El sobrino de Wittgenstein, Thomas Berhnard

HAY UNA LOCURA inquieta que pide papel y lápiz, lienzos, pinceles, pentagramas, pistolas…, y otra interior, anónima, recóndita, ensimismada, revestida de camisas de fuerza y habitaciones acolchadas. Una es la hermana rica y famosa de la historia, y la otra, la pobre puta desahuciada. Son lo mismo pero no son iguales, ¡qué va!

Paul Wittgenstein nos dice Berhnard, era sobrino de Ludwig, el que escribió el Tractatus, pero no tiene constancia de que se hubieran visto mucho. Ambos estaban locos, pero sus locuras se bifurcaron en caminos distintos. Uno promocionó su talento encubriendo la locura, y el otro aireó su locura ocultando su talento. En realidad, el texto consigue lo que se propone, que le prestemos atención al Wittgenstein desconocido sin que el otro, el reputado, le eclipse ni un ápice a Paul. Y es que, por mucha consideración que le tengamos al filósofo, el otro, el sobrino, llegó a ser nada más y nada menos que el mejor amigo de Thomas Berhnard, una hazaña casi a la altura de las proezas intelectuales de su tío Ludwig.

El Berhnard tísico compartió largas convalecencias con el Wittgenstein loco, la estancia de esos dos amigos en pabellones distintos del mismo hospital, la utiliza el narrador para iniciar el relato. El libro descubre pocas novedades que el Berhnard novelista o el dramaturgo no haya dicho consistente y reiteradamente en sus obras, pero tiene el impagable atractivo de ser en buena medida un texto autobiográfico, reconociendo aquí en primera persona, pensamientos, opiniones, desplantes y contradicciones, antes sólo puestas en boca de sus personajes. Además, el ritmo ordinario de la prosa de Berhnard, con sus culebreos y reiteraciones, parece acelerarse y resultar más fluido que de costumbre, reduciéndose las aliteraciones hasta casi desaparecer, para la estadística señalaremos que la expresión: “en fin de cuentas” u otras muy similares, se repiten más de treinta veces en las  páginas de esta breve pero deliciosa obra.

El apellido Wittgenstein es una garantía de solvencia. Paul dilapidará toda su heredada fortuna a partes iguales entre el vicio y el ocio; su familia, muy a su pesar, será la que se encargue de pagarle una y otra vez las fianzas de una vida intensa y desmelenada, hasta que, al final de la misma, lo dejen morirse en un rincón cualquiera, característica muy común en las buenas familias.

Distinguido, erudito, enfervorizado musicólogo, dandi, viajero, bebedor, cínico, aventurero, apasionado, crítico, escéptico, lúcido, y loco. Un compendio de todo esto y mucho más fue Paul Wittgenstein según Berhnard. Lo conoció doce años antes de morir Paul a través de una amiga común. Con él mantuvo apasionadas discusiones estéticas, teóricas, artísticas, musicales, literarias, sociales, y se convirtió en el mejor interlocutor que jamás conoció. Habitaron los viejos cafés vieneses, conversando o estando simplemente callados, adquiriendo la afinidad de las viejas parejas que reconocen sus necesidades sólo con mirarse. Pronto se descubrieron como espíritus gemelos, compartían el desdén y la pesadumbre hacia lo que contemplaban en las calles a diario, en los periódicos, en los cenáculos, y en los escenarios. Todo el código literario y vital de Berhnard se transmuta en el viejo Paul pareciéndonos en algunos momentos un alter ego del escritor. El nihilismo de Berhnard asoma, quizás, un poco más atemperado en Paul Wittgenstein, ya que al pertenecer a una familia rica mantiene hábitos elitistas y señoriales como las carreras de coches (de aquella época claro, hoy en día la Fórmula1 se ha avillanado) y su pasión por la ópera. No obstante, Berhnard en estado puro, inquietante y turbador. Honesto y ácido, dañino y peligroso, sorteando esta vez con hilarante destreza el capítulo de los premios literarios. Magistral la descripción de su premio Grillparzer y el traje demasiado estrecho para la ocasión.

“Porque un premio se lo entregan a uno siempre sólo personas incompetentes, que quieren defecar en la cabeza de uno y que defecan abundantemente en la cabeza de uno si se acepta el premio. Y están en su perfecto derecho de defecar en la cabeza de uno, que es tan abyecto y tan bajo como para aceptar su premio. Sólo en la mayor necesidad y cuando están amenazadas la vida y la existencia, y sólo hasta los cuarenta años, se tiene derecho a aceptar un premio que lleva consigo una suma de dinero o, en general, un premio o una distinción.”

Berhnard se sincera y nos enternece. Habla sin conmiseración ni patetismo de la enfermedad que habría de matarle, de sus estancias en hospitales de moribundos, de su amor por la música, su desprecio por todo lo alemán, de la imbecilidad austriaca a todas las escalas, predominando la del estamento literario y artístico. Reniega de los detestables cafés literarios vieneses. Admite tolerar el campo durante cortísimos períodos de tiempo, considerándolo un retroceso y una disminución intelectual cuando la estancia se prolonga. Relata el boicot hacia su obra de teatro Partida de caza, escrita para ser representada por Bruno Ganz y finalmente malograda por un grupo de actores inútiles. Conmueve su obsesiva mirada cara a cara al suicidio durante largos periodos de su existencia, y lo que él llama ser de mi vida, refiriéndose a la persona a la que amó y que le amó. Nada mal, después de todo.

“Reflexionar sobre aquellos a quienes ya no les queda mucho tiempo, que saben que todo se les ha acabado, salvo el tiempo durante el cual se desarrolla el pensamiento de su fin. Dirigirse hacia ese tiempo. Escribir para gladiadores…”    -E.M.Cioran-

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