Relatos que me asustaron, aa.vv.

HAY LECTURAS intolerables que nos empeñamos en sacar adelante en nombre de un orgullo que ya no nos queda y una dignidad que dejamos olvidada hace ya tiempo en el escote de cualquier zorra indiferente. Son ganas de humillarse más si cabe por no poder decir hasta aquí he llegado y no me contento solo con decirlo sino que lo hago, pero nunca ocurre nada y continuamos igual de absurdos y perdidos y además lectores, que las desgracias nunca vienen solas. Libros de ocasión de una feria olvidada de provincias o de una ratonera de Moyano un día de lluvia camino del Retiro hacia no sé qué asunto sórdido o qué subrepticia transacción como si un chulo o un puta. Libros que son caros aunque los regalen, que no es el caso, y que llevamos en una bolsa con un asa que se desgarra siempre en la que antes han ido unos albérchigos o cuarto y mitad de algo vivo. Llevas el libro ahora, al desgarrarse completamente el asa, bajo el brazo, incordiando y sobrante como un apero de labranza en un consejo de administración y atraviesas algunas calles sin papeleras en que deshacerte de ese excrecencia voluntaria que has colocado junto a la axila izquierda después de habértela cambiado de brazo ya varias veces. Te dices que te has equivocado comprando esa porquería que no vas a querer abrir nunca porque lo que esperas es tener ganas de releer la novena edición de La sociedad del espectáculo de Guy Debord de la editorial Pre-Textos con prólogo excepcional de José Luis Pardo que compraste no hace muchos meses en Los tipos infames porque se te ocurrió que era el momento de hacerlo y nada más; pagaste también el café y te pusieron el libro en una bolsa en la que no parecía que hubiera habido fruta antes, incluso el camarero, o el librero, te dijo al despacharte que se trataba de una gran libro, algo que uno agradece que le digan cuando compra un libro aunque ya lo supiera de antemano o por el contrario sepa que le están mintiendo. Yo compré el libro que hube de llevar de axila en axila durante varias calles sin que nadie me mintiera diciéndome que había comprado un gran libro, lo hice consciente de que no lo era y por ello toda la responsabilidad de haberlo leído es exclusivamente mía. Nadie me lo recomendó sino yo mismo; consintiendo que había demasiado libros ya esperando su turno de lectura o de relectura (tratándose de poesía) en la mesilla aparador del cuarto, libros que ahora recuerdo había entonces tales como El cielo protector de Paul Bowles, una edición de bolsillo con extractos de los diarios de Jules Renard, la poesía completa de Gabriel Ferrater reunida bajo el título Las mujeres y los días de Lumen, otra también de Lumen con su inconfundible color cartón de W.H. Auden que incluye Canción de cuna y otros poemas, y un aplazadísimo libro de Carmen Esteban sobre Lupe Sino. Puede que a esos libros se les hubieran añadido otros de escritores recientemente fallecidos como El tiempo envejece deprisa de Antonio Tabucchi y tal vez, de haber dejado pasar un poco más tiempo alguno de Carlos Fuentes.

Sabiendo todo eso compré el intolerable libro que he terminado de leer en nombre de un orgullo desvaído que a veces me agita el espinazo de sur a norte como el jipío convulso de esos toros bien matados por arriba que sienten quebrarse su alma con el acero del estoque, dan tres pasos tambaleantes y se derrumban tiesos y encajados de muerte y sombra sobre la arena junto al estribo del ocho. O ese otro orgullo amarillo y pendenciero que alumbran las primaveras mozas cuando, de entre la cola del autobús, resplandece el elástico de una braga tanga por sobre la cintura baja de unos blue jeans de niña metida a hembra.

El orgullo de terminar un libro malo de más de quinientas páginas de letra apretada es el mismo que el de irse de putas: no deberías hacerlo, no tiene mérito. Pero solo tú sabes cuanto has tenido que empujar hasta el final.

Relatos que me asustaron trae en la sobrecubierta la sinuosa y pánfila caricatura que Alfred Hitchcock se hizo a sí mismo, es una selección de cuentos fantásticos hecha a finales de los sesenta por el cineasta y entre el florilegio se hallan tipos con nombres que suenan así de sospechosos: Irving S. Cobb, Basil Cooper, Allen de Ford, Gerald Kersh, Damon Knight, John Burke, Fritz Leiber, Nugent Barker, Phillips Oppenheim, Robert Arthur, Ray Russell, Theodor Sturgeon, Thomas M. Disch, Adobe James, Ellis Peters, Margaret St. Clair, William Sambrot, T.H. White, Robert Somerlott, William Wood, Robert Specht, Donald E. Westlake, Algis Budrys, Henry Slesar y John Wyndham.

Los cuentos de los autores cuya inicial del nombre es bilabial seguida de fricativa me han acojonado bastante menos que aquéllos cuyos apellidos comenzaban por un sonido velar o incluso palatal sonoro. Los de vocal fuerte indiferencia y desdén, mientras que rompo una lanza por los sonidos nasales tras alveolar interdental, ejecutados con maestría y desenvoltura, prosa fragante y desenlace preciso.

El último texto de John Wyndham es una novela de casi doscientas páginas incrustada entre los restantes cuentecillos cortos y nos cuenta la invasión de seres extraterrestres que bajan a los fondos marinos más profundos dedicándose a hundir nuestros barcos mercantes, un mal día comienzan a transformarse en anémonas gigantes que salen a la superficie a matar personas mediante pegajosos tentáculos lanzados al aire como pelillos de diente de león que crecen y se agarran con obstinación a la carne humana desgajándola. Al proliferar estos seres exclusivamente en aguas muy profundas una de las zonas más expuestas a los ataques será el golfo de Vizcaya. Allí se producirán sangrientas batallas entre los celentéreos extraterrestres y los bravos vizcaínos, los ovetenses y los gijoneses. Los gobiernos internacionales harán la vista gorda desentendiéndose del tema, dejando a los ciudadanos indefensos frente a los invasores mientras ellos continúan con su guerra fría. Algo realmente acojonante, háganme caso.

“Ha habido dos cosas que me han colmado de una histeria metafísica: un reloj parado y un reloj en marcha.”    -E.M.Cioran-

La ciudad de Dios, E.L.Doctorow

DECIR QUE TAL o cual cosa es de primeros de siglo otorga lustre y distinción grandilocuente. La aserción histórica es universalmente aceptada como elogio o reconocimiento antes que como vaga referencia temporal. Nada si es de primeros de siglo parece que pueda ser malo: mis abuelos eran de primeros de siglo, ese bargueño con patas de cabriolé, bocallave y cantonera achaflanada también lo es, y qué decir del escabel con guarnecido fileteado greca y espumillón, qué galanura ¿eh?, de primeros de siglo nada más y nada menos –¡jódele anda!-.

La novela de Doctorow se publicó en el año dos mil auspiciada por el síndrome aciago del nuevo milenio, el fin del mundo y todo eso, y en ella colea la intranquilidad y el desasosiego que los bardos del apocalipsis canturreaban a coro. Aquellas algaradas que pronosticaban que los ordenadores del mundo se iban a joder a la vez y los números de la seguridad social y por tanto las cotizaciones se iban a perder, al igual que todas las cuentas bancarias y las domiciliaciones y las nóminas, y el fallo informático afectaría también a los expedientes médicos de los ciudadanos, que irían a los sanatorios por una humilde receta de haloperidol, risperidona o vicks vaporubs,  y recibirían de su entomólogo una factura obscena o un encogimiento de hombros exclamativo; pues bien, como se ha comprobado solo se equivocaron en lo de los ordenadores, que siguieron funcionando correctamente, todo lo demás se jodió.

