Viaje con Clara por Alemania, Fernando Aramburu

ESTA NOVELA PARECE más el dietario matrimonial de un español y una alemana que un libro de viajes propiamente dicho. El título es revelador; ella naturalmente se llama Clara, y él, pongamos por caso que Ratón, ambos recorren algunas ciudades alemanas: Hamburgo, Hannover, Gotinga, Lübeck, Rügen, Berlín…; así como una ruta por el Harz tras los pasos de Heine.

Clara es profesora de alemán en un colegio de Wilhelmshaven, aficionada a la escritura, ha conseguido publicar alguna cosilla sin demasiada gloria y ahora, estresada y absorbida por la brega diaria con los niños, acepta encantada el encargo editorial de escribir un libro itinerante por su país natal. Obstinada y metódica, se entregará a la tarea durante el año sabático que le han concedido en el colegio. Como peón de confianza llevará a su marido, un español emigrado a Alemania de estudiante que tras conocer a Clara decide casarse precipitadamente con ella a pesar de las objeciones de su familia política por sus escasas perspectivas de futuro. Él ejercerá de escudero fiel y mozo de cuerda; hará de chófer, fotógrafo, terapeuta, manitas, amante ocasional, y, además, será el narrador de la novela, escrita furtivamente al socaire del trabajo de su mujer, siendo el contrapunto disipado y libertino del carácter un tanto solemne y resabido de su esposa.

El autor utiliza Alemania como escenario pero no como argumento, poco le importa describir el paisaje y desentrañar el volkgeist germano, lo que en verdad intenta es oponer la frialdad enfática, grandilocuente y redicha del Sacro Imperio con la charanga hispana, la chirigota y la chanza ibérica. Así van surgiendo los enfrentamientos entre Clara, tozuda e independiente y con propensión a las jaquecas, diarreas, disneas, vómitos, y al enfurruñamiento, y el españolito avezado en ironías y ternezas.

Alemania como tal aparecerá desvaída e inconcreta como un hatillo de postales viejas, todo el empeño se vuelca en contar escenas de circunstancia conyugal, remembranzas juveniles, excursiones turísticas con epílogo gastronómico, encuentros familiares con tía Hildegard, con su cuñada y su hijo autista, cenas con antiguos amigos estúpidos…, cosas así. Destaca el episodio en que el narrador decide darse un garbeo por un barrio de putas en Hamburgo,  con la idea de contemplar algunas vulvas extrañas. Contemplación y no degustación, porque como rápidamente advertimos en la novela, el tipo es bastante cicatero y afea en alguna ocasión la soltura natural a gastar dinero de su esposa.

“Más allá, junto a la barrera roja de la Herbertstrasse, me abordó una alquiladora de su vagina. <<¿Quieres follar?>>

Preguntarme si quiero follar es como preguntarme si quiero respirar. Hay funciones vitales que a duras penas se dejan gobernar racionalmente, lo mismo que respiro aire, sudo, produzco saliva, eyaculo, y no me fuerce usted, se lo ruego, a mencionar en plena vía pública todas y cada una de mis secreciones. Usted, señora prostituta, con todos mis respetos, debió preguntarme si quiero follar con usted, o contigo en caso de que se estile el tuteo en St. Pauli.”

Novela de impresiones y caracteres, escrita con escrupulosa aplicación de la norma correcta y con la ambición de subrayar un humorismo fino y constante que suavice y embelese, sin desdeñar el trazo grueso y salaz, escatológico, provocativo y elocuente, léase por ejemplo:

“…de este modo descubrí que ella tenía una raja en carne viva entre las piernas que olía un poco como a pescado corrompido; pero luego me enteré de que eso no había que llevarlo a que lo cosieran en el hospital como me cosieron a mí una vez una hecha en la rodilla, no sé sí me explico…”

Aunque la intención de los escritos que va acumulando mientras su mujer se afana en el libro de viajes no es literaria, sino únicamente una distracción ociosa y privada, terapéutica a decir de él mismo: “un remedio efectivo contra los cielos grises y el exceso de soledad”, la novela está salpicada de pasajes líricos y evocadores matizados con belleza y precisión, sobre todo cuanto se refiere a Clara, a su forma de ser y de estar, y adquiere un tono más desenfadado y socarrón cuando relata su forma de hacer. Hacia el final de la novela, al narrador le surgirá la posibilidad de publicar lo escrito a través de un hermano suyo que es editor de profesión, el gordo, que además le servirá de interlocutor en los últimos pasajes de la historia; a las vacilaciones e inquietudes iniciales irán sucediendo episodios nuevos del viaje con Clara que el narrador enviará a su hermano con la intención de hacerse una idea de conjunto, rogándole encarecidamente omitir los detalles excesivamente íntimos relativos a Clara y sus opiniones sobre ella. Abundan, sin embargo, historias chuscas e infantiles, tan ridículas que pueden causar cierto sonrojo o directamente vergüenza, como su visita al cementerio berlinés, interpelando a los autores famosos que allí veía con ánimo de resucitarlos, la no menos oprobiosa escena de poner nombre, Tommy, a un absceso en el pie del que necesitó cirugía, y otras tantas circunstancias llevadas a lo cómico literalmente por los pelos. La amplitud del texto, más que la pretensión, habrán hecho agudizar la imaginación con resultados desiguales; no obstante, la candidez y las buenas intenciones exculpan cualquier osadía presuntamente cómica.

“En ocasiones la veo secarse el pubis con el secador. No es que la espíe por el ojo de la cerradura… Mientras me pide que compre esto y lo otro en el supermercado, o que lleve a Goethe al veterinario de Schortens, veo con cuánta naturalidad levanta un pie hasta el borde de la cama y se dispara, abierta de piernas, el chorro de viento caliente entre los muslos.

Más quiero yo a Clara sudorosa y algo cochina que cuando va dejando tras de sí una estela de jabón perfumado.”

Como un tratado de convivencia tácito, desplegará con franqueza y gracia los pormenores de la relación de pareja con sus accidentes y escollos, sus bondades y consecuencias, sus  satisfacciones y renuncias, sus ataduras y sus recompensas; un ejercicio de gratitud a la mujer amada, a la amiga y compañera de horas, días y años, no exentos de equívocos y desengaños, fiascos y vacilaciones que sopesados harán oscilar el fiel de la la balanza hacia el acierto o hacia el error. “Yo callaba, yo aguantaba, porque si uno no calla, si uno no aguanta, no sirve para marido”.

 “No estás muerto cuando dejas de amar, sino de odiar. El odio conserva.”   -E.M. Cioran-

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