La era del vacío, Gilles Lipovetsky

ESTA COLECCIÓN de artículos y ensayos hacen un libro que mantiene cierto vigor a pesar de los treinta años que han sucedido desde que fue publicado. Se trata de un acopio de generalidades, un catálogo de evidencias que propone una descripción más o menos atinada de la que se ha venido a llamar época postmoderna, periodo de la historia fácilmente identificable aunque no se destaquen fechas precisas que, sin demasiado margen de error, podría situarse entre el fin de la Segunda Guerra Mundial y nuestros días.

Sin noticias de dios y sin visos de producirse una invasión extraterrestre que disloque el tinglado a corto plazo, el único clavo ardiendo al que agarrarse es la guerra nuclear, pero matarse con eficacia y desmesura requiere líderes políticos apropiados y capacitados para ello, hombres con determinación fatal, megalómanos con ansia de eternidad y sed de cielo, psicóticos y maníacos, sociópatas, generales y caudillos, hombres que proclamen: a las armas en vez de a las urnas. Locos, en fin, de los que ya no quedan, extinguidos o travestidos con ese miriñaque de la corrección política y el qué dirán o demasiado ocupados recorriendo la sección de lencería de El Corte Inglés.

Por eso y por otras cosas será el postmodernismo el ismo más duradero de la historia, una historia que ya ha acabado tal como se nos anuncia y de la que no podemos esperar nada más que lo que diagnostica este señor francés que escribe con la intención deliberada de que no se le entienda, con sintaxis enredosa, algarabía y jerigonza.

Son media docena de conceptos alegóricos repetidos en cada uno de los artículos, que se presume serán diferentes, pero son exactamente iguales unos de otros con la excepción disimulada de los títulos. Ideogramas repetidos hasta la desvergüenza y el ultraje intelectual, socavando la paciencia del heroico lector que, como Odiseo, se determine a llegar a Itaca, o sea, a la última puta página.

Todo queda inventariado en el prólogo por lo que uno se pregunta la necesidad que hay de seguir con lo que viene después, el libro en sí vamos. No obstante, encomendándonos a María Santísima desbarrancamos.

Aquí se nos dice una y otra vez hasta que se nos licúa el córtex, que los responsables de las presunciones de Hobbes, cuando afirmaba que el hombre se debate en un estado de naturaleza en permanente conflicto con el otro son, en este orden: la burocracia, la proliferación de las imágenes, las ideologías terapéuticas, las transformaciones de la familia, la educación permisiva y el culto al consumo; todo junto ha engendrado una estructura de la personalidad narcisista que da lugar a unas relaciones humanas crueles y conflictivas. Representando ese narcisismo un nuevo estado de individualismo patológico.

Según el autor, el modernismo se erigió sobre las premisas de ruptura con las tradiciones, las jerarquías de sangre y la soberanía sagrada, anclándose en tres principios hegemónicos: revolución, laicismo y vanguardia. La sociedad moderna era conquistadora, creía en el futuro, en la ciencia y en la tecnología. Reaccionó contra los particularismos sin renunciar al sacrosanto impulso revolucionario. La sociedad postmodernista disipa la sociedad moderna, la desmantela.

Un conjunto de síntomas escrupulosamente pormenorizados originaron un síndrome que aniquiló el modernismo anterior inaugurando una enfermedad nueva llamada, pongamos por caso, postmodernismo.  El diagnóstico es minucioso, el pronóstico desolador, el tratamiento insoslayable.

Enumeremos los síntomas del hombre aquejado de postmodernismo y lloremos desconsoladamente nuestra tragedia. La sociedad postmoderna fuerza una ruptura con el viejo orden anterior de tipo revolucionario-disciplinario-convencional. La rigidez burocrática, educativa y policial se vuelve laxa, esas cinchas tensas con que se embridaba al ciudadano de a pie para que no se desmandase se destensan, el proceso lo va a llamar nuestro autor “seducción”. La seducción es el relajo de la autoridad y la subsiguiente declaración del estado de manga ancha. En este clímax de ensoñación libertina nacerá el hombre nuevo, un hombrecillo que ve como el mundo se despendola y putifica legitimando la cultura del placer primero y después el porno pronto y duro, industrializado, arrinconando el erotismo. Las viejas religiones serán sustituidas por la única y verdadera, la del consumo masivo. Los mass media entonarán a coro la canción de cuna que narcotizará al individuo manejándolo a su antojo. La indiferencia de masa llevará al estancamiento de la sociedad psi, ocupada en buscar su realización personal. El individualismo extremo anejo al solipsismo y al onanismo mental llenará las ciudades de walking dead lobotomizados, apáticos, monótonos, indolentes, asténicos que alternarán la gimnasia sueca con el yoga, la meditación, el ninjutsu, el shiatsu, el reiki, la acupuntura, la talasoterapia y el pádel. El espectro abandonado a un hedonismo pánfilo no tiene más ídolos que el yo, él mismo, y su cuerpo vigoréxico. Ni ídolos ni tabús, conciencia ecológica ramplona, neofeminismo vociferante y materialismo descarnado. El ego postmoderno tiene priapismo, una hipertrófica hinchazón que no remite con duchas frías. La información basura se consume, se masca, se traga sin digerir, y se regurgita para dejar espacio a más información que renueve el ciclo alimenticio. La necesidad de decir lo que creemos saber y de enseñar lo que creemos tener envanece, consolida el narcisismo pop colectivo, integra y modela el egocentrismo. Se es víctima de una alienación gustosa, una reificación consentida. El ocio culmina el proceso de personalización, embellece el espectáculo de vivir. El trabajo es el espacio inane entre dos vacaciones, o entre unas vacaciones y un puente de seis días. El hombre dios, ubicuo y enterado de todo, omnisciente y a la vez muy cool,  ensimismado en naderías y nimiedades, desespiritualizado, edulcorado, miembro de una sociedad preeminentemente holista recorre las avenidas anchas de la libertad a lomos de un descapotable atiborrado de bolsas del Carrefour. Todo esto es una pérdida de materia del ser, produce debilidad mental y anemia en la voluntad.

Si usted presenta alguno de los síntomas expuestos anteriormente tenga la certeza de que la ha cagado bien cagada, indefectiblemente tiene la enfermedad de la postmodernidad y no tiene cura. Si además tiene teléfono móvil y abusa del internet a deshora acuérdese de la virgen porque puede pasarle cualquier cosa en cualquier momento. Es un hedonista incorregible, individualista terminal, narcisista ulterior y encima se está desubstancializando, con perdón.

“No conozco un solo hombre interesante que no haya tenido alguna enfermedad más o menos secreta”.     –E.M.Cioran-

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s