Bajo esa luz cataclísmica Doctorow plantea su ejercicio deconstructivo. En forma de narración inversa, fragmentaria y dificultosa, yuxtaponiendo voces e historias sin relación aparente, irá cantándole las cuarenta en bastos a la madre del cordero, la santísima trinidad y la biblia en verso libre e interesado.

Hay un escritor que narra, o sea dice la historia, un sacerdote cristiano que se empoza en la herejía adulta del judaísmo en brazos de una rabina viuda de muy buen ver, una voz en off de un alter ego de Wittgenstein que le niega el pan y la sal al lenguaje y se entrega sin ambages al cine mudo preferentemente, un veterano de guerra con psicosis, un periodista jubilado que asesina accidentalmente a criminales de guerra, una historia antológica sobre un gueto lituano bajo el nazismo, vocezuelas intercaladas de físicos que juran y perjuran por sus santos cojones que sí, que el neutrino existe y tiene masa, y algunas más por ahí, voces de canciones clásicas de la Warner Bros y de la Bourne Company que susurran amores perdidos bajo la innoble luz de la luna.

Caótico y desorganizado, inextricable a veces, cuesta mucho reconocer las voces, y los parlamentos derivan a monólogos imprecisos y elucubrativos  sobre decepción moral y desesperanza en escenarios y tiempos distintos.

Una novela digámoslo cursimente “coral”, inyectada en sangre, cinismo y mala hostia contra el dios de cada uno, escrita a puro güevo por encima de convenciones realistas ortodoxas y demás pijadas.

Doctorow hace parecer a cualquier escritor de su generación un muñeco, un escritor de juguete, una puta nenaza, una mujerzuela en esos primeros días de mes tan jodidos.

Más allá de la eficacia de la estructura y su novedad destaca la prosa, las convulsas arquivoltas que la contienen y la adensan como un chorretazo de brea caliente que impregna hasta el pasaje más insignificante del libro, acaso el del robo en la iglesia del sacerdote Pemberton, en el que le desvalijan la sacristía de casullas y sobrepellices y se llevan también una inútil cruz de latón de varios metros que aparecerá en el tejado de una sinagoga de judaísmo evolutivo en la otra punta de Manhattan, comienzo del relato.

Los escritores de la postmodernidad suelen tener un decir largo y confuso, verborreico. Les importa acumular renglones a costa de perder de vista la historia después del primer punto y aparte. Así redactan los postmodernos, acumulan insignificancias lacias en tocones de ochocientas noventa páginas al menos, reescribiendo minuciosamente las leyes de propiedad horizontal de Grand Junction (Colorado), anotaciones sobre enjuiciamiento civil, ordenanzas municipales sobre recogida de deshechos en Buffalo Grove (Chicago) y cosas de éstas. Doctorow va escribiendo por acumulación sin perder de vista la historia, que nace sobre la marcha, la reinventa y la incorpora a su torrente sintáctico abismal.

Ejemplo de escritor de largo aliento, escribir sin desmayo hasta el final con pulso firme y entereza intelectual, sus novelas sobre la Gran Depresión, la interpretación de la historia americana, los bajos fondos de su Nueva York natal, la historia absurda y falsificada de las religiones, la degradación de las ciudades a vertederos de carne triste sin renunciar a ese didactismo casi ensayístico del desconsuelo moderno en la hemiplejia de la urbe con dios al fondo, hacen del viejo octogenario mi escritor judío neoyorkino favorito, escritor de raza no complaciente.

La ciudad de Dios es el compendio en el que un S. Agustín viejo confronta el ideal de ciudad de cristo con la ciudad decadente y pagana condenada al suplicio eterno. Las continuas digresiones le dan pie para abordar todos los demás temas posibles de su obra capital: Las confesiones. Allí explica la naturaleza de dios, habla sobre el judaísmo, la idea del pecado, el bien y el mal, la culpa, la muerte, la providencia, el tiempo, el destino, la historia,…en fin. Ése fue el único libro del que el padre Pemberton al condenar su biblioteca y renunciar a dios no quiso separarse, acaso porque a pesar de la ignominia que lo habita alberga aún una tibia esperanza a la que agarrarse antes de rodar pendiente abajo; como él mismo clama en su pasional discurso de recién casado con la rabina experta en judaísmo evolutivo:

Te han desacreditado, y la degradación sin límites de la idea de la vida nos ha llevado a algunos a la desesperación de maldecir Tu nombre y poner en entredicho Tu existencia. Pido una razón que me haga concebir esperanzas de que estas penalidades de nuestras almas vayan a encontrar su resolución en Ti, Señor, Tú el del Bendito Nombre. Te lo pido por todos los que habitamos este pequeño planeta. Amén.”

“Maestros en el arte de pensar contra sí mismos, Nietzsche, Baudelaire y Dostoievski nos han enseñado a apostar por nuestros peligros, a ampliar la esfera de nuestros males, a adquirir existencia por la división de nuestro ser.”      -E.M.Cioran-

Anochecer, James Salter

ANOCHECER REÚNE once relatos cortos de James Salter. El libro fue publicado por Muchnik editores en 2002 con una letra tipo Sabon de 12 puntos sobre 14 en papel áspero y grumoso de gran densidad. Convenientemente engomado y razonablemente cosido para lectores nerviosos, que los hay. El título de la edición original es “Dusk and other stories” traducido para ésta por Antoni Puigrós Jaume. Decir también que el libro viene acompañado de su ISBN correspondiente, del inefable depósito legal y de todos los accesorios que estimamos necesarios en un producto-libro para su uso eficiente, tapas, hojas y letras impresas.

Se han ido agregando a mis estantes al pasar de los años, numerosos volúmenes en cuyas guardas aparece reiteradamente el nombre de este señor, Mario Muchnik, así, con apellido de cohete ruso. Son libros adquiridos al cuarto o quinto bote en casetas de resobado a precio de tapa y caña o solo de caña. Algunos ni los he abierto y ahí están, acumulando odio contra dios y contra el mundo que los aparta y rechaza. Ediciones variopintas, cuidadas, de títulos y autores disparejos predominando una altura literaria media-alta; en cualquier caso, respetuosas con el lector orientado, que es el merecedor de respeto máximo en la transacción que nos ocupa y no el público, que es masa avilantada y desdeñable.

Sin pretender ser resonante y enumerativo y por tenerlos a la altura de la vista superior digo de Marcelo Cohen dos, El fin de lo mismo y El testamento de O’Jaral, bien uno y enredoso el otro, Nuria Amat, El libro mudo y Viajar es muy difícil,  Ismail Kadaré, Roy Lewis, André Brink, Libuše Moníková, Isaac Montero y El sueño de Móstoles, Doctorow, Primo Levi, Saer, Salter…

Anochecer lleva sobrecubierta, en la foto aparece el porche de una casa unifamiliar de tejado bajo; iluminando la anochecida, una bombilla emite una estridente luz sobre un paisaje ambiguo y lechoso que no sabemos si es mar o carretera interestatal, playa o brea. Aparece solitaria además, junto a la ventana del porche, una silla vacía de poliéster con espaldar de franjas paralelas que proyecta una sombra recortada y geométrica hacia el suelo entablerado y no de linóleo. Me inclino más hacia una bahía por la valla estrecha que separa la superficie homogénea y lisa (tal vez arena) de una confusa niebla donde destellan escasas luces (tal vez de barcos). Definitivamente puede que estemos hablando de una playa, eso es, una casa al pie de una playa junto a un muelle.

