La caligrafía de los sueños, Juan Marsé

EN ESTO ÚLTIMO de Marsé, La caligrafía de los sueños, cuenta mucho de lo suyo propio, de que su madre murió en el parto y su padre taxista le regaló a un matrimonio que salía mohíno de la puerta de la maternidad después de haber perdido al bebé. Todo esto y lo demás que dice le debe parecer a Marsé de mucho pudor y sonrojo porque la novela la cuenta en una tercera persona espacial, que es una forma de contar alejada y fría, tan distante como la voz en off de un documental de cárdidos.

Digo que lo que dice es poco y repetido y casi no hay nada rijoso y salaz más que esta oración: “Un domingo del verano anterior coincidió con ella en la plataforma abarrotada de un 39 que iba a la playa de la Barceloneta y maniobró hasta conseguir arrimarse a su trasero, y estando así los dos, prensados en el tranvía como sardinas en lata y sin poder moverse, según contó luego, le había endilgado el rabo entre las nalgas y la chica se dejó un buen rato.”

La habitual prosa de Marsé, coñona y menestral, de adjetivación azarosa y desaliñada que es como dar un cantazo a un perro para que ladre y se oiga ruido por allí. Pero el ruido es un gemido lastimero y mortecino, y el perro ya no se arranca a morder porque se le han caído los dientes hace años.

Habla de un niño ensoñadizo y fabulero al que le van saliendo los pelos de los huevos sentado en el barucho de un barrio obrero de Barcelona durante la paz de Franco. Allí puesto, como la chincheta del calendario, divaga y cotillea, lee noveluchas y sueña con ser pianista. Hay verduleo de vecinas pulposas con solteronas, coñás de garrafa, falangistas gomosos y anarquistas bufos, señores cojos y entecos y niñas núbiles, cartas que se extravían, topes de tranvías, bailes agarrados, racionamiento, cuadrillas desratizidas, y café torrefacto (el torrefacto es un café al cual, durante el proceso de tueste, se le añade azúcar en cantidades que normalmente no superan el 15% en peso. A la temperatura que se encuentra el bombo de tueste, aprox. 200º C., el azúcar se carameliza y forma una película quemada alrededor del café.-nuestrocafé.com-), barrios chinos con putas más sugeridas que explicitadas, parques Güell, manojillos de espliego, romero, laurel, aceites esenciales y cosas así y remembranzas del pueblo.

Mete aquí Marsé todo su universo en un costalillo con la culera rota y se le va perdiendo por el camino del contar plomizo y reiterativo, y lo que queda se ve espolvoreado, como una caspa grasa sobre un pelo ralo, lacio y sin vida, aplanado, un querer y no poder triste y acartonado. La historia, tan desmadejada e inverosímil como aburrida y fofa, pega un arreón de manso entablerado al final, recuperando a los personajes algunas años después, por ver de llevarse a alguien por delante o darle un buen susto dejando un punto de estupefacción final, pero a esas alturas ya no hay giro ni vuelco que valga porque el asombro se desvaneció trescientas páginas antes. Con lo que este señor dicen que ha sido. Una lástima.

“Ningún libro me sostenía en el barrio de la enseñanza, ninguna creencia me mantenía, ningún recuerdo me fortalecía. Y cuando las casas se perdían entre azuladas brumas, cuando, septentrional y desierto, el Luxemburgo en pleno invierno nadaba en la escarcha y la humedad enmohecía los huesos y los pensamientos, lejos del presente, me quedaba embobado en mitad de la ciudad. Entonces me abalanzaba angustiado hacia la fuente de los consuelos y desaparecía y resucitaba en brazos de sonoras ausencias.”     -E.M.Cioran-

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