Orgullo y prejuicio, Jane Austen

 

EL DÍA MENOS pensado, la estúpida y aldeana señora Bennet, considera que toda su pollada ya tiene el pubis lo suficientemente rizado y tupido como para exhibirlo por los salones y echárselo de cebo a los pisaverdes. Así de sucinto es el tema para una cualquiera, tratándose de Jane Austen la cosa cambia muchísimo.

Jane Austen, que murió muy joven, dejó escritas antes de los cuarenta media docena de obras maestras de la literatura universal que el cine y la televisión se han encargado de trivializar y desvirtuar rebajándolas al vulgarísimo estatus de folletón sensiblero victoriano, cuando el lugar que en realidad les corresponde ocupar está muy cerquita del estante en que se coloquen las cosas de un tal Shakespeare, Milton, Eliot, Fielding, Sterne, Goldsmith, Sheridan, Swift, Tennyson, Scott, Dickens, James, Woolf, Conrad y gente así.

Orgullo y prejuicio es la cima creativa de Austen, en ella se dan cita elementos poco comunes para la época en la literatura en general y en la literatura femenina en particular. Austen ausculta, se adentra y desbroza los caminos que serán transitados después por contemporáneos y futuribles. Su fórmula es sencilla: inteligencia más irreverencia al servicio de su heroína.

Austen le metió el cerebro en la cabeza a la mujer en la literatura y no solo eso, la hizo inteligente y sutil, cínica y elocuente, capaz de desenvolverse con brillantez y arrogancia en el mundo presurizado de los petimetres y la sociedad ritualizada, estratificada en propietarios y sirvientes, aristócratas y comerciantes. Un engrudo denso de bailes, fiestas, cenas, bucólicas escenas rurales y desencuentros en la city. Le quitó solemnidad a la alambicada liturgia anglicana descojonándose con distinción de las usos maritales, los caballeritos ociosos, estirados y lampiños, las mocitas deseosas de merecer y toda esa repelente autoridad basada en la mos moris.

La novela es exquisita, y sin salirse de la escurridiza linde de la concisión, alterna la elegancia y la sátira sin caer en los excesos de sensibilidad tan frecuentes en la época y sin cometer el delito mayor de carecer de ella, un tenue parteluz separa lo pretencioso y pueril del diálogo de algunos personajes de la concreción razonada de sus protagonistas. Multitud de registros que forman un coro de voces distintas que caracterizan e identifican al personaje por su sensatez o la falta de ella. Goterones de ingeniosa ironía magistralmente administrados en momentos decisivos de la narración junto a la aspereza rotunda del cinismo más descarnado y un adictivo toque de intriga por conocer su resolución nos conducen con fluidez al final de una novela imprescindible.

El joven Darcy tiene el dinero por castigo, pero su carácter taciturno, introvertido y distante, además de una prosodia engolada y cortante, le hará ganarse la fama de orgulloso y repelente entre las hermanas Bennet, todas ansiosas por coquetear en los salones y pegar el braguetazo definitivo que las sacuda el barro de las porquerizas familiares. De entre todas Elizabeth es la más crítica con el joven Darcy, desarrollando una animadversión que suplantará al odio, pero a la vez, Elizabeth es inteligente, dulce, intuitiva, poco complaciente, orgullosa también, persuasiva, embaucadora, irónica, expectante, manteniéndose siempre en un estado defensivo de alerta frente a las posibles agresiones del exterior. Una más que presentida fragilidad que no tiene que ver con la debilidad, una apariencia de frialdad maliciosa, reflexiva y extremadamente cauta. La conversión del estigmatizado Darcy en el ser deseado por Elizabeth tendrá como todo viacrucis varias estaciones. Entre medias púberes deshonradas por villanos, niñas que sueñan con trenes llenos de soldados, pretendientes despechadas, lánguidos rubores, suspiros de clavicordio, parientes despreciables y parientes sensatos, vagas descripciones rurales y mucha, mucha hipocresía social ridiculizada con gran tino. Un  acrobático ejercicio cognitivo conductual del que saldremos satisfechos y enriquecidos, un lujo.

Elizabeth Bennet: Podría perdonarle fácilmente su orgullo si no hubiera mortificado el mío.

Mary Bennet. La vanidad y el orgullo son cosas distintas, aunque muchas veces se usen como sinónimos. El orgullo está relacionado con la opinión que tenemos de nosotros mismos, la vanidad, con lo que los demás pensarán de nosotros

“El pensamiento es una mentira, como el amor o la fe. Pues las verdades son fraudes y las pasiones olores; y a fin de cuenta la elección está entre el que miente y el que hiede.”      -E.M.Cioran-

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