Los libros viejos o usados con cubierta son muy prácticos, si es mucha la mugre que los embosca y suficiente el asco que nos produce, basta con quitar el forro, de éste que ahora digo lo hago y queda lo suficientemente digno como para llevármelo a la cama. Las tapas son completamente blancas, con el título y el autor impreso en el ángulo superior izquierdo, detrás lleva una cifra-precio de 17’50€ y un código de barras discreto, insignificante. La blancura nuclear le da un aspecto de vademécum más que de lectura ociosa. Yo lo compré en un impecable estado por 14€ menos del precio marcado, junto con otros diez títulos de la misma editorial que aparecían alineados en una estantería alejada del manoseo de la horda-masa, algunos todavía envueltos en un plástico-precinto original.

Dos elogiosos textos trae la cubierta por detrás, uno de Susan Sontag y otro de John Irving, me gustan los dos pero no me fío de ninguno, más aún cuando no se refieren a lo que dice este señor sino al modo en que lo dice. Lagarto, lagarto, me digo.

Salter estuvo en West Point y se hizo piloto, voló en alguna guerra y tal, cuando ya no se metió a escribir un poco. El estilo suyo es el de Hemingway, de muy poco contar y mucho sugerir. Todo sensaciones olfativas que si las lees resfriado pues es como no leerlas o no verlas. Las sensaciones se te pierden o no te llegan bien. El método es el de poner a cinco personajes a decirse cosas en un diálogo ya comenzado al principio del cuento e intentar que el lector adivine sin más información que los nombres que de tanto en tanto aparecen a qué se dedica cada uno, que relación los une y qué temperatura hace en ese momento en Connecticut. Del diálogo se pasa a la descripción de una nube y de ahí al ligero olor a limón de una piel de niña obscenamente bronceada, después el resplandor blancuzco de un escaparate en la sexta avenida, unos tacones tal vez, parpadeamos y nos perdemos una sensación, damos la vuelta a la página y vemos desvanecerse entre las sábanas una porción táctil del relato, nos movemos y ruedan tras la mesilla limaduras gustativas de atmósfera sutil incrustadas en la página 92, aditivos que se nos van cayendo del libro de puro sutiles y etéreos.  

Creo que una se cae del caballo y pasa un tiempo hasta que la recogen, otros son abogados y se van de vacaciones a Italia, uno es escritor pobre, otros en Barcelona van a la playa en Sitges, digo creo porque todas son interpretaciones mías no corroboradas, intuiciones sin demostrar, argumentos encubiertos entre la prosa aguada y retráctil como de un idioma con leucemia.

“Nadie puede conservar su soledad si no sabe hacerse odioso.”    -E.M.Cioran- 

Diario de invierno, Paul Auster

DICE PAUL AUSTER que son de invierno pero yo creo que le han salido unas memorias más de entretiempo y un tanto desabrigadas. Un inventario epidérmico y lampiño de cambios de domicilio entre Brooklyn y Manhattan con estadía juvenil obligatoria en París, unas cuantas cicatrices escolares, inviernos nevados de Newark, Nueva Jersey, y un par de esposas de las que nacieron sendos hijos.

Un hatillo de ciudades de Europa y el resto del mundo, Estados Unidos de parte a parte, media docena de putas en París, un matrimonio fracasado, unas cuantas novias estrechas que no se dejaban más que tocar las tetas por encima de dos capas de ropa, miles de travesías por el puente de Brooklyn, un perro tullido, Corn Flakes, porción de huevos revueltos, dos rebanadas de pan tostado con mantequilla acompañado de beicon, jamón o salchichas, y torrijas de pan de molde con sirope de arce, un trabajo en un barco, alguna traducción francesa, telefonista del Times en París

Ataque de pánico, accidente de circulación, inflamación del esófago, espina de lenguado atravesada en la garganta, caída doméstica junto a gruesa y labrada pata de mesa, esguince cervical en partido de béisbol, rotura de hombro en partido de rugby, cara enganchada con clavo suelto…, maneras de las que pudo haber muerto nuestro hombre.

A punto de cumplir sesenta y cuatro años Auster considera que ha vivido ya un rato y que, sin ser un anciano, la vida ya le ha perdonada unas cuantas veces, algo que no todos pueden decir a esa edad, así que es momento de confesar, de dejar constancia de los aspectos personales que no ha sabido o querido contar en sus novelas. Pero el libro, ya de por sí extrañamente delgado, va transcurriendo en una candorosa segunda persona del presente masturbativo (él se interpela y él solito se responde), enumerando y enumerando acontecimientos comunes de la vida de cualquiera sin calar nunca el melón; y a la vuelta de una hoja, sin más, descubrimos con indiferencia que ya está, que se han acabado sus memorias de invierno sin ni siquiera contar algo sobre sus novelas, sus autores favoritos, sus desavenencias con tal o cual colega, sus infidelidades con alguna editora cachonda… no sé…, habladurías del gremio, ajustes de cuentas…, nada de nada.

Más que memorias son una égloga a la desmemoria y al olvido porque aquí solamente se habla de tres personas y de unas cuantas marcas de chocolatinas. Le dedica los pliegos necesarios a la ecuación muerte paterna prematura + muerte materna prematura x infartos inopinados, consecuencia y significado, y otro tanto a loar las virtudes intelectuales de su maravillosa esposa, que le salvó del fracaso de vivir cuando era un alma en pena por las calles perdidas del Nueva York y tal.

Probablemente lo mejor del diario es todo lo que se ha quedado fuera de él, lo peor, la complacencia y autosatisfacción por los dones recibidos (alabado seas mi señor). Decir además que este libro tiene unas dosis de edulcorante artificial inferior a los productos habituales de este fabricante, que ha sido sustituido por melaza natural de sorgo elaborada en Kentucky. Absténgase los hiperglucémicos.

No me resisto a dejar de poner este fragmento maravilloso extraído de la página 171, significativa muestra de lo que pudo ser y no fue:

“Te acuerdas de una historia que te contaron una vez sobre James Joyce: Joyce en París en el decenio de 1920, circulando por una fiesta hace ochenta y cinco años cuando una mujer se le acerca y le pregunta si puede estrechar la mano que escribió el Ulises. En vez de tenderle la mano derecha, Joyce la levanta en el aire, la estudia unos momentos y dice: <<Permítame recordarle, señora, que esta mano también ha hecho otras muchas cosas>>. Nada de detalles, pero qué deliciosa muestra de indecencia y connotación, tanto más eficaz en cuanto que todo lo dejó a la imaginación de la mujer. ¿Cómo quería que lo viese? Limpiándose el culo, probablemente, hurgándose la nariz, masturbándose en la cama por la noche, metiendo los dedos a Nora en el coño y haciéndole cosquillas en el ojete, reventándose espinillas, quitándose comida de entre los dientes, arrancándose pelos de la nariz, sacándose cerumen de los oídos; pueden rellenarse los espacios en blanco según convenga, teniendo en cuenta el aspecto fundamental: lo que más asco le produjera a la mujer.”

