Todo está perdonado, Rafael Reig

MÁS QUE SIN FORTUNA, en España, el humorismo es un género pobretón y frívolo. Ha corrido mucha sangre de hermanos y se ha pasado mucha hambre como para hacer gracietas, nos advierte el sentido común. Convertir el sentido común en particular nunca ha estado bien visto, porque reírse de lo que nos ha jodido o nos sigue jodiendo es como una medicina alternativa, puede que cure pero no tiene prestigio. Es difícil, supongo, hacer parodia novelada o sátira socarrona y encontrar el tono medio entre lo jacarandoso y la jeremiada. Encontrar el tono que te distinga de un Álvaro Laiglesia, de un Vizcaíno Casas, de un Campmany,  de un Alfonso Ussía por ejemplo, escribir los nombres ya es para echarse a temblar. Las corrientes clásicas del humorismo español son dos: enhilar chistes y ocurrencias entre los renglones y redactar monólogos de Gila repitiéndolos ad nauseam, todo bien aderezado de sal gorda y un puñado de mala hostia; se va del greguerismo a la astracanada, intentando hacer pie en el esperpento. Ni puta gracia vamos.

Los cómicos son los feos que no se follan a la protagonista y, o hacen reír o a la puta calle, en literatura igual.

Rafael Reig dice en Todo está perdonado, que unos ganaron la guerra y se aseguraron de que sus hijos ganaran también la paz. Nada original entonces. O sea, que todo quedó atado y bien atado, y lo dice de muchas formas para no caer en la desgracia de ser comparado con alguno de los nombres citados más arriba en cursiva, noloquieradios y, si acaso, que remitan al peor Eduardo Mendoza, aunque tampoco, porque naturalmente Reig tiene mucho más fondo y poso, pero muchas veces la historia se le pierde de vista y no sabe si envidar o decir paso, funambuleando por los arrabales líricos umbralianos o cuarteando por lo rijoso.

“-Es como el que deja a su mujer porque no se la chupa -explicó Montovio, con una de sus imágenes características- El tío empezó a ver que a los rojos no hacen más que chupársela en París.

-Ya te digo. Mira Morcuera, entre tú y yo: a mí mi esposa no me la chupa. Ni yo se lo consentiría jamás.

-A ver, qué falta de respeto.

-El matrimonio es para fundar una familia, no para hacer esas marranadas ¿Es que no hay furcias de sobra?”

Alguien esta envenenando las hostias consagradas de las máquinas expendedoras con las que la familia Gamazo, marquesado de Morcuera, mantiene su adinerado estatus de camisas viejas reconvertidos a demócratas de toda la vida. La última víctima será Laura Gamazo, hija del marqués Perico Gamazo, muy poco antes de contraer matrimonio. Cuatro amigotes decadentes, entre detectives alcohólicos y maderos jubilados, se ocuparán del caso. Los primeros indicios apuntan a crímenes teológicos cometidos por alguna de las sectas enfrentadas a la idea de comunión exprés. Están los bucalistas, que rechazan la comunión en la mano, y los neognósticos, que creen que la materia es el principio del mal y, por tanto, que el Salvador no tiene cuerpo. El conflicto se resolverá por lo prosaico, endosándoselo al GRAPO, concretamente a una marmotilla o chacha de pechos volanderos y memoria vengativa.

La narración se irá entreverando de historia político militar reciente, mientras va tirando aleatoriamente líneas aquí y allá para tratar de desencostrar la relación entre los protagonistas, fraguada en el contubernio militar del 36,  en un Madrid simulado y fluvial, dividido en canales, dársenas y muelles, con la Eurocopa de 2008 de fondo. Fútbol y asonadas, goles y cuartelazos, paridas inconsútiles y pijadas varias además de fustazos a diestro y siniestro (Javier Marías, J. M. de Prada, J.L. Cebrián…) . Texto que lleva bien señaladito la cicatriz del encargo a modo para premio fijo Tusquets editores de novela 2010. Se destacan los párrafos de alta costura entre el prêt à porter general de usar y tirar. Lo más decepcionante es la pobrísima capacidad de fabulación para levantar una trama-excusa donde insertar las divagaciones espermatorreicas sobre la Divina Transición y la Santísima Democracia, rozando no en el absurdo sino en lo chocarrero. Así no, así no.

“Eran mayores, tenían dieciséis años, ya habían dejado atrás, en el altillo del armario los juguetes de la niñez; el Scalextric, el Madelman de Rosario, los libros de Los Cinco, las películas de vaqueros, las Hazañas Bélicas, el yo-yo, las chapas y el Electro- L. Ahora decían lefa, esa tía traga y ¡vaya perolas! Decían chomino y morrearse.”

“Ni pacto con la vida, ni pacto con la muerte: habiendo desaprendido a ser, consiento en borrarme.”     -E.M.Cioran-

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