Los enamoramientos, Javier Marías

JAVIER MARÍAS escribe desde hace décadas sus novelas en primera persona. Frase larga, rítmica y envolvente, sugestiva puntuación y fervor etimológico. Desdeña la metáfora y la adjetivación profusa porque al parecer, según le leí una vez en un prólogo a la reedición de un libro suyo, por cierto muy “artificioso”, comprendió que la metáfora y el símil estaban al alcance de casi todo el mundo, o sea que le parecía trivial, fácil y efectista. El adjetivo cuando no da vida mata recuerdo. Marías pasa por anglófilo porque sabe hablar correctamente en inglés, algo muy inusual en España, también por haber traducido alguna cosa de Sterne hace años y por haberse tragado unas cuantas High Tables en Oxford, que viste mucho el currículo. Fue discípulo de Juan Benet y es amigo de Pérez Reverte, se sabe con certeza lo que piensa el segundo de la literatura del primero. Faulkner, Nabokov, Henry James, Conrad, Conan Doyle, Turguenev, Rilke, Valle antes, y Sebald, Berhnard, Coetzee, Pamuk ahora o hace un rato, no importa. Toda la obra de Marías tiene una unidad y una coherencia atípica en la literatura contemporánea; Marías escribe desde el primer día con la intención de denunciar y resarcir el escarnio al que fue sometido su padre, el filósofo orteguiano Julián Marías, cuando en los años inmediatos al término de la Guerra Civil fue denunciado por un colega y amigo como simpatizante republicano, delación que le valió el ser expulsado de la universidad durante años. En torno a este hecho se articula el universo creativo y estilístico de Marías. Ha aprendido de los ingleses la transversalidad de la escritura y el tratamiento virtuoso del tiempo narrativo, acaso su mejor cualidad. Dice no perder de vista la trama aunque esta no sea nunca excesivamente elaborada o embrollada, de lo suyo importa lo que piensan sus personajes mucho más que lo que hacen. Todos los textos de Marías son un pensamiento prolongado superpuesto a la propia acción, que no es más que una mínima apoyatura a esas extensísimas divagaciones, soliloquios, monólogos interiores, conversaciones de un solo interlocutor, reflexiones, explicaciones, comprensiones didácticas del hacer o el dejar de hacer. Así es como vuelve a ser su última novela “Los enamoramientos”.

Una mujer discreta mira a diario desayunar en una cafetería a una pareja ejemplar, admirable. Después descubre que el marido ha sido brutal y accidentalmente asesinado por un indigente. El argumento es parco el desarrollo es descomunal.

Maria Dolz, la interlocutora, saca el carrete de hilo negro y empieza a hilar, finísimo, sobre lo divino y lo humano.

El enamoramiento, ese estado auroral que nos disloca a todos más tarde o más temprano, los celos devenidos y su conllevancia, el papel de los muertos en la vida de los vivos, la incredulidad, aceptación y posterior y necesario olvido, la conveniencia de que el muerto permanezca muerto y no pueda inmiscuirse ya más en los asuntos del que queda vivo, la teoría general del duelo, el reproche al muerto por morirse, los fundamentos del deseo, ensayos sobre la envidia, acotaciones sobre la ambigüedad en algunos versos de Shakespeare, puesta en valor de una pequeña y desconocida narración corta de Balzac, la desmitificación del asesinato, la enfermedad y el suicidio, el concepto de amistad a debate, revisión del término creencia al socaire del de realidad, género gramatical de la conciencia, la perspicacia declinada, la inevitabilidad de lo acontecido, la aleatoriedad y el hecho, pertinencia sobre el morirse antes o después de. Reflexiones a dos o tres voces, no más, de la ausencia del ser amado y la progresiva renovación del hueco que ha dejado, sobre la muerte fortuita y estúpida y la repercusión en los que siguen viviendo, la amargura y la soledad. Todas las conjeturas y vagorosas sensaciones que forman el entramado del pensamiento lúcido, interesado, humano, con prejuicios y turbadores anhelos, ensoñaciones y precipitados varios. Al caótico y discursivo hechizo hay que aderezarle el ingrediente mágico, aquél que sólo conoce Marías y consiste en la capacidad de esponjar el tiempo a voluntad, detenerlo o hacerlo transcurrir, elongarlo o disminuirlo como si se tratara de un objeto maleable. Así son los libros de Marías, estancados o fluidos y rumorosos como un río, según. Una escorrentía de ideas, de pensamiento humano.

“¿Es imaginable un ciudadano que no posea un alma de asesino?”    -E.M.Cioran-

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