Paul Auster

 

Vuelve a caer la cellisca en el jardín de la casa de Slope Park. Paul Auster en zapatillas y batín de cuadros contempla desalentado desde el ventanal de su estudio que aún no ha llegado ningún petirrojo. La primavera se retrasa este año. Regresa cabizbajo a su mesa de trabajo y reanuda la escritura de la novela que le prometió a Jorge Herralde para antes de su jubilación. Desconfía de poder cumplir los plazos de su editor español. Sería una pena, después de todo, de España proviene una buena parte de sus ingresos, incluso algún premio sonado le ha llegado de allí, aún se pregunta por qué, España es un país en el que apenas ha pasado dos meses si sumamos el número de días de todas sus visitas. Al fondo del pasillo, en la cocina, Siri Hustvedt, su mujer, termina de flambear el pavo con la mano izquierda mientras con la derecha corrige las galeradas de su último ensayo titulado Dickens e identidad, apoyado en su mejilla sobresale el pequeño teléfono inalámbrico con el que Siri le explica en noruego a una antigua amiga el concepto de forclusión de Lacan, a su vez, con el ojo izquierdo, observa a su dubitativo marido reclinado sobre la mesa desde el espejo rectangular del pasillo en lo que parece ser la postura que adopta cuando se pone a elucubrar listas. ¿Estará chocheando? se pregunta inquisitiva.

“Todo lo que he concebido se reduce a malestares degradados en generalidades.”     -E.M.Cioran-

 

 

La pasión según G.H, Clarice Lispector

“He perdido algo que era esencial para mí, y que ya no lo es. No me es necesario, como si hubiese perdido una tercera pierna que hasta entonces me impedía caminar, pero que hacía de mí un trípode estable. He perdido esa tercera pierna. Y he vuelto a ser una persona que nunca fui. He vuelto a tener lo que nunca tuve: sólo dos piernas.”    C. Lispector

HAY UNA BELLEZA seráfica en las caras circulares que atrae sin entusiasmar, y una belleza turbia en los rostros afilados que disloca y abisma. La belleza angular de Clarice Lispector es de ésta clase última; belleza en filo, equidistante y tangencial, de pómulos buidos, ojos de rasgadura y minutísima boca. Semblante muscular, expresión ahusada, soledad córnea, compleja, algebraica, una invitación confusa a sus textos que se acepta o se rechaza con incomodidad. Si la cara del autor es el espejo de su obra, la belleza de Clarice es un abismo inextricable.

“En mi beso tu vida más profundamente insípida me era dada, y besar tu rostro era insípido y laborioso trabajo paciente de amor, era la mujer tejiendo un hombre, tal como tú me habías tejido, neutro artesonado de vida”.     C. Lispector

Llegué a Clarice por la nariz, no por el olfato. Yo no tengo una nariz ancha y negroide como un nudo de corbata, lo siento, pero mi nariz no es así. No tengo un apéndice nasal curvado que se presenta rotundo y feraz ante el mundo con animosidad ornitológica. Tampoco tengo un pegote circense por nariz. No soy Ovidio Nasón, ni Karl Malden,  ni Góngora y Argote, qué va. Mi nariz es fina vista de frente y respingona de perfil, ligeramente alargada, con una proyección o leve exterioridad ajena al discurrir tranquilo del tabique nasal, un empalme discreto que se sobrepone sin demasiada estridencia al cartabón. Mi nariz es hembra, masculinamente débil a pesar de ser yo varón legítimo y probado. Mi nariz es característica lo sé, pero no rimbombante. Dos narices similares unen más de lo que uno piensa. Mi nariz es como la de Clarice Lispector, nada más.

He leído en algún rincón oscuro y me ha gustado, que ceñirse a la literalidad de la obra de Lispector y desentrañarla fragmentariamente es como describir una a una las figuras que aparecen en un cuadro de El Bosco, El jardín de las delicias por ejemplo, donde cada forma estudiada individualmente puede aportarnos importantes claves sobre el estilo y una presunta intención general de la pintura, pero no un significado pleno de la totalidad del tríptico.

De la zahúrda de los hermeneutas asoman teorías dispares, ligazones accidentales que, como ocurre siempre en estos casos, adelgazan y constriñen, disminuyen y reducen el alcance de lo dicho a un haz de nombres y lugares comunes.

De las adunaciones más frecuentes a las que han sometido a Clarice Lispector destacan aquellas que la emparejan con Lacan. Algunos los pintan uncidos cruzando los traspatios freudianos del psicoanálisis canónico hasta llegar a la urdimbre del estructuralismo y demás segregaciones montaraces. Otros la ven remoloneando por las encharcadas praderas de la filosofía del lenguaje con el Tractatus en el halda y un manojo de flores encarnadas. Los más la equiparan al modernismo redentor que impuso el monólogo íntimo, críptico o autista, y el estilo como único argumento de la obra, Virginia Woolf, Joyce, Faulkner…

La pasión según G.H. es un viaje al centro de la náusea entre las fracturas del ser. Se me ha ocurrido decir esto sin saber bien lo que digo, pero ahí lo dejo dicho.

De todo lo dicho prefiero, por afinidad y paisanaje, las teorías que dicen ver a Lispector como una Teresa de Ávila contemporánea. Iluminada, críptica, transida, no sé si esquizoide o no, ni si llegó a conocer la ergolina, pero puestos a elegir al azar una pareja de baile que rime bien, yo me quedo con los místicos del Siglo de Oro qué duda cabe.

Todo el monólogo de G.H. se circunscribe sistemáticamente dentro de los límites de la introspección religiosa, sin apenas discurso propiamente narrativo salvo vagos datos biográficos del personaje para dejarlo en situación: escultora amateur, burguesa, con servicio doméstico, apartamento bien instalado y…, la cucaracha.

Yo diría que el estilo rítmico, elusivo, sincopado, extremadamente preciso y de una audacia inimaginable, sólo se había dado antes en los exquisitos e infrecuentes aforistas de la desgarradura; Lichtenberg, Kierkegaard, Nietzsche, Cioran, Pascal…, más próximos a la filosofía especulativa que a la literatura, aunque por su tableteo monocorde y jazzístico recuerda la avanzadilla de Céline y a un falso expresionismo de entreguerras.

La sensación domina, avasalla a la acción, que es insignificante. La sensación rapta a la acción sin pedir después rescate, la confina en un zulo oscuro y apartado hasta que nos olvidamos de ella, y nuestra atención ahora se concentra exclusivamente en el sistema nervioso central de la narradora, que a la vez se va convirtiendo en el nuestro, y nos molesta, nos desasosiega tal confusión, nos aterra, porque jamás, digo jamás, ni en las más hondas caídas de nuestros cristos del alma, hubiéramos soñado estar en una situación similar, tan abocada a no sé qué, a algo que se nos escapa. Algo que el implacable y formulativo estilo no nos termina de explicar correctamente, o, si lo hace, no lo entendemos porque no estamos a la altura, porque somos seres inferiores simplemente. Sin capacidad.

“Yo que había pensado que la mayor prueba de transmutación de mí misma sería ponerme en la boca la masa blanca de la cucaracha. Y que así me aproximaría a lo…¿divino?¿A lo real? Lo divino es para mí lo real. Pero besar a un leproso no es siquiera bondad.”   C. Lispector

Tras los embauques de la apariencia, despojadas una a una las capas de la animalidad: la identidad, la belleza, el lenguaje, el deseo, la intención, el placer…, se halla lo neutro, la neutralidad, la identidad más última definida por su inexpresión; una alegría inexpresiva, un placer que no sabe que es placer, algo superior que se eleva sobre los límites del concepto, de la definición, naturalmente, algo que no se puede nombrar con la vulgaridad de un código de signos aleatoriamente permutados. Ser en sí, realidad exterior ajena al hombre, desplazamiento del individuo por otra cosa, lo neutro. Eficiencia sartreana tamizada de desencanto caribeño.

