda y sus dos hijos son incapaces de contener. De los hijos de la viuda uno es varón y piloto, voló en la RAF y le derribaron, se quedó tullido y neurótico, carne de frenopático. La hembra es feotona y caballar, con caderas y gran busto bajo la vestimenta añeja y hombruna que se gasta, pero a base de visitas repetidas y de merodeo galante, al médico de familia se le calienta el fonendoscopio y se encapricha de la hija, volviéndose loco por auscultarla con buen ojo clínico. Ella se pasará la novela escabulléndose de él, echándole más cuentas a los fantasmas de la casa que al casorio en ciernes.

Personajes planos, muertos de antemano, fantasmas pacatos, prosa ramplona, decididamente torturadora, quinientas treinta páginas de sujeto verbo y predicado al servicio de los procesos fototróficos de los pastos del jardín, estructura convencionaloide, el médico cuenta la historia en pasado. Poca intriga y menos acojone aún, portada y título engañoso. Un fraude.

En el tiempo dedicado a leer este truño, un lector a velocidad media, pongamos de cuarenta y siete páginas por hora, podría haberse leído cincuenta y tres veces Casa tomada de Cortázar, treinta y dos veces El Horla de Maupassant, y veinticuatro veces Otra vuelta de tuerca de Henry James.

Como en todo, para ser lector, no basta con perseverar y estar mínimamente orientado, indiscutiblemente hay que tener suerte, un poco de suerte de vez en cuando para esquivar libros como éste.

“En arte, como en todo, el comentador está generalmente más prevenido y es más lúcido que el comentado. Es la ventaja del asesino sobre la víctima.”    -E.M.Cioran-