Libertad, Jonathan Franzen

ESTE NOVELÓN dieciochesco con propensión a la moralina, y decimonónico por volumetría acumulativa y costumbrista, lo ha escrito en el S. XXI un tipo de Chicago. Pertenece al género de la epopeya doméstica, o sea, travesía conyugal a lo largo con infidelidad circundante.

No hay más revuelo en literatura que el que levanta la publicidad ajena a la literatura. Esta novela no le alcanza, creo, a las últimas de John Irving, o al conjunto de la saga de Richard Ford protagonizada por Frank Bascombe, ni siquiera a algunas de las peores de Philip Roth escritas en el siglo en curso, y no admite comparación posible con Contraluz de Pynchon, ni mucho menos con Submundo de Don DeLillo, sin embargo, muchos han lanzado las campanas al vuelo asegurando que habemus papam.

El autor presenta el matrimonio entre Patty y Walter Berglund como si fuera un corte geológico. En los estratos inferiores se encuentra el origen universitario de la relación y las descripciones familiares; clase acomodada y militancia demócrata a un lado, y escasez y conflictos paternos al otro. Se nos revelan los caracteres de los cónyuges; Patty vuelca su incomprensión familiar en el deporte convirtiéndose en una carismática jugadora de baloncesto, la certeza de formar parte de un equipo unido con objetivos comunes atenuará su tendencia a la depresión y la autocomplacencia, difuminando el hecho de haber sufrido una violación . Una absurda lesión la apartará de este asidero fundamental en su vida coincidiendo en el tiempo con la época en que empieza a conocer a Walter.

Walter es un tipo íntegro y responsable acuciado por una familia en descomposición, padre alcohólico, madre sometida, y hermanos disolutos, y por la no menos mortificante conciencia social que llega a atribularle. Esa integridad duradera se afianza en su obstinación natural y un grado de ingenuidad tolerable que le convierte desde cualquier perspectiva en una buena persona, y no en uno de esos decadentes ecologistas chuflas que no saben dónde tienen la mano zurda. Ya desde la universidad su ideario estaba bien definido: aborrecimiento total al papa y a la iglesia católica, cierta simpatía hacia la revolución islámica en Irán siempre que repercutiera en un mayor ahorro energético en los Estados Unidos, veía con entusiasmo las medidas demográficas en China, le preocupaba menos el accidente nuclear de Three Mile Island que el bajo coste de la gasolina, la construcción de una red de ferrocarriles de alta velocidad, pensaba, dejaría obsoleto al automóvil. En su madurez se añadirán las dos grandes causas que orientaron sus afanes, la lucha por la conservación de las aves canoras autóctonas de Estados Unidos, centrándose en la recuperación y el mantenimiento del hábitat de la reinita cerúlea, y la guerra abierta contra la procreación indiscriminada de seres humanos que aboca al mundo a su inminente autodestrucción por falta de recursos alimenticios y por el desenfreno en la utilización de fuentes de energía fósiles.

En este estrato inicial, formativo, aparecerá un elemento que será decisivo en el devenir rocoso de la pareja y también en su erosión y desmembración final, Richard Katz. Se trata del compañero de piso universitario de Walter, un personaje completamente opuesto en todo a él, que el narrador utilizará a capricho y como reactivo para hacer culebrear la acción por los derroteros del artista eternamente insatisfecho. Katz, a decir de Patty, tenía un gran parecido con el dictador libio Muammar Gadafi,  “por entonces el Jefe de Estado más guapo del mundo.”

Que el apocado y responsable e idealista gafapasta Walter, llegase a congeniar con el músico descreído y arrogante y follarín, capricho de todas las mozas del campus se debe a “la azarosa circunstancia de que Walter fuese del pueblo donde se crió Bob Dylan (Hibbing).”

Huelga decir que gran parte de la acción se desarrolla en la tierra de los 10.000 lagos, Minnesooooota midwest.

“El verdadero gran error de su vida fue dar por buena la versión que Walter tenía de ella, pese a saber que no era cierto. Él parecía tan convencido de su bondad que de pronto ella se rindió”

El matrimonio Berglund nace de un equívoco que con los años lastrará irremisiblemente la relación hasta hacerla naufragar; la bondad de Walter es superior a la de Patty sí, pero más pesado que todo eso será el deseo desmedido de Patty por follarse a Richard, un deseo no satisfecho en su momento, durante la universidad, cuando era una necesaria aspiración social que conquistar antes de emprender el donoso escrutinio sobre la conveniencia de uno u otro hombre para amancebarse, reproducirse y comer perdices hasta el final de los días. Pero Patty fue rechazada por Richard por lealtad a su amigo Walter, y ella, en un alarde de humildad u orgullo, o despecho, o inesperadamente iluminada tras el rechazo del macho dominante se entregará a Walter sin remisión. Desafortunada con el primer premio aceptará la humilde pedrea que representa Walter.

En los siguientes estratos vemos la formación del hogar, el altar sacramental construido con la pujanza de la juventud, el entusiasmo y el convencimiento. El esplendor en la hierba; él, joven abogado de la causa más justa, la del planeta, y ella madre, vecina, ciudadana, adulta, ahí es nada. De pronto, no sabemos por qué, se activa el precipitado, el reactivo actúa. La máquina de insatisfacción que permanecía arrumbada en el sótano de la maravillosamente reconstruida casa victoriana empieza a emitir un ligero zumbido, un murmullo constante, efectivamente, a Patty comienza a picarle el coño.