“La esencia es de una insipidez ofensiva. Será preciso purificarme mucho más para no querer incluso el añadido de los acontecimientos. Antiguamente, purificarme habría significado una crueldad contra lo que yo llamaba belleza, y contra lo que yo llamaba yo, sin saber que yo era un añadido de mí.”      C. Lispector

Éste es el huevo de dos yemas de la mística, creer que cualquier Jeremías  puede arrimarse a ella y salir indemne. Pues bien, no. De determinados libros uno sale derrotado, humillado, amortajado en el embozo espeso del fracaso, nuestro fracaso, el fracaso de nuestra inteligencia.

“La desheroización es el gran fracaso de una vida. No todos llegan a fracasar, porque es demasiado trabajoso, es preciso subir antes penosamente hasta llegar por fin a la altura desde la que se puede caer; sólo puedo alcanzar la despersonalidad del mutismo si antes he construido una voz. Es precisamente a través del fracaso de la voz como por vez primera se va a oír el propio mutismo y el de los demás y el de las cosas, y se acepta como el lenguaje posible. Sólo entonces mi naturaleza se acepta, se acepta como su suplicio asombrado, donde el dolor no es algo que nos ocurre, sino lo que somos. Y se acepta nuestra condición como la única posible, ya que ella es lo que existe, y no otra. Y ya que vivirla es nuestra pasión. La condición humana es la pasión de Cristo”.

“Nunca más comprenderé lo que diga. Pues, ¿cómo podré hablar sin que la palabra mienta por mí?¿Cómo podré decir, sino tímidamente: la vida me es? La vida me es, y no comprendo lo que digo. Y entonces adoro…”             C. Lispector

 “La mística es una irrupción de lo absoluto en la historia. Al igual que la música, ella es el nimbo de toda cultura, su justificación última.”      -E.M.Cioran-

Aire de Dylan, Enrique Vila-Matas

“Cuando oscurece, siempre necesitamos a alguien”

FRENTE AL ESTREÑIMIENTO creativo de los próceres del mainstream patrio, una cosita cada tres años como mucho, se eleva la rotunda prodigalidad de Vila-Matas, que surte de títulos los escaparates y los expositores giratorios, en una demostración fecunda de cagantía sin fin. Ahora se llama Aire de Dylan el texto, pero podría intitularse también Espermatorrea fulgurante, De vuelta a la jerigonza o A la busca de Cesárea Tinajero, qué sé yo; en cualquier caso, algo que se expele en cuantía y desproporción al estímulo originario.

Esta torrencialidad productiva no se sabe bien si responde a una abrumadora capacidad de trabajo, a un abultado arcón repleto de follaje de cuando el olvido y el hambre atrasado, o a una inercia propicia detectada en los volátiles mercados que clama desde el fondo de los bolsillos: empuja ahora o nunca, que además te harán académico. No sabemos.

Primero que nada, la novela por así llamarla, está toscamente erigida sobre una prosa muy descuidada, repleta de adverbios mal empleados, reiteradas locuciones y frases hechas vulgares y malsonantes. En su enfermiza obsesión por sortear el adjetivo y la metáfora, suponemos que por una enfermedad infantil mal diagnosticada, gandulea por un estilo directo enunciativo de frase demediada que se propone correr directamente hacia la acción sin rodeos. Lo llamativo es que en los libros de Vila-Matas la acción siempre la pone el lector y, entreteniéndonos en eso, siempre llegamos un poco más tarde a la idea propuesta que su prosa transversal, por lo que es inevitable dejar de preguntarse si para este viaje se necesitaban estas alforjas, ya que no se deben contar abstracciones y ensimismamientos sin lubrificar antes, así, en crudo.

Con todo, el estilo aniñado como de cartilla de Rubio del nº 2, es inferior a lo que pretende. O sea, que la intención es muy otra del resultado, y eso es malo casi siempre.

El ajo es remedar a Bolaño o servirle de epígono, perderse en Sonora, infantilizarse y ponerse abstruso pero sin follar nunca, que eso es ya una radicalidad intolerable en las entelequias Hamletianas de don Enrique.

Antes, quien no tenía pulso ni imaginación para construir una historia verosímil, se entretenía lirificando la infancia y enjoyaba los embelesos metafísicos de la cola del mercadona con exquisiteces sintácticas cabello de ángel, dulcificaba el mundo exterior y su légamo acre a adjetivazos tonantes, cegadores hallazgos gramaticales, metáforas infecciosas, erecciones como anginas de pecho,…

Vilnius Lancastre se queda huérfano. Su padre era escritor y cineasta de medio pelo, con una gloria de clase media. El hijo, con un asombroso parecido al Bob Dylan de Pennebaker, es un holgazán desconcertado que pretende compilar un archivo general del fracaso, y de eso sacar un libro, un documental, una película, algo. Pero al poco de morir su padre y después de golpearse la cabeza, empieza a sentir lo que él llama “infiltraciones mentales de su padre”, o sea voces que le amedrentan e indisponen, le agitan, le soliviantan y le incitan a vengar su muerte, su presunto asesinato. Así, tal cual, como un Hamlet postmoderno devenido, esquizoide, un pelín atontado y palurdo. Los culpables: la zorra de su madre y el amante. Todo esto lo dice el muchacho atontado en conferencias y reuniones, en una de ellas conocerá a otro escritor amortizado, catalán (averigüen), que será el encargado de narrar los hechos, o los dichos. El Dylan palurdo, inseguro, pusilánime, borrachuzo, se lía con la amante de su padre muerto, apellidada curiosamente Zimmerman, forman una sociedad de mentecatos, menesterosos y diletantes, con el afán de no hacer nada nunca (toque situacionista), pero dispuestos a librarse del incordio del muerto que reclama justicia ultraterrena recomponiendo sus memorias.

En este ambiente de estupefacción atolondrada y naif, el narrador disemina sus alquimias clásicas, citas verdaderas y citas falsas, nombres de escritores reconocidos y títulos de películas clásicas, embalsamándolo todo en un aire cultureta marca de la casa (esta vez mucho menos denso en verdad). Por ahí suena Shakespeare naturalmente, y el Faulkner y Fitzgerald guionistas, Barton Fink de los Coen, Tres camaradas de Frank Borzage, Knut Hamsun, Julio César y La condesa descalza de Mankiewicz, Don’t look back de Scorsese, Coppola, Lynch, Paul W.S. Anderson, Brett Ratner, Uwe Boll, Leviatán de Joseph Roth, Laurence Sterne, Duchamp, Billie Holiday, Guy Debord, Hitchcock, Oblómov de Goncharov, Lebowitz,…

Un ejercicio ramplón sobre la impostura, la teatralidad de la vida, la alteridad. Parodia, dicen en la contraportada, la cultura del mínimo esfuerzo y el narcisismo pop, el egocentrismo de la postmodernidad a través de la relación de un padre y un hijo, dos generaciones, un conflicto. Infralevedad, infrarealismo, maneras de vivir que decía uno, maneras de escribir también.

“Nada tranquiliza tanto como una máscara”.

“Y aquí creo que habría que añadir que destruir a los colegas es un ejercicio muy beneficioso para la salud de resentidos como yo.” 

