El mapa y el territorio, Michel Houllebecq

“El mundo está harto de mí y yo estoy harto de él”  -Charles d’Orléans-

EL LIBRO EMPIEZA ANTES, pero hasta la página 31 no considero que se inicie la novela. En esa página se dice: “los niños dibujan monstruos sanguinarios, insignias nazis y aviones de caza (o, los más adelantados, coños y pollas), rara vez flores.”

La historia comienza cuando reconocemos la voz de su autor, hasta entonces es un impostor el que nos habla y nos introduce a empujones en la salita de espera. Cuanto más tiempo te tengan retenido en esa sala anodina peor es la novela. Una tercera persona nos da a conocer la identidad del protagonista, Jed Martin, al parecer artista, no insiste demasiado en ello y el personaje no desborda entusiasmo, artista, sí, pero sin convencimiento. Detalles espolvoreados de su formación en bellas artes, de su familia burguesa: padre reputado arquitecto director de una empresa propia especializada en la construcción de balnearios, y madre suicida.

Hechas las presentaciones la novela se estructura en tres partes y un epílogo. Las dos primeras quedan limitadas por la evolución artística de Jed Martin, de sus inicios como fotógrafo hasta su paso posterior a la pintura. Aquí se nos cuenta, con digresiones y flash-back, el prometedor inicio de Jed en la fotografía, recibiendo unánimes críticas de alabanza hacia su original trabajo. Nada menos que la reproducción fotográfica a escala mayor de los famosos mapas de la empresa de neumáticos Michelin. Fotografías ampliadas desde perspectivas y enfoques diversos de mapas correspondientes a distintas regiones francesas. La misma empresa Michelin se encargará de promocionar y posibilitar sus primeros pasos por ese mundo de exposiciones y precios inflados. De ahí le vendrá el primer dinero fuerte y la orla de joven promesa, además conocerá a una empleada rusa de la empresa con la que mantendrá un idilio.

Hasta aquí el tono y el lenguaje son contenidos, nada soeces, sin sexo explícito ni aseveraciones apodícticas e incendiarias, todo transcurre fluido y discreto imbuido, eso sí, en un nimbo inicial de escepticismo y atenuada pesadumbre que el laconismo del protagonista irá intensificando, desempolvando en momentos concretos inestimables vetas de ironía y nihilismo. La modernidad ardiente e inmediata, la televisión, internet, las descripciones precisas de productos tecnológicos de actualidad y sus marcas estarán muy presentes en el estilo didáctico del narrador. El título de su primera exposición da una clave sobre las intenciones generales del libro: “El mapa es más interesante que el territorio”.

Entreverados a la evolución artística y vital del protagonista, se intercalan fragmentos narrativos que esclarecen su vida familiar e irán completando la difuminada imagen que tenemos de él. Una imagen borrosa debido a la intencionalidad del narrador por ocultar sus sentimientos y deseos y fragmentar y acotar sus opiniones en un ascetismo verbal que roza con el mutismo y evita el enfrentamiento y la discrepancia con los demás. Conoceremos a su padre a través de las silenciosas y asépticas cenas navideñas. Un padre ya jubilado y recluido en una residencia al que la proximidad de la muerte en forma de cáncer de colon y el inminente trasplante de un ano artificial le hará proferir a su hijo confidencias asombrosas y ocultas durante años; su deseo de ser artista también, la insatisfacción de un trabajo que detestaba y los rutilantes ideales juveniles desmoronados por el paso de los años, del suicido de su mujer apenas le dirá nada, porque como él mismo afirma, nunca supo por qué lo hizo.

De una de las conversaciones entre padre e hijo cabe destacar el siguiente texto, también revelador: “Estoy contento de que seas autónomo -respondió su padre- . En mi vida he conocido a varios individuos que querían ser artistas  y a los que les mantenían sus padres; ninguno consiguió triunfar. Es curioso, podría creerse que la necesidad de expresarse, de dejar huella en el mundo, es una fuerza poderosa; y, sin embargo, por lo general, no basta. Lo que mejor funciona, lo que empuja a la gente con la mayor violencia a superarse sigue siendo la pura y simple necesidad de dinero.”