“Walter buscó por todos los medios formas de sexo mejores para ella, excepto lo único que acaso habría dado resultado, que era dejar de preocuparse por buscar lo mejor para ella y sencillamente obligarla a doblarse sobre la mesa de la cocina una noche y darle por detrás. Pero el Walter que habría sido capaz de eso no habría sido Walter. Él era lo que era, quería ser lo que era para ser lo que quería Patty. ¡Quería que las cosas fueran mutuas! Y por tanto la desventaja de chupársela era que luego él siempre quería lamerla a ella, y eso a ella le provocaba unas cosquillas tremendas.”

Al matrimonio le nace una hija redicha e independiente y un hijo facha, o republicano, que desde bien temprano hará notar su insolencia, su carácter contestatario, su ingratitud y su facilidad para inmiscuirse en los negocios más turbios. Esto terminará por desquiciar a su madre empujándola a los arrabales fangosos de la depresión, tornando su campechanía comunal por desabrimiento y extravagancia, paseándose sin red por el alambre resbaladizo del alcoholismo y la complacencia. El padre contemplará atónito e impotente el desmembramiento de su familia sin poder contener la hemorragia de insatisfacción, frustración e infortunio; el escenario político mudable y envilecido que trajo el nuevo siglo, las mamadas de Clinton, la satrapía de George W. Bush, el atentado de las Torres Gemelas, la posterior ocupación de Irak y Afganistán sumados a las diatribas ecológicas conformarán el escenario donde se desarrolla el baile, la hoguera y las vanidades. Ingenuamente, Walter refutará sus pensamientos con ocurrencias del tipo:

“La razón por la que en Europa el libre mercado se ve atenuado por el socialismo es que allí no están tan obsesionados con la libertad individual.”

Saliendo y entrando del backstage, Richard “Muammar” Kantz, líder de los Traumatics, una banda de medio pelo que subsiste de la caridad de los carrozas que se atreven a ir a sus bolos en tugurios de poca monta. Richard tocará fondo, desahuciado, escéptico, sin un duro aunque extraordinariamente solvente con las mujeres, se dejará querer por el matrimonio Berglund, lo recogerán y lo darán cobijo en la vieja casa junto al lago sin nombre. Allí compondrá un disco country de éxito que le pondrá en órbita, se codeará con REM, Wilco, Bright Eyes, White Stripes…, renovará su fama de bohemio y mujeriego y se largará a recorrer mundo, vomitando contra aquellos que se detienen a jalearlo y admirarlo, incluyéndose él mismo, ejercitándose de nuevo en la autodestrucción y el nihilismo de chupa de cuero y tabaco de mascar. En la misma casa del lago donde compuso su disco más celebrado, además, arruinará el matrimonio de su amigo Walter, no pudiendo resistir esta vez, veinticinco años después, la tentación de joderse a Patty, que le presenta insinuante la papeleta ganadora de un premio nunca cobrado:

“… el almuerzo quedaría a medio comer en la mesa y de pronto ella se encontraría con los vaqueros en el suelo y la entrepierna del bañador dolorosamente apartada a un lado mientras él la llevaba a embestidas hasta el éxtasis contra la pared inocentemente empapelada.

-Muy bien, pues, dijo ella, ya sentada en el suelo con la cabeza contra el punto donde antes tenía el culo- Pues… ha sido interesante.”

El renovado interés de Richard por Patty, mujer madura baqueteada por lustros de matrimonio estandarizado y a punto de asomarse a la pendiente de la edad sin retorno  habría que encontrarlo, tal vez, en afirmaciones desencantadas como la siguiente:

“Las tías jóvenes, sobre todo hoy día, eran hiperactivas a la hora de follar, pasando atropelladamente por cada una de las posturas conocidas por la especie, haciendo esto y aquello, y sus chochos infantiles demasiado inodoros y bien afeitados para considerarse si quiera partes del cuerpo.”

La infidelidad de Patty con su mejor amigo hará hervir la sangre del templado, abstemio, y entusiasta  Walter, que a su vez encontrará resguardo bajo las cálidas faldas de su joven y racial compañera de trabajo, renovando la llama extinta de su vieja pasión juvenil y poniendo tierra por medio de su traicionera esposa.

Encuentros veniales y desencuentros dramáticos desenredarán la trama. Los hijos, reconducidos por el sendero de la sensatez y la reconciliación almibarán el esperanzador desenlace; el abrazo gélido de la pareja recompuesta encenderá de nuevo el pebetero.

Se lee por ahí, en las solapas o en los sueltos de los periódicos, que Franzen es de los escritores americanos más europeizados, dicen que lo es por su actitud reflexiva y crítica a la política económica americana, por sus ataques a la rancia y ultraconservadora sociedad de su país, por su militancia ecologista, o su amor a los pájaros, por su prosa cuidada y correcta, de pulso firme y hondo calado sin que la historia mande sobre el estilo. No sé, yo creo que lo dicen porque alguno ha recordado esta frase y necesitaba un titular:

“Se sentó a su antigua mesa de tablero esmaltado y, para evadirse del sabor de la cena, leyó a Thomas Berhnard, su nuevo escritor favorito.”

Sin embargo, a mí pocas cosas me suenan tan americanas como:

“Permaneció inmóvil un momento bajo la luz inmutable de tono violáceo, escuchando el paso de los camiones por la interestatal.”

La novela es una buena novela, incluso una gran novela. Reúne cierto aliento clásico en su propósito por inventariar una época, la actual. La ambición del testimonio crítico de una sociedad a través de unos pocos personajes diversos que padecen y disfrutan, en la medida de sus posibilidades y de lo que sus conciencias les permiten el estado sustancial del hombre contemporáneo, la libertad. Término o categoría, medio o fin, solución o problema. La libertad como autónoma disposición del cuerpo y la mente de uno, nada más y nada menos.

“Para usted que ya no la tiene, la libertad es todo. Para nosotros que sí, es meramente una ilusión.”     -E.M. Cioran-

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