Vila-Matas

 

“Es la falta de amargura perezosa la que hace de los hombres bestias sectarias: los crímenes más matizados tanto como los más groseros son perpetrados por los que se toman las cosas en serio. Sólo el diletante no tiene gusto por la sangre, sólo él no es criminal.”   -E.M.Cioran-

Tumbas de poetas y pensadores, Cees Nooteboom

SOLO LOS POETAS siguen hablando después de muertos. Solo los poetas siguen siendo alguien cuando ya no son nada. Una lápida apenas, la parte visible de los muertos. Cuando la poesía, la parte visible de la inteligencia humana, dormita bajo una lápida, un monolito, un tiesto, algo, el hombre, la humanidad mañosa digo, se vuelve menos hombre y más masa. Uno sigue el rastro de un poeta y se encuentra sin quererlo con un batallón de muertos con sus respectivas tumbas, erizadas de lápidas en las que demorarse y guardar respeto debido, levantar acta al menos de que siguen allí, dar fe de su estadía añosa y funeral.

Todos los poetas muertos tienen un verso común que es la lápida, y un paisaje alrededor que rima en asonante. Un poeta muerto es un verso suelto, blanco, libre, alejandrino y con hemistiquio largo, eterno.

LA TUMBA DE KEATS

Liberado de la injusticia del mundo y de su dolor 

descansa por fin bajo el azul velo de Dios, 

arrebatado a la vida cuando vida y amor eran nuevos,

el más joven de los mártires yace aquí,    

hermoso como Sebastián y muerto a tan temprana edad.

Ningún ciprés da sombra a su tumba, ningún tejo funerario,

sino amables violetas que lloran con el rocío 

tejen sobre sus huesos una cadena siempre florida.

¡Oh, el más altivo corazón que la desdicha rompió!

¡Oh, los labios más dulces desde los de Mitilene!

¡Oh, poeta pintor de nuestra tierra inglesa!

Tu nombre fue escrito en el agua; pervivirá,

y lágrimas como las mías mantendrán verde tu recuerdo

como las de Isabel mantuvieron su albahaca.

El neerlandés Nooteboom anda a la husma de la historia universal de la poesía sepultada, hoza en las lápidas no en la biografía, y así va llenando la talega mortuoria de nombres de muertos que no lo están del todo porque siguen estando presentes en la vida.

Del merodeo entre las tumbas siempre se encuentra un hilo del que tirar y empezar a contar, nada dice más que un enjambre de muertos. Junto a la lápida o sobre ella están siempre las florecillas secas, la maceta pobre desportillada, la piedrecilla que sujeta un papelucho, el acantilado avieso con su mar de fondo reburdeando, un buzón de herrumbre y exilio al más allá, un epitafio unánime, en fin, cosas que decir de los muertos y de su paisaje cotidiano, el menaje funeral.

Y me juré a mí mismo que, si alguna vez abandonaba mi imperio, si esta anguila conseguía escapar del Báltico, la primera cosa que haría sería venir a Venecia, alquilar una habitación en la planta baja de algún palazzo para que las olas levantadas por las embarcaciones, al pasar, salpicaran mi ventana, escribir un par de elegías al tiempo que apagaba mis cigarrillos en el húmedo suelo de piedra, toser y beber y, cuando me estuviese quedando sin dinero, en vez de subirme a un tren, comprarme una pequeña Browning y volarme la tapa de los sesos sin más miramientos, incapaz de morir en Venecia por causas naturales.

Joseph Brodsky

Así va el autor urdiendo los textos hasta hacerlos libro, agavillando lápidas, haciendo acopio de viajes a cementerios ultramontanos. Literatura de cenotafio, humilde como el sueño de un bendito, despaciosa y reverencial, sentida, ajena al mausoleo ostentoso, a los ecos, vuelta más hacia lo íntimo y primigenio del muerto, el verso, la idea.

Hay poetas amados, carne de entraña nuestra y poetas de otros, distantes de lo mío. Poetas turbios asolerándose de eternidad, y poetas claros, limpios como un arroyo caudal, enmoheciéndose de olvido.

Se va a la tumba de un poeta a dar nuestra aquiescencia y a comprender, si podemos, que al otro lado del muro del tiempo, hay alguien que nos habla.

Este deambular por los cementerios, en busca de la tumba perdida, a postrarse ante la osatura grande de la poesía universal, tiene mucho de esnobismo adocenado, pero mantiene también su cosilla tierna y agradecida del letraherido canónico, como de a Larra, con unas violetas, que tanto bien le hace al oficio.

Qué sería la gloria literaria sin peregrinos de tumbas con cuaderno y máquina de fotos, una mierda de gloria, chica y mermada, inferior, gloria como de concejal de provincias o de ordenanza de ministerio. Al poeta hay que bruñirle la lápida con las babas del entusiasmo y la admiración, solazarnos de regusto antiguo y mineral junto a los mármoles ilustres y las modestas piedras, en cementerios lustrosos parisién o en el coño quinto de la isla más esquinera del planeta.

No existe muerte natural: nada de lo que sucede al hombre es natural puesto que su sola presencia cuestiona el mundo. Todos los hombres son mortales: pero para todos la muerte es un accidente y, aunque la conozcan y la acepten, es una violación indebida.

Simone de Beauvoir

El poeta muerto gusta de tener visitas, pues que aunque ya no le apetezca salir a departir, tiene su corazoncito, y lo agradece y contabiliza por si es de recibo encargarle al editor otra antología general de su obra, ésta, aunque con los mismos poemas de siempre, un poco más cara, adaptada a los tiempos que dicen.

Espíritu  es vida.

Fluye a través de mi muerte 

inacabablemente como un río

que no temeconvertirse en el mar.

Gregory Corso

Cees Nooteboom, se desenvuelve bien entre las glorias de piedra y mármol, destacando, claro está, a los más afines a él, tal vez los de sus misma lengua; con los otros, algunos de los nuestros, nadie es extranjero impunemente, pero el trato es igualmente exquisito con Machado, Borges, Bioy Casares, Cervantes, Cortázar, César Vallejo, Neruda.

La lista acojona, durante sus muchos viajes, ha recorrido todo el mundo para visitar a tal o cual fulano sin importarle la septentrioanalidad o la inhóspita meridionalidad del postrado, y a veces sin saber siquiera que el muerto iba a seguir estando allí. A otros se los encontró sobre la marcha. Muchos son despachados con un escueto fragmento de un poema, otros con un poema del propio Noteboom, con no pocos de ellos desarrolla una semblanza biográfica escueta o comenta algunos de sus versos, con los que tuvo relación en vida se explaya más y, en ocasiones, basta un epitafio para ilustrar una muerte. Hay calidez y modestia, muy poquita mala hostia con algunos de los muertos, que, tal vez, la hubieran merecido, pero el neerlandés errante es respetuoso hasta el escrúpulo. Comentario, breve ensayo, anécdota, apunte geográfico paisajístico, acotación, foto sin más. Un hermoso libro de lápidas sin necrología.

Aquí yace, donde anhelaba estar

en su hogar está el marinero de vuelta de la mar,       

y en su hogar el cazador de vuelta de las montañas.    

R.L.Stevenson.

Un par de nombres para amenizar: Drummond de Andrade, Apollinaire, W.H.Auden, Balzac, Baudelaire, Beckett, Walter Benjamin, Gottfried Benn, Thomas Berhnard, Bioy Casares, Borges, Hyacinthe Boulihet, Emmanuel Bove, Bertolt Brecht, Brodsky, Calvino, Canetti, Cervantes, René Char, Chateaubriand, Claudel, Gregory Corso, Cortázar, Dante Alighieri, von Doderer, Duchamp, T.S. Eliot, Elsschot, Flaubert, Goethe, Schiller, August von Goethe, Gombrowicz, Robert Graves, Hoffman, Hölderlin, von Humbolt, Ionesco, Joyce, Kafka, Kawabata, Keats, Kemp, von Kleist, D.H.Lawrence, Leconte de Lisle, Louis Leipolt, Leopardi, Lucebert, Antonio Machado, Machado de Assis, Thomas Mann, Mary McCarthy, Herman Melville, Montale, Multatuli, Shikibu, Nabokov, Neruda, van Ostaijen, Ezra Pound, Proust, Roland Holst, Sainte Beuve, Sartre, Beauvoir, Scharow, Schnitzler, Percy Shelly, Slauerhoff, Susan Sontag, Spinoza, Wallace Stevens, R.L.Stevenson, Uhland, Valéry, César Vallejo, Virgilio, Oscar Wilde, Wittgenstein, Virginia Woolf, William Butler Yeats, Celan, Joseph Roth.       

