Orlando, Virginia Woolf

ORLANDO SE ACOSTÓ varón y se levantó con canaladura. Este hecho tan corriente en nuestros días, no lo era tanto cuando se publicó la novela. Por ese transformismo literario y por unas cuantas cositas más, Virginia Woolf sigue siendo considerada una precursora del modernismo estilístico y avanzadilla insigne del modernismo sexual.

La biografía paródica del personaje “Orlando” ha llegado a parecerles cosa seria a las feministas de pancarta, un alegato contra la empestillada y falocrática moral victoriana o algo así, y sobre ella han erigido el estatuto a la libertad sexual de todos los seres del planeta y a la emancipación social de la mujer reprimida. Liberadas todas ya o casi todas, lo digo desde este lado del mundo y a esta hora de hoy, hablemos de la novela.

Novela que de no haber sido excepcionalmente escrita por Virginia Woolf, adquiriendo así rebozo prestigioso de malditismo (vida insatisfecha y destino trágico) hubiera sido arrojada al cesto de la ropa sucia con la etiqueta de disparatada y rara, o tal vez mucho peor, haber sido considerada de género fantástico experimental y adiós muy buenas, se hubiese ido por el agujero del retrete de la historia de la literatura.

Orlando es un joven aristócrata de abundantes riquezas y refinada belleza que menudea por la corte de Isabel primera de Inglaterra derritiendo el chirri a las cortesanas y doncellas a su paso; nos dicen sus biógrafos que la reina en persona quiso echarle un tiento al llamativo barbián, pero se malogró la faena llevándose tan ilustre señora un gran berrinche. El siglo dieciséis desvanecía entre ajados cojines y tules polvorientos.

La ambigüedad sexual del joven aniñado o de la niña hombruna cautivará a las más exquisitas damas de las provincias más remotas. Con Sasha, la hermosa llegada en el barco de la embajada rusa, Orlando aprenderá una de las lecciones más dolorosas de su larga vida, la del desengaño y la traición amorosa. Sobre un Támesis helado y lírico, arreciado Londres por un temporal bíblico, Orlando y Sasha se amaron hasta la postrera descarnadura. Lección de la que nunca se repondrá. Fané y descangallado  intentará aliviar su atormentado corazón refugiándose en la escritura y conociendo en persona a los grandes poetas de su época. Todos le parecerán envanecidos, frívolos y desclasados, añadiéndose una nueva decepción a su vida. Enclaustrado en su inmensa morada pasarán fugaces los años como baldías horas muertas, exiliado del mundo, al amparo de sus criados y de sus perros, se obstinará en dejar a las generaciones venideras un ajuar doméstico a la altura de su grandeza. Amueblará los cientos de dormitorios con las piezas más distinguidas, los materiales más nobles, y las telas más selectas, y los abrirá al mundo en multitudinarios festines para asueto y holganza de sus vecinos. Convertido en todo un Gatsby medieval, ejercerá de espléndido anfitrión y voluptuoso mecenas de marquesas y poetastros. La luz se filtrará de nuevo por los gruesos cortinones iluminando los blasones dormidos de su estirpe y nuevamente será reclamado con desenfrenada pasión por las damas. Su belleza perenne, sin mácula, sus piernas esculpidas en mármol de Carrara, su vulnerable fragilidad de ser incomprendido, melancólico e insatisfecho, y el recuerdo del amor frustrado lo empujarán a librarse de las irritantes intrigas de alcoba y a escapar. Escapar, por ejemplo, a Estambul.

Unos pocos años allí, alternando con la morería y cortejado sin medida, inmerso en la rutina fútil de la diplomacia, en un paisaje distinto, arisco, a plena luz del mar de Mármara, ejerciendo de Embajador del Rey, le disiparán viejas inquietudes y alentarán nuevos temores, de su sueño dogmático le despertará el príncipe gitano y el balido de una majada de cabras. Por el olivar venían bronce y sueño y a ellos se unió, pero no tardaron en rechazarla por sensible y sensitiva. Él dejó de ser él para convertirse en ella y deseó volver a Londres, naturalmente, a dónde si no.

