Sobre los acantilados de mármol, Ernst Jünger

POCO TIENE esta novela de alegórica y premonitoria cuando no es más que la constatación alambicada de la evidencia periodística de una época. No eran los nazis demasiado perspicaces, nos consta, para hacer escrutinio donoso.

Tiene la censura política un punto inflexivo allá por el tiempo en que se dejan de quemar autores para quemar solamente sus libros. Lo perverso es que Jünger, creían, era uno de los suyos, y como tal lo perdonaron, le dieron carrete.

La historia parte de una premisa falsa, la descripción de La Marina como tierra idealizada a paraíso sobre la tierra, o sobre los acantilados, en el caso que nos ocupa, donde la feracidad del suelo y la fraternidad de sus gentes proveen de una existencia idílica entre los gremios. Se disfruta y se comparte la abundancia de viandas y caldos, las mujeres rijosas se solazan con el mocerío en los tupidos bosques después de los convites y se engendran criaturas de las que se harán cargo las abuelas, que además de amas de cría y buenas cocineras, serán capaces de encantar serpientes, ¡jódelas anda!

Tono lírico y jabonoso aclimatado a invernadero anarquistón en donde el campesino ara y el monje ora, el pastor pastorea, el poeta loa, y el protagonista y su hermano Othón recogen hierbas y flores por la senda taxonómica de Linneo (Jünger inventariaba bichos, era entomólogo).

La glosa del bien y la bondad natural se hacen ditirambo rusoniano, se remeda el génesis anticipando una conversión del autor al catolicismo y después se narra la caída. El horror.

El Guardabosque es la representación del mal y de la guerra, un vecino con el que compartieron en su día mesa y mantel y rieron y bailaron juntos hasta que algo inexplicable lo precipitó todo hacia la locura, cambiando el entente cordial por la amenaza y el presagio de sangre y muerte. El diablo es como nosotros nos dice el autor, caga y mea como nosotros, ahí reside la mayor pesadumbre, comprobar de lo que somos capaces.

Jünger no aboga por la resignación, parece entender la paz como un benigno interludio entre dos guerras. Sus personajes llegan a La Ermita de los acantilados de mármol después de haber luchado en otra guerra, y cuando el conflicto con el Guardabosque se emputece hasta el delirio, buscan alianzas con otros guerreros para combatir y matar al enemigo con igual o mayor crueldad. El ensañamiento y la ferocidad de esas jaurías de perros salvajes empleados en los enfrentamientos ejemplifica el clima deshumanizado y la animalidad adquirida. El saqueo, el asesinato y el incendio son las constantes del álgebra del terror. Sólo las llamas precipitan la inevitable huida hacia la búsqueda de otra posibilidad, otro paréntesis de paz hasta un nuevo enfrentamiento.

Una semblanza de rituales funerarios primitivos, cabezas en la picota y desgarraduras sanguinolentas, dará con el clima atávico conveniente, pertrechando de los accidentes necesarios la incomprensible geografía del terror.

Tiene esta novelita opresivas reminiscencias kafkianas y un no sé qué que recuerda El juego de abalorios, Esperando a los bárbaros, Desgracia, El mar de las Sirtes, El desierto de los Tártaros, El señor de las moscas…, un sinfín de novelas de cualquier época y de género de atmósfera premonitoria y anticipativa en el que los presagios y las asechanzas se inflaman con parsimonia y estallan violentamente poniéndolo todo perdidito de sangre. Son descriptivas de ambientes y armonías prestas a sucumbir ante una calamidad inmediata. Nos predisponen a la ruindad y a la infamia después de habernos mostrado una posibilidad de convivencia pacífica que acaba siempre en fracaso.

“El sentimiento de maldición sólo se siente verdaderamente cuando se sueña que se padece en medio mismo del Paraíso.”    -E.M.Cioran-

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Un pensamiento en “Sobre los acantilados de mármol, Ernst Jünger

  1. Villagrasa Fèlix

    És curiosa la contradirecció que porten molts espanyols amb Jünger i amb la cultura no específica del materialisme dialecticohistoricocientífic. I és curiós comprovar com ells s’unifiquen i creixen, i els castellanoespanyols es queden, pels pèls, a casa dels seus pares, perquè aviat hauran de canviar, novament, els mapes de les escoles i enxiquir la seva pàtria. Alguna cosa put en la cultura hispànica des de fa segles, per això val més ni parar-hi esment.

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