“Todo lo que está vivo hace ruido. ¡Qué alegato para el mineral!”             -E.M.Cioran-


La forja de un ladrón, Francisco Umbral

A UMBRAL no se le notaban las pausas del tabaco en la prosa ni las ganas de mear. Las interrupciones de ese perpetuo memorialismo indocumentado son las de mirar atrás hacia Valladolid o las de echar un vistazo de reojo a la cabecera del periódico del día.

Este libro, hecho como entre un almuerzo y una cena para cobrarse una deuda, una apuesta, un premio o algo, desfallece en una prosa menguante y desemblantada, una cagantía acuosa de metáforas desvaídas sobre renglones cansados.  

Perdida para siempre la algarabía espumosa del plateresco en la fachada, Umbral hace aquí un escorzo inútil como de volverse hacia el Herreriano pobre de entre pinares, el pan negro de salvados, el estraperlo, los correajes, el hambre y la pecina de posguerra, pero apenas llega a las puertas del cine se desvanece en un charco de pesantía y reincidencia.

“… y esa satisfacción de mear como los hombres, de estar en un sitio sólo para hombres, en los urinarios de los cines uno se siente del sexo masculino por primera vez, el privilegio de estar aquí, entre jubilados y estudiantes vinosos, era el privilegio de tener una picha.”

Francesillo, aquel niño arborescente salido de los zurbaranes, zuloagas y regoyos, se hace ladrón a las faldas de su madre tísica y mecanógrafa en un paisaje de cuarteles y conventos donde primero te fusilan al padre y después te degüellan el perro. Bujarrones de mano blanda y grasa, empeñistas, putillas de La Sección Femenina, compañías de reaseguros, rateros, falangistas…; segregaciones de una época amarilla y espesa como un calostro.

Pocas iluminaciones y ninguna idea. Desmemorias de acequias y viejos légamos adunados en un vagón al ritmo del tren burra hacia Rioseco. Seres imprecisos, medio dichos, lejanías y vaguedades, con Madrid redentor detrás de la pantalla por donde sale Ingrid Bergman y Humphrey Bogart, Ryta Hayworth y Glenn Ford, James Stewart, Cary Grant, Greta Garbo y los otros, no sé. Espejismos delicuescentes de cartoné producidos por Cifesa.

“El cuerpo de Liria, catorce años, era una indecisión entre la niña y la mujeraza. Tenía una vagina infantil, y por supuesto era virgen.    -¿Has tenido muchos novios en el colegio?

-¿Me vas a mirar ahora el cuentakilómetros?

Su lenguaje también era una mezcla de resabios colegiales y desgarros de barrio bajo. Estropeamos varios condones y al final la follé en pelo y su corazón párvulo latía loco contra mi pecho. Salimos felices de besos y de sangre.”     

“Las obras mueren; los fragmentos, como no han vivido, no pueden morir.”     -E.M.Cioran-

 

 

HHhH, Laurent Binet

ESTE LIBRO ES una novela en formato ficha. La elaboración de este tipo de artefactos comerciales tiene como mayor dificultad elegir el número de páginas que se desea que tenga el volumen; ni demasiadas que puedan disuadir al holgazán, ni demasiado pocas que no justifiquen el precio del trabajo. Trescientas noventa y una, en el caso que nos ocupa, nos parecen aún excesivas.

Digo que el libro es una montonera de información expurgada sobre la vida y muerte de uno de los mayores hijoputas de la historia criminal del mundo, en fin, que habitamos.

Hablar de “trabajo de documentación” en la era del interné no tiene el mismo significado que hace veinte años, no nos engañemos. Lo que antes era un ir y venir obstinado de archivo en archivo, de biblioteca en biblioteca, de hemeroteca en hemeroteca, de libro en libro, de legajo en legajo, y así hasta la extenuación física, ahora se resuelve mayormente desde el sillón de orejas de la salita de estar, enfundado en una  bata de guatiné con un macbook sobre las rodillas.

El tema no puede ser más recurrente, aunque no por ello carece de interés, pero es cierto que existe un aluvión torrencial de documentación e imágenes sobre el contenido del libro que socava la originalidad y pone el acento en la capacidad artesana para domeñar y encauzar con eficacia dicho torrente informativo. Trabajo menestral entonces, de intenciones ocio-divulgativas donde la literatura ni está ni se la espera. ¿Será por estas similitudes creativas con sus últimas y pésimas novelas que a Varguitas le haya entusiasmado tanto?

A pesar de la escasa originalidad que el proyecto suscita, el autor decide no renunciar a ella, rebelándose contra la novela documentada al uso y erigiéndose ridículamente las más de las veces en redescubridor del mar Mediterráneo. Para ello opta por intercalar opiniones sobre el proceso sentimental de la elección del tema, la escritura, la selección de las fuentes y el orden de los datos biográficos que dan espesura y corpus al tomo, creyendo así desahogar al lector del fusilamiento constante al que le somete con tanta ficha historiográfica más o menos reelaborada. Machacona insistencia de la preeminencia que él confiere a los hechos demostrables frente a la especulación literaria.

Cuando se sale de la marcada linde histórico-informativa para ejercer de novelista y opinador, la historia se congestiona y decaen fatalmente las constantes vitales del relato. Impelidas por una prosa de batalla vulgarzona y servil con fluctuaciones retóricas y grandilocuentes como de charcutero entusiasmado. Mejor el trotecillo remolón del dato y la fecha sin perejilar, lento pero animoso.

La madre del cordero se llama Operación Antropoide, y consiste en coger a dos soldaditos checoslovacos en Inglaterra y tirarlos de un avión en marcha sobre la Praga ocupada por los nazis. Una vez allí han de ingeniárselas para matar al más sanguinario y temido nazi del III Reich. Sin medios, ni organización, ni colaboración alguna por parte de las potencias aliadas, el desarrollo improvisado y los preparativos recuerdan bastante a los protagonistas de Atraco a las tres de José María Forqué, sólo que los soldados actúan desinteresadamente por patriotismo y para librar al mundo de un carnicero infrahumano responsable e inductor del genocidio judío, llamado eufemísticamente por los nazis solución final.

Sorteando las precarias condiciones y la falta de planificación seria: pistolas que se encasquillan, bombas que no matan bien, bicicletas como único medio de huida…, los valientes se lanzan a la acción de forma suicida y consiguen, al menos, hacer estallar una bombita cerca del nazi hijoputa y despreocupado que se desplaza en coche descapotable y sin escolta a pesar de su jerarquía política y criminal, lo que le provocará unos impertinentes rasguños en la espalda a consecuencia de los que morirá un par de días después por una nunca bien ponderada septicemia o, entre nosotros, la comúnmente llamada en la época pre-penicilina, gangrena gasesosa.

