El amante, Marguerite Duras

TODA LA VIDA dice Picasso que tardó en aprender a pintar como los niños. Marguerite Duras no, desde muy niña ya escribía como las niñas y siguió haciéndolo después. Tan difícil o más que el aprendizaje es el desaprender. Librarse de los códigos hallados y buscar otros distintos, códigos inferiores incluso a los que ya se conocían, de menor valor, subestimados y despreciados, es un acto de valentía, también de modestia, y por encima de todo de infinita audacia. ¿De qué me sirve a mí -se pregunta Picasso a los once años- volver a pintar La escuela de Atenas o El triunfo de Galatea, por ejemplo, pudiendo inventar el cubismo analítico inspirándome en la tosquedad primitiva de las representaciones escultóricas en madera de los negros de África? Marguerite Duras escribió a los setenta años una novela que bien pudiera haber escrito a los diecisiete.

¿Dónde se pinta en el suelo de la literatura la raya de lo cursi, irrisorio, y afectado, y la de lo novedoso, profundo, y sensible? Pues, ni puta idea (véase nouveau roman).

Decir que la novela El amante es el recordatorio de una mujer añosa de una relación arcaica en la Indochina francesa. Ella niña y él ya garañón y señorito, chino además. La negativa familiar y social al impúdico acto de pederastia interracial dará por terminadas las torrideces y será el comienzo de la rebeldía y la añoranza lírica, desengañada y reprochona, y el inicio de la escritura. Lo que pudo haber sido y el tiempo y la distancia y las circunstancias no quisieron que fuera, abocándolo a un rincón predilecto de la memoria.

Nomenclatura carnosa y sugestiva de un no poder ser pero sí. Evocaciones de la familia en la colonia, los hermanos, el padre muerto, y la madre maestra madrastra. Frase roma y enteca, sugestiva, sensual, y apasionadamente juvenil. Lumínica pubescencia de atardeceres a la vera del río Mekong, y de las primeras incandescencias sofocadas. Remembranza justiciera hacia la madre arisca y selectiva, al hermano mayor, el favorito, pródigo, canalla y holgazán, y compasiva y tierna mirada hacia el menor, el muerto prematuramente.

Novela de consagración de la autora que causó un tumultuoso rumor de besos y batir de alas y que ahora, a la vuelta de unos cuantos años, pues no sé, me parece un poco…, diría que, ¿sincera? Por decir algo vamos.

“Imposible considerar veleidoso a quien durante mucho tiempo arrastra una dolencia; en cierto modo se ha realizado. Toda enfermedad es un título.”   -E.M.Cioran-

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