Pájaro sin vuelo, Luis Mateo Díez

DOZA ES UNA ciudad de niebla rala y sol blando perteneciente a ese reino legendario donde el autor sitúa todos sus libros. Esa Yoknapatawpha de León que Mateo Díez ha insertado en el mapa de la literatura en español, se ha ido llenando de topónimos míticos que más allá de una geografía imaginaria, constituye un estado anímico, una educación moral. Los lugares que conforman ese espacio físico y espiritual con nombres ficticios, son tan reconocibles y reales para los lectores de Mateo Díez como Tres Cantos o Albacete, o incluso más, porque en ellos espejea tibia toda la tristeza y la desolación de un universo escaso y romo, los atavíos polvorientos de una raza que se extingue o se extinguió hace mucho. A decir del autor, son ciudades de sombra, imbricadas en un inespecífico noroeste peninsular, tan laberínticas y antiguas que despiden una fosforescencia fúnebre. Comarcas de muerte y piedra, repletas de cementerios, surcadas por ríos tendinosos que reflejan una luz lechosa y una percepción de extrañeza y desamparo. Cansados vestigios que simbolizan la desaparición de las viejas culturas rurales y que el narrador utiliza como paradigma del mundo provinciano más vuelto hacia adentro.

La mañana en que Ismael Cieza, empleado de la Compañía de Seguros Occidentales, descubrió con estupor su incapacidad para hacerse el nudo de la corbata, inmediatamente supo  que el mundo tal como él lo había conocido hasta ahora comenzaba a cambiar, se desmoronaba. Al derrumbe interior provocado por la reciente separación de su esposa Novelda, se sumaba la ruina exterior, el desaliño indumentario y la caída de la última máscara, la de la apariencia. Los primeros indicios fueron los bajos de los pantalones descosidos, después la pérdida de los botones de algunas prendas, más tarde aparecieron fantasmales lamparones sobre las camisas mal planchadas, y ahora, la orfandad definitiva de los cuellos sin corbata.

Cieza es un tipo gris, anónimo y amedrentado, con propensión a la inutilidad y a la zozobra. Vive en la alerta constante y la desazón del aprensivo crónico; sus males, físicos y espirituales, los asume con resignada abnegación, dándole a la providencia la porción de culpa que le corresponde y a la herencia otro tanto. Parafraseando la contraportada del libro diremos que: “se le juntan las contradicciones de su frágil voluntad y las responsabilidades que no asumió.

Este tambaleante icono de la pusilanimidad, transita por los recovecos de la percepción de su agitadísimo mundo interior como uno de los roedores que se le aparecen en sueños amenazando con desvalijarle la alacena, como uno de los escarabajos que, inmóviles sobre el suelo de la cocina, van dejando en su exhausta inmovilidad un rastro de babas distinguible, o una de las eléctricas lagartijas que esperan retrepadas en la pared de la salita algo por lo que asaltarse y escabullirse. Allá donde la voluntad no le llega, se abre paso con diligencias retóricas y lúcidas transacciones emocionales con sus amigos del alma: Lucio Cañada, el desencantado y sedente rentista, el camarero de la barra del Bar Consorcio, compañero de fatigas intestinales y urinarias, Tulio, el hijo tarambana y crápula de don Medardo, su jefe y propietario de la Compañía de Seguros Occidentales. Y así va conduciéndose por la rutinaria y opresiva ciudad de provincias; irresoluto, desguarnecido, llenito de precariedades y titubeos, movido por una inercia cósmica que le extravía el rumbo certero sin tener la suficiente destreza para enderezarlo firmemente. Un ser a la intemperie de sí mismo acuciado por el problema fisiológico responsable de todos sus males, el mal de cuerpo, comúnmente conocido como estreñimiento crónico. Una trágica herencia paterna que Ismael Cieza encara como si se tratara de una dolencia del alma más que del cuerpo, a ella se entrega en íntimas disquisiciones que sólo confiere a los íntimos y dolientes cofrades del Santísimo Cristo del Colon Melancólico. La poética del no cagar adquiere en Ismael una dimensión épica, además de lírica. La disposición traicionada una y otra vez por ese recto perezoso y traidor que se retracta negándose a la deposición más insignificante, condenándolo al abandono, al extravío, al naufragio en vida. Esto somos, se repetirá una y otra vez las palabras de su padre, cuya último rapto de voluntad fue insistir en que le pusieran a cagar a ver si así podía salir de la vida como un hombre de verdad, de los que cagan blando y abundante.

Por sus trasiegos de retrete en retrete, de loza en loza, de inodoro en inodoro, Cieza, conocedor de los hábitos de limpieza de las cafeterías principales de la ciudad, compondrá una retahíla de ensoñaciones, una reiteración de hechos, abundará en la extrañeza de su ser oclusivo y negligente que le señala y le culpabiliza frente al resto del mundo, como un sistema filosófico cerrado y admonitorio contra sí mismo cuya premisa principal será la resignación. A la dureza circular de la taza del váter se asomarán con desgana disyuntivas vitales como la paternidad, la aceptada y la devenida, el destino interpuesto o inapelable, el modo de comportarse con la dignidad debida aún en el estreñimiento pertinaz, sin dramatismos ni reformulaciones escatológicas grotescas, sólo emociones, emociones vivas.

Si nos atuviésemos a rajatabla al discurso del narrador, pensaríamos que Cieza es un ser totalmente incapacitado para la vida práctica, una montonera enfermiza de huesos que sestea en un colchón sin más vínculo con el mundo que un mínimo instinto de supervivencia, respirar y alimentarse. No obstante, la saña del autor para con su personaje tiene doble bies, y frente a la dureza cruda de la exposición de un carácter en franca retirada, hay que desentrañar las virtudes de Ismael, que son muchas. Ismael no es un antihéroe, es un héroe del fracaso, consciente y perplejo, lúcido sobre todo, un ser que se ha desarrollado y ha conseguido procrearse, ha mantenido un trabajo ganándose el afecto de su superior, incurrió en lejanas infidelidades que pagó con creces al perder a su esposa, su hija le trata con desdén, tiene amigos leales y una disposición vagamente afectiva; Ismael es un ser perfectamente respetable, y eso es algo a lo que no todos pueden aspirar. Ismael es como tú y como yo, un ser reconocible en sus vacilaciones, real.

Ismael Cieza Ganido es un ser humano, y eso es mucho y es escaso.

 Luis Mateo Díez enmaraña los conceptos en el fárrago de una prosa difícil, de deglución pesada. Un hacer lento y elaborado como la fabricación de una perla; una perla oculta va en cada frase, en cada párrafo. Perlas que son ideas, y son sensaciones, y son emociones, todas ellas nutren y aquilatan el estilo, dándole a cada personaje una voz y al paisaje un color determinante. Una obra menor de un demiurgo colosal.

“El error de los que captan la decadencia es querer combatirla, mientras que lo que haría falta es fomentarla: al desarrollarse, se agota y permite el acceso de otras formas. El verdadero precursor no es quien propone un sistema cuando nadie lo quiere, sino más bien quien precipita el Caos y es su agente y turiferario.”    -E.M.Cioran-

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