Jed, todavía estudiante, comenzó haciendo fotos de objetos industriales manufacturados, concretamente herramientas. Fotos técnicamente perfectas de objetos neutros, naturalezas muertas, rotundas imágenes de utensilios de hierro y acero desnudo; pistones, tuercas, pernos, martillos, tenazas, alicates,… objetos al servicio de un trabajo menestral, mecánico y sencillo que servirá de plataforma de despegue para su primera conversión artística, el paso de la fotografía a la pintura. Tras sus titubeantes inicios con modelos metálicos, ahora se embarcará en la más ambiciosa etapa de su carrera, la que le encumbrará como artista y le cubrirá de fama y dinero, la etapa pictórica inaugurada por, según historiadores de arte chinos, la “serie de oficios sencillos”, en la que Jed Martin empleó poco más de siete años. De esta época destacarán las obras tituladas: Bill Gates y Steve Jobs conversando sobre el futuro de la informática, subtitulado La conversación de Palo Alto, Ferdinand Desroches, carnicero caballar, Claude Vorilhon, gerente de un bar-estanco, Maya Dubois, asistente de telemantenimiento, Aymée, escort-girl, El arquitecto Jean-Pierre Martin abandonando la dirección de su empresa, Michel Houellebecq, escritor, además de la obra fallida Damien Hirst y Jeff Koons repartiéndose el mercado del arte. Algunos de los hombres más ricos del mundo pujarán por sus cuadros. Jed ha ascendido a la cumbre.

“Muchos años después, cuando llegó a ser célebre, a Jed le interrogarían en numerosas ocasiones sobre lo que, en su opinión, significaba ser artista. Ser artista, en su opinión, era ante todo ser alguien sometido. Sometido a mensajes misteriosos, imprevisibles, que a falta de algo mejor y en ausencia de toda creencia religiosa había que calificar de intuiciones; mensajes que no por ello ordenaban de manera menos imperiosa, categórica, sin dejarte la menor posibilidad de escabullirte, a no ser que perdieras toda noción de integridad y de respeto por ti mismo.”

A través de Frédéric Beigbeder Jed entra en contacto con Michel Houellebecq y le convence, no sin insistencia, para que le escriba el texto del catálogo de su exposición de pintura. Después de varios viajes a Irlanda donde el escritor se haya viviendo semioculto, Jed y él entablarán una peculiar relación en la que se irán desvelando comportamientos, pensamientos, hábitos y costumbres del escritor francés. Sin hacernos partícipes del descubrimiento, y siempre en sordina, adivinamos una afinidad entre el pintor y el escritor, una empatía silenciosa que se impone  a las excentricidades de Houellebecq, su obsesión por los embutidos, su alcoholismo, su desaliño existencial y su exacerbado nihilismo, y lleva a señalar puntos de concordancia entre ambos referidos al principio de creación, el desempeño del arte y a las relaciones con los demás. En compensación por el extenso y acertado texto del catálogo Jed decide obsequiarle con un retrato que el escritor acepta sin entusiasmo para decorar su recién adquirida casa de la infancia. En ese lugar más habitable que el anterior de Irlanda, Jed descubrirá los perfiles de la biblioteca de Houellebecq, su gusto por los clásicos y los moralistas y reformadores sociales del XIX, señalando a Marx, Proudhon, Comte, Fourier, Cabet, Saint-Simon, Pierre Leroux, Owen, Carlyle y Tocqueville. A la pregunta sobre si conoce a William Morris, referente de juventud del padre arquitecto, Houellebecq le mostrará un pequeño libro suyo donde aparecerá una clarividente cita: “He aquí en síntesis nuestra posición de artistas; somos los últimos representantes del artesanado al que la producción mercantil ha asestado un golpe fatal.”

En una de sus conversaciones, sobreponiéndose a la incomodidad que naturalmente la cuestión le provoca, Houellebecq llegará a decir: “para emprender la escritura de una novela hay que esperar a que todo se vuelva compacto, irrefutable, hay que esperar a que aparezca un auténtico núcleo de necesidad. Un libro era como un bloque de hormigón que se decide a cuajar, y las posibilidades de acción del autor se limitaban al hecho de estar allí y esperar, en una inacción angustiosa, que el proceso arrancase por sí solo.”

Jed y Houellebecq, creadores ambos, se funden en una visión similar de la creación. Uno sometido a misteriosos designios o intuiciones que le impulsan indefectiblemente a actuar, y otro a la expectativa ociosa de que surja una incuestionable verdad que fragüe y crezca por sí sola. Paradójicamente contemplamos una hipóstasis literaria, una trinidad ficticia; narrador, protagonista y álter ego del narrador se solapan y se confunden entre las líneas del texto.

Jed sale reconfortado de la casa de Houellebecq, al que ha encontrado clarividente y con mejor aspecto. Sigue nevando, es el día de año nuevo y largas colas de vehículos colapsarán la entrada a París, contrasta la intemperie con la apacible seguridad de su Audi.

La tercera parte tomará un cariz desconcertante. A las puertas de la casa de Houellebecq, un grupo de policías esperan horrorizados la llegada del comisario. El escritor ha sido asesinado, decapitado y descuartizado junto a su perro. La narración se disfraza con eficacia de novela policial y por ahí transcurre ajena al guión establecido en las dos primeras partes. Se nos habla de la vida de un comisario a punto de jubilarse, de la relación con su pareja, una desencantada profesora de economía, y de la satisfacción que les provocan a ambos sus perros, eficaces sustitutos de los hijos. Algunos automatismos del rutinario y anodino trabajo policial francés y la constatación de la completa inoperancia para esclarecer el asesinato del escritor. El caso tomará cierta inercia al contactar con algunos de los pocos conocidos del escritor. Jed Martin es uno de ellos. Él les indicará la sustracción del retrato que le regaló al escritor y el posible motivo económico del crimen. “El mundo es mediocre –dijo Jed finalmente-. Y el que ha cometido este crimen ha aumentado la mediocridad del mundo.”

