Gabriel Miró, El obispo leproso

TOREA COMO los que no matan y mata como los que no torean que dijo uno de Manolete. A los mejores prosistas del español no les han reconocido bien las novelas o no han sabido hacerlas a la altura de su sintaxis, que es una facultad del espíritu que se lleva en el linaje. Gabriel Miró lleva la sintaxis y el léxico prendidos del babi de los jesuitas como otros llevan el azadón y el bieldo bajo el embozo del moisés.
El Obispo leproso es un sorbo breve de simplicidad aldeana elevado a salmo orquestado. Esta reescritura del evangelio de la provincia se sitúa en Oleza, su pueblo y el mío que dijo otro, y contiene dentro la vislumbre levantina y el fulgor agropecuario de la huerta entre inciensos y pústulas de pecado. Por allí se desvanece el humo dormido de la tarde de viernes santo llevado en exquisitas prosas de plata y azul. En el cuadro, de primorosa pincelada, aparece su prelado, su deán, su capellán, su condesa, su mármol y su día, un infalible mañana detenido como en un responso funeral y su poeta, que es él, Gabriel Miró. Figuras de la pasión celeste y carnal del corpus christi, prosa en andas con mantilla de encaje y glosario de chantillí. Ejemplifíquese:

“Don Vicente se quitó los anteojos, les puso su vaho, los entregó entre los pliegues de un mitón. Volviose hacia el ancho ventanal, y en sus espejuelos limpios se recogían y renovaban las miniaturas de la tarde campesina: un follaje, una yunta, un temblor del cáñamo verde, un trozo de horizonte…”

Así le discurre el verbo, exquisito, delicado, minucioso, con luz académica de claustro barroco y mineral, lírico y sentido, lívidamente salobre. Esta prosa que se desmaya de lindezas sobre el papel, dice el paisaje y la descripción con mimo y asombro escolar, se engasta al renglón como sin porfía descubriéndonos el estigma bíblico del obispo, acaso metáfora de la fe disminuida de su pueblo, los alborozos de novicia fresca de María Fulgencia, la luna, bizarra, lúbrica y pura de doña Purita, los bargueños taraceados de los Lóriz, los decires de calumnia de las beatorras…, y así una abundancia de personajes de tipología claramente española, historiados y porticados, acariciados por la atrición y resobados por el deseo y la perversidad hipocritona y provinciana, tan enquistada dentro del carácter lugareño como asoman, secas o supurantes, bajo las vendas del cuello y de las manos, las infames llagas del obispo.

“Apareció tío Eusebio con la esposa casi nueva, una dama bordalesa, que hablaba un español delicioso y breve. Era toda elegancias, en su vocecita, en sus mohines, en sus miradas y actitudes, como si su cuerpo, sus pensamientos, su habla, y su corazón fuesen también obra de su modisto.”

“Me gusta leer como lee una portera: identificarme con el autor y con el libro. Cualquier otra actitud me hace pensar en un descuartizador
de cadáveres.”    -E.M.Cioran-

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