La muerte de su verdugo más eficiente crispará al führer. La cólera nazi será implacable, arrasará pueblos enteros (véase en Wikipedia Lidice), intimidará, fusilará, gaseará a la población y estimulará la delación con suculentas recompensas. Naturalmente habrá un traidor.

Los héroes resistirán atrincherados en los sótanos de una iglesia el embate de ochocientos nazis durante más de ocho horas. Repeliendo una y otra vez la saña de los atacantes, que, desconcertados y rabiosos llegan a utilizar a los bomberos para inundar la cámara donde se hallan los resistentes.

Abocados a la tortura y a la muerte, preferirán suicidarse con las últimas balas que les quedan antes que caer en manos de la Gestapo.

Su resistencia y honrosa muerte, narrada con deleite y profusión por el autor, cierra el relato no sin antes lanzar un vehemente alegato en homenaje a los héroes, mártires de la libertad, cuyo sacrificio recuerdan sus paisanos con emoción y recogen los libros de historia para honra y ejemplo del hombre libre frente a la tiranía y el crimen.

“Cuando estoy en una iglesia, a menudo pienso qué fantástica sería la religión si no hubiese creyentes, si sólo hubiese la inquietud religiosa de Dios de la que nos habla el órgano.”     -E.M.Cioran-

Jakob von Gunten, Robert Walser

ESTO DE QUE  venga Javier Marías por ejemplo, a decir que hay que leer a Thomas Berhnard con regocijo, o un novelista de éxito tal que Savater se embelese en un Cioran vitalista, y otro hable de un Pavese luminoso, o de un Beckett jovial, o de cómo se reía Kafka de los estudiantes del Instituto Benjamenta, siempre me ha producido una erisipela descamante en la corona del bálano. Hay tipos que llegan hasta Vila-Matas y se quedan allí, otros tiran hacia Robert Walser. Vuélvanse a quemar a los hermeneutas.

La vida de Robert Walser tuvo una profética simetría con el pensamiento de sus personajes más queridos. El autor suizo representa el paradigma de la obra dicha y hecha, la ficción trasmutada a realidad inequívoca. Esa lealtad entre pensamiento y obra llevada a la práctica no suele dar buenos resultados. Lleva a las acolchadas salitas de estar de los frenopáticos, lugares que no digo yo sean poco acogedores, a la penuria económica, la transitoriedad, y después a quedar deshabitado de uno mismo, mudo, desvanecido, abandonado de todo, vertido sobre la nieve un día de Navidad cualquiera de un mal año por ejemplo.

El diario de Jakob von Gunten no tiene fechas reseñables porque no es un diario, es un monólogo interior. Un monólogo íntimo adelantado de su tiempo y de los otros, de los de Proust, Joyce, Woolf, y esos de la fama.

El autor matricula al muchacho Jacob von Gunten en el Instituto Bnejamenta, regentado por dos hermanos, pero el que sale de allí diplomado es Robert Walser. La estancia en ese instituto telúrico marcará su existencia. Allí forman a las personas no para alcanzar una formación académica adecuada que posibilite una futura prosperidad social y personal, no para lo que vulgarmente se conoce como ser algo en la vida, sino al contrario, allí se asiste para dejar de ser algo, no sé si importante o no. Falta personal docente, casi no reciben tareas, hay un curso único que se repite continuamente, conocimientos no se imparte ninguno, no se aporta nada al alumno más que un reglamento de estricto cumplimiento, ¿cómo debe comportarse un muchacho? Todo allí gira en torno a esa pregunta.

En el Instituto Benjamenta se desbrozan las ínfulas, los afanes, los anhelos, se desmiga el deseo, la aspiración, la vanidad, busca una virtud indefinida que no es virtud, deshumaniza o, al menos, reduce algo de condición humana. Allí se va a aprender la difícil materia de servir con orgullo. Escuela de renuncias, de supresión. Laboratorio de fracasados. Fábrica de menestrales y humillados altivos si cabe el oxímoron. Gente modesta y subordinada, aplicada, sumisa, proba.

En el Instituto, Jakob compartirá clase y habitación con otros alumnos. La perspicacia y el delicadísimo estilo de Walser, hará transitar por las breves páginas de la novela un brillantísimo muestrario de caracteres de jóvenes que aún no saben que lo tienen. Precisión y elegancia, lánguida sutileza en las descripciones del comportamiento de los alumnos, afiladísimo lápiz adjetivador, escrutador de conciencias escindidas: Kraus, Heinrich, Fuch, Schilinski,…

Los alumnos destilan ruindades y alguna bondad. Menudea la pereza, el conformismo, la vagancia, la ambición de riqueza, la envidia, la maldad. El resabido, el pelma, el obtuso, el maricón, todos adiestrándose mínimamente para la intemperie exterior, la vida sin porvenir.

Walser intercala escenas oníricas y surrealistas en su retablo costumbrista, adivinándose una profunda admiración y deseo sexual hacia su maestra, Fräulein Benjamenta, sintiéndose querido y elegido por ella entre los demás alumnos. También pugnará por ganarse la predilección del señor director, Herr Benjamenta, batalla dialéctica y emocional hasta el postrer ten con ten. Walser parece gustar de colarse por la gatera de los sueños para corregir una realidad hostil y desafortunada. En los sueños se evade, aspira a joderse a doña Fräudelin y a enmendarle la plana al ciclotímico Herr Benjamenta, mientras que la vida despierto es rutina y compañeros julandrones, seres tóxicos y falsía.

Jakob tiene un hermano mayor con el que se reúne en un par de ocasiones. Algunas claves del pensamiento de Walser están en los encuentros con ese hermano; el afán de pertenencia y de ser aceptado será el más poderoso, el otro pone de manifiesto la vileza del mundo. Su hermano, en apariencia bien instalado, le aconseja una cosa y la contraria, mientras Jakob no puede dejar de asentir con estúpida docilidad. El mundo miente, es grosero y feo. Hay que habitar en otro lado. O mejor, desaparecer. Intentar sobrevivir en el desierto como un nómada, un desarraigado, un sin patria. Ajeno al mentiroso azogue de la realidad que escupe artimañas inconsistentes.

“Si fuera rico, ni en sueños se me ocurriría dar la vuelta al mundo. Cierto es que no estaría nada mal. Pero la perspectiva de conocer tan fugazmente otros países no me entusiasma en absoluto. En general, desdeñaría la idea de ampliar mis conocimientos, como suele decirse. Más que el espacio y la distancia me atraerían la profundidad, el alma…”

Hoy le diré adiós a mi hermano. Aquí no pienso dejar nada. Nada me ata, nada me obliga a decir: <<Qué pasaría si yo…?>>. No, ya no hay <<qué-pasarían>> ni <<síes>> que valgan. Fräulein Benjamenta yace bajo tierra. Los alumnos, mis condiscípulos, se han dispersado en toda clase de empleos. Y si yo me estrellase y perdiese, ¿qué se rompería y perdería? Un cero. Yo, individuo aislado, no soy más que un cero a la izquierda. Y ahora al traste con la pluma. ¡Al traste con las ideas! Me voy al desierto con Herr Benjamenta. Quiero ver si en medio del páramo es también posible vivir, respirar, ser, desear y hacer sinceramente el bien, y dormir por la noche y soñar. ¡Bah! Ahora no quiero pensar en nada más. ¿Tampoco en Dios? ¡No! Dios estará conmigo. ¿Qué necesidad tengo de pensar en Él? Dios está con los que no piensan. Adiós, pues, Instituto Benjamenta.”

“Un hombre que se precie no tiene patria. Una patria es un engrudo.”   -E.M.Cioran-