La contravida III, Philip Roth

Todo el cauce de La contravida, con sus meandros, dársenas y esclusas, discurre por tierras ya conquistadas sí, pero el enorme caudal que acumula lo convierte en algo más que un insignificante afluente. El encofrado puede tambalearse en ciertos momentos produciendo inquietud y estupor en el espectador, pero la verbosidad torrencial de los personajes y el indiscutible poder de persuasión, ya sea por enfermiza insistencia, hacen del libro algo más que un ejercicio retórico con un novedoso estuche.

La estructura, que yo llamo díptico del ludibrio, consiste en contar primero una cosa y después la misma cosa con distintos personajes, reproduciendo una siniestra imagen especular con similitudes y disimilitudes varias.

La impotencia, operación y posterior muerte del hermano, le ocurren en la segunda parte del libro al protagonista, Nathan Zuckerman, que pasa de narrador de las tragedias de su hermano a monologuista de las suyas. En el cruce de azogues rebrotan los universales del pensamiento rothiano desde distintos enfoques, produciéndose el fuego que caldea toda la obra, la controversia que lleva al enfrentamiento, el encarnizado duelo posterior y, finalmente, la sangre derramándose toda por las estancias del entendimiento.

Hace un receso en la causa de la judiez, y a su muerte, entra a escena la ira del familiar despechado, el hermano colérico y enajenado que no quiere ser un personaje más en la obra póstuma. No se nos aclara si la ira que le lleva a destruir los manuscritos inéditos de su hermano muerto la arrecia el pudor de verse paródicamente retratado, el miedo a reconocerse patético y a que lo reconozcan también a él en sus infidelidades, o, simplemente, por mezquindad.

También para no tener que hacer frente a cosas como ésta:

<<Imaginársela con aquella pieza de lencería puesta seguía haciendo, hoy en día, que se tocara la polla con la mano y ejerciera presión sobre ella.>>

Importante papel desempeña aquí la cuestión del albedrío del autor.¿Es ético que utilice a personas cercanas y familiares para recrear sus personajes, distorsionándolos, humillándolos, envileciéndolos y cambiando después, a lo sumo, sus nombres?. La respuesta es categórica: sí. El artista ve la realidad y la interpreta a su modo, y esa realidad está integrada por judíos reaccionarios, antisemitas, hermanos odontólogos, ex mujeres y amantes de ocasión. Tal disyuntiva le lleva a encarar el último tramo de la novela, que es un capítulo del borrador encontrado a su muerte.

Si antes era el hermano despechado el que se oponía a ser un personaje más de la obra de su hermano mayor, ahora es la joven amante inglesa, virtualmente embarazada y casada con Nathan, que, tras irse a vivir a Londres con él descubrirá los inconvenientes de formar parte de la novela de su marido. Ella se saldrá inmediatamente de la novela volviendo a su vida anterior, y se lo comunicará por carta, al parecer la decisión es irrevocable.

El buscado proceso de renovación que anunciaba la contraportada, después de tres matrimonios, Zuckerman lo define así, yéndose a Inglaterra a ser marido de nuevo y padre por primera vez:

<<Los hombres, de jóvenes, emprenden su vida jodiendo con una chica y casándose luego con ella; más adelante, cuando ya están cansados, les surge otra chica, y pretenden salir de su vida igual que entraron, es decir jodiendo, ahora con la nueva.>>

Delirante y fascinante, enojosa a veces, la novela es mala porque no es una novela. Es una nivola unamuniana, con personajes en rebeldía resueltos a no acatar su destino, o, por lo menos, el destino que el autor les ha preparado. En la carta de Maria queriendo rectificar su existencia, resuena lejana, la voz de Augusto Pérez pidiendo clemencia por su vida. Clamando contra un ventrílocuo que le tiene metido el brazo hasta el codo por el culo manejándola como un pelele. En su descaro, Maria le reprochará:

<<…no parecías darte cuenta de que escribir, para mí, no es mi existencia entera tratando de cobrar vida, sino sólo unas cuantas historias sobre las neblinas y las praderas de Gloucertershire.>>

En la carta de contestación a Maria, Nathan, enternecido y escéptico decide tomar un último partido por la defensa  de su identidad haciendo apología de la circuncisión, envolviéndose en la bandera del prepucio de su futuro hijo. Él, que siempre ha transitado por tierra de nadie, como mejor se define es cuando se confiesa: judio entre gentiles y gentil entre judíos.

Finalmente, Unamuno, como Philip Roth, terminará haciendo lo que les salga de los cojones, absolviendo o condenando sin remisión a sus personajes, que son tan reales como cada uno los quiera ver, acaso más, porque la ficción no es más que la realidad corregida, o sea mejor.

<<“Nada de lo que ocurre me incumbe, nada es mío”, dice el yo, cuando se convence de que no es de aquí, de que se ha equivocado de universo y sólo puede optar entre la impasibilidad y la impostura.>> -E.M.-Cioran-

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