El castillo, Franz Kafka

“Tendió a K. una mano temblorosa y lo hizo sentarse a su lado; hablaba con dificultad, era difícil comprenderla, pero lo que dijo”

El castillo acaba en mitad de una frase. “Verso sin terminar, poeta eterno. Quién muriera así al aire de una sílaba” dijo el poeta. Kafka debió morirse en mitad de una oración quedándose así abierto de par en par, a la intemperie de la eternidad mugiente.

“Kafkiano” es un término que ha hecho fortuna en los mercadillos mundiales del neologismo libresco elevando su cotización por encima de otros como shakesperiano, cervantino, velazqueño o fistro.  Todo lo absurdo, complicado y raro de cojones es susceptible de ser definido como kafkiano. Kafkiano es una muletilla que se pone en mitad del habla cuando no sabemos qué más decir. Cualquier jeremías en una tasca dice kafkiano refiriéndose a un árbitro y se queda tan ancho. Lo kafkiano es abstruso, desatinado, angustioso, impreciso, inextricable y tal… ¡añagazas! Lo kafkiano es lo relativo a Kafka, nada más concreto, coherente, razonado y fieramente humano que lo kafkiano. Kafkiano digo, no es el mundo de Kafka, es el MUNDO. Quien no se vea convertido en un escarabajo una mañana cualquiera tras un intranquilo sueño, qué quieren que les diga, adolece de condición humana, así tal cual.

Joseph K., ahora solamente un desamparado y desvanecido K., responderá a la llamada del castillo para prestar sus servicios como agrimensor. Después de un largo y duro viaje por una inhóspita geografía de caminos nevados, K. se apostará ante el castillo y se adentrará en el marasmo y la iniquidad de una población reificada y hostil, modelada en un barro diferente al de su entraña original.

El castillo tiene más de extensa acumulación de estructuras de pisos bajos de piedra desmoronándose que de fortificación defensiva almenada propiamente dicha. El castillo es una ciudadela desmenuzada y mohosa, como además al castillo no lleva ningún camino, el más cercano apenas le circunda se aleja de él, consecuentemente diremos que allí no se puede llegar. Dentro del castillo late el corazón de hierro de la autoridad administrativa y moral, un enclave lábil como el embrión de un anfibio que oculta las nervaduras limosas del sistema. Un súcubo que trasmuta la teoría jurídica organicista por un ordenancismo inoperante y desmedrado que menoscaba el sentido común e imposibilita la existencia. El cambalache de funcionarios y menestrales formará una escolanía agria de ecos sin voces, sin sustrato humano reconocible.

Por ahí deambulará el inerme K., obstinándose en realizar el cometido que lo llevó hasta allí aún cuando inmediatamente a su llegada es avisado de que se trata de un desagradable y, por otra parte, común error, una injerencia entre oficinas, secretarios, despachos, informes, trámites, formularios, extravíos, negligencias, con la esperanza de alcanzar algún día la gracia de una recomendación, una instancia inaccesible que le autorice a desarrollar su trabajo.

Toda la nebulosa de irracionalidad y alienación que envuelve la circunstancia de la novela, queda recluida en un minúsculo y claustrofóbico espacio-caja asfixiante, enrarecido, deshumanizado, opresivo, caracterizado por los interiores de las casas y las posadas. Espacios reducidos, excesivamente caldeados, de paredes irregulares que no llegan hasta el techo, jergones en el suelo y pasillos estrechos veteados de multitud de puertas que ocultan funcionarios que dormitan o revisan expedientes; una estructura degradada, lóbrega, con propensión al laberinto, a la extrañeza y la precariedad, una inquietud constante que más que desasosiego produce angustia.

Todo se confabula para que un humilde agrimensor venido desde muy lejos sin apenas medios para subsistir, quede atrapado en la masa informe de súbditos probos y claudicantes que le niegan el amparo y la posibilidad de integrarse.

Frente a todo, lo más estremecedor es la minuciosa y concienzuda labor de relojero que adopta el autor. Ese mundo extraño y aparentemente invivible, cobra una coherencia interna inapelable. Parece como si Kafka hubiera hecho pasar una exigente reválida a todos sus personajes rechazando a aquéllos menos dotados para la oratoria, a los incapaces de justificar y razonar con vehemente elocuencia el motivo de sus acciones, el porqué de su comportamiento, desde la más humilde camarera hasta el más encopetado funcionario. Todos los personajes razonan con destreza, están pertrechados de inexcusable condición humana. Son humanos porque dominan el lenguaje para expresar sus pensamientos y sus sentimientos. Son, no cabe duda, muy persuasivos. Todos, con variedad de estilo, hablan y lo hacen muy bien, resultándole en ocasiones muy difícil al personaje principal rebatir las argumentaciones que se le ofrecen, motivo que favorece las vacilaciones de K., derivando la narración de la incertidumbre y el estupor inicial al paroxismo último.

Kafka cambia su fisonomía de doliente trasnochado, anónimo, melancólico, enfermizo, a demiurgo desatado asistido por el genio de la creación. Le insufla vida al Golem y le hace darse un garbeo desde Mala Strana hasta el Puente de Carlos. Esto y no lo absurdo y aporístico es lo que ha hecho de Kafka Kafka, no lo kafkiano, la tramoya. Una cosa es pintar marionetas y otra distinta mover los hilos.

Darles cuerda a unos personajes para que se muevan solos y convertirlos en autómatas, es una habilidad relacionada con la robótica, con la juguetería; hacerlos hablar y razonar por sí solos indudablemente tiene que ver con la magia, con la religión.

“Todas las aguas tienen el color de los ahogados.”    -E.M.Cioran-

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