Azarosamente el crimen se resolverá, enfocando a un depravado y perverso médico de cirugía plástica mentalmente desquiciado y obsesionado por las amputaciones y las reconstrucciones monstruosas así como la entomología y cierto gusto por la pintura. La dramática muerte de Houellebecq, cercenado, escindido, degradado, aniquilado y hecho jirones, enterrado en un ataúd de niño poco después de haber recibido el sacramento del bautismo en el cementerio de Montparnasse, influirá definitivamente años después para romper el mutismo y el exilio voluntario en la tercera reconversión artística de Jed Martin.

“…y que las cosas acabarían así sin conclusión ni explicación, que la última palabra nunca se pronunciaría, que solo perduraría una pena, una lasitud.” Eso es lo que se dice Jed al confirmar las sospechas de que su padre, moribundo, se ha largado a una clínica suiza donde le practicarán la eutanasia. Sus dos padres se han suicidado, el anclaje genético que le une a la vida no parece tener demasiada solidez, piensa de él mismo.

Durante los últimos treinta años de su vida el trabajo de Jed Martin consistirá en grabar y montar una infinita serie de videogramas. Recluido en una finca rural, tomará diariamente imágenes fijas de insignificantes detalles de la naturaleza: una rama de haya agitada por el viento, un mechón de hierba, la cima de una mata de ortigas…. Después, montará sobreimpresiones digitales con objetos, casi siempre complementos electrónicos (teclados, transistores, placas base de ordenador) degradados con ácido sulfúrico para mostrar la corrosión progresiva, la descomposición, decadencia y aniquilación de esas sórdidas ciudadelas futuristas batidas por la intemperie que representan el fracaso de la raza humana frente a la eternidad triunfante de las hojas de hierba mecidas por el viento.

En una última entrevista a una revista de arte la interpretación inmediata de estos trabajos se definirá como una meditación nostálgica sobre el fin de la era industrial europea, y más en general sobre el carácter perecedero y transitorio de toda industria humana. El artista, muy disminuido por la misma enfermedad que aquejó a su padre, balbuceará incansablemente que él solo pretendía dejar constancia del mundo.

La novela, obra capital de los últimos años, es un ensayo cortante contra la iniquidad y la ineficacia del mundo constituido desde el triunfo de la revolución industrial a nuestros días. Todo se cuestiona porque todo se eleva sobre la insuficiencia y la perplejidad, la inestabilidad demostrada de los sistemas productivos, la precariedad vital, la aleatoriedad insultante de las pseudociencias económicas y de mercado, la ignominia del arte moderno como una variable macroeconómica más. Solo espejea, dentro del azogue acuoso de un gran cristal mellado por la realidad, la posibilidad remota de una vuelta a la producción preindustrial, artesana, ecológica, tecnificada y armónica, moderna e insertada en el paisaje rotos los anclajes aldeanos, acomplejados, cainitas; y, ¿cómo no?, lo único verificable y constatable, la realidad radical del hombre: el sexo sin ambages.

Jed Martin se despidió de una existencia por la que nunca había sentido un gran apego. Las últimas imágenes que le pasaron por su cabeza fueron unos pechos flexibles, lenguas ágiles, vaginas estrechas. Vaya, no había tenido una vida tan mala. Amén.

“Jamás el espíritu dubitativo, aquejado de hamletismo, fue pernicioso: el principio del mal reside en la tensión de la voluntad, en la ineptitud para el quietismo, en la megalomanía prometeica de una raza que revienta de ideal, que estalla bajo sus convicciones y la cual, por haberse complacido en despreciar la duda y la pereza -vicios más nobles que todas sus virtudes-, se ha internado en una vía de perdición, en la historia, en esa mezcla indecente de banalidad y apocalipsis… Las certezas abundan en ella: suprimidlas y suprimiréis sobre todo sus consecuencias: reconstituiréis el paraíso. ¿Qué es la Caída sino la búsqueda de una verdad y la certeza de haberla encontrado, la pasión por un dogma, el establecimiento de un dogma? De ello resulta el fanatismo -tara capital que da al hombre el gusto por la eficacia, por la profecía y el terror-, lepra lírica que contamina las almas, las somete, las tritura o las exalta… No escapan más que los escépticos (o los perezosos y los estetas), porque no proponen nada, porque -verdaderos bienhechores de la humanidad- destruyen los prejuicios y analizan el delirio.”    -E.M.Cioran-

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