Ejército enemigo, Alberto Olmos

EL PERSONAJE  principal de este libro trabaja en una empresa haciendo no sé qué hostias de publicidad informática, intentando espolear con recados digitales la venta de objetos variados. Vive solo en un piso de un barrio obrero de Madrid plagado de chinos, moros, sudacas y gitanos, seguramente negros y rumanos también. Las escasas mujeres que consigue engañar para follar, a fuerza de un requerimiento mantenido y obstinado mediante palabras o mensajes, suelen abandonarle pronto, asqueadas o escocidas. El alcohol cohabita alegremente con él. Es un adicto del internet lúdico amateur y un furibundo usuario de pornografía. Su vida, funcionarialmente inventariada en mails, sms y esquemáticas anotaciones diarias, desfallece embarrancada en un abismo de poquedad, insatisfacción, desdén y depravación. Un amigo ocasional recién fallecido le diagnosticó el síndrome de Diógenes en su acepción verbal, la versión acumulativa de palabras referidas a nosotros mismos que constaten una existencia verificable. El tener que saberse vivo por mediación de otro, un mensaje, una carta, o una interpelación, no denota una excelente vitalidad, al contrario, la incertidumbre existencial planea sobre el atribulado personaje en cada pasaje de su vida, ya sea en el trabajo camelando a una incauta becaria, en la barra del bar discutiendo los azares del compromiso social con un conocido, o con la polla tiesa cascándosela delante del ordenador.

Ejemplifica el desencuentro del yo preeminente arrinconado en un suburbio menestral. La desazón del solipsista que ve a la gente ir y venir sin que sepan de su existencia, o de cómo se sintió Robinson Crusoe al encontrarse la huella de Viernes en la arena. Un “yo” desgraciado en un paisaje desagradable. Internet será su vía de escape, su ventana a un mundo más habitable y dulcificado, representará a la vez la intimidad traicionada.

El día que Santiago, nuestro hombre, le soltó a Daniel eso tan crudo de: “la solidaridad ha fracasado”, no pudo pensar en ese momento que, además de un ultraje imperdonable, su comprometido, cooperante y solidario amigo, lo iba a tomar como punto de inflexión a su hasta ahora timorata lucha social, entregándose sin ambages a la acción directa que flirtea con el terrorismo. Ese ataque espontáneo de resolución descerebrada le llevó a Daniel a encontrar la muerte, y a Santiago a un regalito inesperado; nada menos que la clave del correo electrónico de su difunto amigo. Una interminable cascada de mensajes que esclarecerán la vida sentimental, laboral, ociosa e intelectual del asesinado, con las correlativas implicaciones personales. Un mecano sinuoso con infinidad de piezas para montar y desmontar, atornillar y forzar sin escrúpulos, un juguete con el que hurgar en las vidas de los demás, sobarlas  y amontonarlas en una esquina cuando el tedio o la disipación lo requieran.

Esencialmente, Santiago es un tipo con arraigada conciencia de clase. Él piensa, y además lo dice: qué es eso de que un hijo de burgués se meta a cooperante, a ayudador de pobres, putas, negros…, en fin, vencidos. Y hacerlo, además, como una forma de ocio de la que envanecerse después, cuando, en la fiesta de la buhardilla, entre rayas y copas, se cuelgan las fotos de la manifa en el facebook desde el ipod.

La instrumentalización ociosa de la solidaridad en las clases altas como una nueva moda desacredita las “buenas intenciones”, es inmoral e hipócrita. El entramado caritativo de los famosos para arrogarse bastardamente una imagen pública solidaria apesta, hiede, hay que denunciarlo, acabar con ello por las bravas. Demasiados calvos para el rock and roll y demasiados pijos para ir de progres.

En torno a esta actitud airada y desencantada, provocadora y contestataria, un tanto grotesca y feroz, va el narrador haciéndonos pasar la novela como un tiro, ágil y directa, brillante e ingeniosa, con diferentes registros de voz, paródicos (escritores reconocibles), metafóricos, retóricos…, incidiendo en aspectos recurrentes: la instrumentalización de la solidaridad en beneficio propio, la conversión de internet en divulgador de intimidades, la publicidad desacreditando cualquier intención artística, explícitas descripciones de pornografía, abundantes textos en forma de correo electrónico, numerosas acotaciones del dietario de Santiago, ácidos monólogos sobre sus vecinos del barrio, la invención de un influyente poeta llamado Zacarías Munt…,  ya sea a través del monólogo interior, la descripción, o el diálogo preciso de los personajes. Novela fresca, insolente y desvergonzada, de mucho follar o querer follar mucho, y de señalar a los capullos, con muchas ideas dentro y con gran versatilidad de estilo, ritmo y tono adecuados, con un candoroso envoltorio de misterio o crimen por resolver muy propicio; novela que joderá a los practicantes de esa solidaridad inútil y publicitada, indignará a los eruditos de pitiminí y se menospreciará en los dos bandos. El peligro y la desolación siempre confluyen en los terrenos fronterizos. En las fronteras empiezan las guerras y suenan los primeros tiros, un territorio hostil al que pocos tienen cojones a arrimarse.

“Cuanto más se detesta a los hombres, más maduro se está para Dios, para un diálogo con nadie.”     -E.M.Cioran-

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2 pensamientos en “Ejército enemigo, Alberto Olmos

  1. Pingback: ‘Ejército enemigo’ de Alberto Olmos « La Critipedia

  2. julian bluff

    Te he localizado a través de tu comentario en Mal-Herido.

    Juan que ha sido pionero en el asunto, ese, de la autopromoción a través de internet y que “va” de saber apreciar lo intiligente y lo honesto debería haberte dejado unas palabras de agrdecimiento. Un gran post, del que me quedo con su frase final (en relación con el contexto, claro).

    También hay otra frase que me gusta mucho -de Jorge Ilegal, me parce que es- “demasiados calvos para el rock’n’roll”. Demasiadas dioptrias para el realismo sucio, podríamos nosotros parodiar trasvasando la intencionalidad de la sentencia al mundo de la literatura.

    Un fuerte abrazo!

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