La vida fácil, Richard Prize

HAY MUCHOS LIBROS que te joden más la vida que un único libro en la vida. Es una exageración, porque la vida no la joden los libros o la falta de ellos, la vida no necesita nada ni a nadie para joderse ella misma si le viene en gana. Esa virtud que tiene la vida para joderse o componerse de nuevo y salir ahí como si nada, enhechiza y atormenta tanto como el mismo hecho de vivir, que a unos les gusta, y a otros les jode, o se hacen creer ellos mismos que les jode, para hacérnoslo creer a los demás; aunque, como dijo una escritora de Salamanca, Lo raro es vivir. Vivir en Tragacete o en el Lower East Side, que es lo mismo pero no es igual.

A los negratas e hispanos del Lower, la vida les jode más que a sus vecinos judíos; mientras unos han convertido el barrio en algo tibiamente habitable, llenándolo de tenduchos, almacenes, restaurantes, sinagogas y demás tabucos para enmascarar la usura, los negros holgazanean en los portales de las zahúrdas protegidas de Lemlich, perdidos dentro de sus astrosas y grotescas camisetas, avizorando la próxima víctima, trapicheando o apuntando ripios de subnormales. A uno de estos últimos que digo, una noche se le escapa un tiro y mata a un blanco. De esto quiere hablarnos durante un huevo de páginas Richard Prize en el libro La vida fácil.

La foto de la solapa de la edición de Círculo de Lectores es anormalmente grande, aparece un tío que se parece mucho a Lou Reed, con el mismo aire de reptil amaestrado. Según dicen, este señor neoyorquino tiene un premio de no sé qué y una nominación por una película que le hicieron, y, además, trabajó escribiendo para la serie The Wire porque es un maestro del diálogo y eso. A mí el libro se me enquistó antes de llegar a las cien páginas y todo se puso a la contra del señor con cara de tortuga. Cuando se te enquista un libro el ritmo de lectura baja, las páginas se hacen más grandes y la letra más pequeña, estás como afiebrado y legañoso. Son libros que se te infectan en las manos y te vuelven indolente y aprensivo. Este tipo de libros trampa, editados acaso por los policías de Farenhait 451, le hacen mucho daño al lector ocasional, caen en manos de un lector hembra y lo desbaratan de por vida para la lectura, o, peor aún, lo celebran como una epifanía religiosa, cándidos, ingenuos, crédulos y paganos, dispuestos a adorar el primer becerro desmochado que les pasa por las entendederas.

Casi todo lo que intenta el autor lo dice en forma de diálogo, pero una cosa es lo que parece y otra lo que realmente es. Hay un emisor y un receptor, y, por el aire, o el papel, un mensaje de símbolos que desciframos mediante un código que ambos, emisor y receptor, compartimos. Pero, sucede, que el código que yo utilizo para desencriptar el mensaje, no es el mismo que el del autor, y tampoco lo es el de los traductores, por lo tanto no hay diálogo, ni conversación, y todo es un abultadísimo ruido de más de quinientas páginas. Es un estruendo infernal el argot impúdicamente traducido que utilizan los negros de los guetos, los polis en las comisarías y en las calles, los ciudadanos en sus viviendas, y los camareros en sus bares, y como exclusivamente el libro habla de negros y polis y camareros en las calles de un barrio de Nueva York y no han sabido traducírmelo correctamente al español, pues yo he preferido no entenderlo. Lo que no significa que no haya entendido nada, sino que lo he entendido demasiado bien como para afirmar que es una puta mierda.

La moraleja es que en el Lower East Side la criminalidad sigue siendo disparatadamente alta, focalizada en negros e hispanos de hogares desestructurados, que es un eufemismo para decir que no te obligan a ir al colegio porque tu madre es puta y yonqui y tu padre está muerto o en la cárcel y malvives en un jergón de la caridad de un padrastro alcohólico que te infla a hostias cada vez que respiras, y además tienes que cuidar de media docena de hermanitos, vender drogas, echar un polvo de vez en cuando, escribir rap, asegurarte que la calibre veintidós no se te escurre del elástico del calzoncillo mientras corres y saltas de azotea en azotea huyendo de la pasma o persiguiendo al amigo cabrón que puede irse de la lengua y decir que te has cargado a un blanquito sin querer mientras le dabas un sustito para sacarte unas perras. Eso de una parte. De la otra, los buenos. Los maderos de Nueva York, según nos dice el cara tortuga, viven sometidos al yugo de la burocracia inoperante que se inmiscuye entre jerarquías evitando que cada hombre haga correctamente el trabajo que le corresponde, uniendo a la falta de medios, la soberbia de los superiores, el desdén de la administración central, ocupada en tapar los titulares más llamativos del día y posponer ad aeternum las pequeñas tragedias cotidianas. Llegados a ese punto incalificable, lo único que puede hacer un policía honrado es consolar a las víctimas y rezar porque la familia del finado tenga la suficiente pasta para ofrecer una recompensa que haga saltar de sus ratoneras al ejército de soplones, delatores, confidentes, cañutos y chismosos, y lo ponga en la pista que lo lleve a trincar al malo. Todo bajo el auspicio de una ciudad hostil, depredadora y asesina que reduce a instintos infames a las buenas personas que la habitan, corrompiendo sus sueños, haciendo añicos sus esperanzas, encadenándolas a la desesperanza y a la humillación, sin más salida que la violencia o la huida desesperada. Ya nos lo temíamos, Nueva York es ansí, qué podemos esperar de ella.

Este señor, Richard Prize, que dicen que es un maestro del diálogo rápido, ágil, palpitante, rítmico, indefectiblemente urbano, que abreva en la jerga de delincuentes y maderos, porque al parecer, se conoce bien el paño, como demostraron él y otros colegas en las soberbias imágenes de los rincones más truculentos de la ciudad de Baltimore, en The Wire, donde cada esquina era un cuadro costumbrista del hampa, mientras los polis oteaban en las azoteas colindantes, sin el soporte de las imágenes se queda en nada, vacío, hueco, un bastidor sin tela. Un escritor cuya palabra no dice nada y necesita imágenes para expresarse correctamente no es un escritor, es un fotógrafo sin cámara. Eso es lo que me parece a mí que es cara tortuga, un escritor de televisión. La literatura, evidentemente, anida en otra parte.

“Yo no hubiera podido adaptarme a ningún destino. Estaba hecho para existir antes de mi nacimiento y después de mi muerte, pero no durante mi existencia.”     -E.M.Cioran-

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