“Una atmósfera saturada de agua remplazó los paisajes inequívocos del siglo dieciocho. De un modo imperceptible y furtivo, sin fecha ni hora precisa, el clima de Inglaterra cambió. La humedad lo alcanzó todo enmoheciéndolo. Los hombres sintieron frío en el corazón y en el alma. Los sexos se distanciaron. Por ambas partes se practicaron la disimulación y el rodeo. Al desenfreno de la hiedra correspondió dentro otra fecundidad. La vida normal de la mujer era una sucesión de partos. Así nació el Imperio Británico. La humedad lo inflamó todo. En literatura se empezaron a multiplicar los adjetivos, los párrafos, las piezas líricas se convirtieron en poemas épicos, y las bagatelas de una columna dieron paso a enciclopedias de diez y veinte tomos.”

Una vez se llevó la mano al seno izquierdo y halló el manuscrito enrollado con manchas de sangre y de siglos. Su eterno poema “La Encina”, fechado en 1586, latía ansioso como un corazón desbocado, trescientos años trabajándolo sin completarlo, desarrollando ideas sobre la eternidad. Se percató de que poco había cambiado desde entonces ese muchacho melancólico, amoroso, exuberante, travieso, burlón, a veces prosa a veces drama. Ella, ahora, seguía siempre pensativa y reconcentrada. Soltera, impar, y sola. Amaba la naturaleza y a los animales, sentía pasión por el campo y las estaciones, pero sentía que le faltaba una vida, un amante. Y sin buscarlo lo halló en un prado, galopando hacia el Cabo de Hornos. El indomable Espíritu de la Época logró domeñarla y, sin demasiada lucha, se entregó.

“En efecto, aunque su relación había sido tan corta, ya habían adivinado, como siempre acontece entre enamorados, lo fundamental de uno y otro, y sólo les faltaban algunos detalles insignificantes como el domicilio y el nombre, el saber si eran pordioseros o gente rica.”

Una alianza de oro liso sustituyó sus esmeraldas isabelinas, el siglo diecinueve y la humedad atemperó sus bríos. Tenía treinta años que son tres siglos. Su vida era un tránsito textil y ornamental, una pasarela de tendencias que recorría trescientos años, de los calzones a la bombacha, de la bombacha a la falda, y de la falda al miriñaque armado que encubre la preñez. Una pugna interior entre la realidad y el deseo, entre la escarcha y la llama, la colgadura y el raigón.

“Orlando había ordenado las cosas de tal manera que su situación era muy feliz: no necesitaba atacar su época ni someterse a ella; era de ella, pero seguía siendo la misma. Por consiguiente podía escribir, y escribió. Escribió, escribió.”

“Orlando padeció un desencanto inexplicable. Todos esos años había imaginado que la literatura –sírvanle de disculpa su reclusión, su rango y su sexo- era algo libre como el viento, cálido como el fuego, veloz como el rayo: algo inestable, imprescindible y abrupto, y he aquí que la literatura era un señor de edad vestido de gris hablando de duquesas.”

Hay veces que Virginia Woolf parece estar escribiendo la novela pensando en que se la va a traducir Borges al castellano, cambiando ahora el registro narrativo por una voz lírica y metafórica y luego por un tono raso y burlón, como riéndose entre dientes y diciéndose para sí: ¡jódete Borges, jódete! De igual modo Borges parece estar queriendo adueñarse sin disimulo de la novela al traducirla y convertirla en uno de sus cuentos circulares, pudiendo confundir al lector ocasional que termine el libro y crea que Virginia Woolf era porteña. Pues no.

“Aceptamos sin temor la idea de un sueño ininterrumpido; en cambio un despertar eterno (la inmortalidad, si fuera concebible, sería eso), nos une en el terror. La inconsciencia es una patria; la conciencia, un exilio.”   -E.M.Cioran-

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