La ciudad de Dios, E.L.Doctorow
DECIR QUE TAL o cual cosa es de primeros de siglo otorga lustre y distinción grandilocuente. La aserción histórica es universalmente aceptada como elogio o reconocimiento antes que como vaga referencia temporal. Nada si es de primeros de siglo parece que pueda ser malo: mis abuelos eran de primeros de siglo, ese bargueño con patas de cabriolé, bocallave y cantonera achaflanada también lo es, y qué decir del escabel con guarnecido fileteado greca y espumillón, qué galanura ¿eh?, de primeros de siglo nada más y nada menos –¡jódele anda!-.
La novela de Doctorow se publicó en el año dos mil auspiciada por el síndrome aciago del nuevo milenio, el fin del mundo y todo eso, y en ella colea la intranquilidad y el desasosiego que los bardos del apocalipsis canturreaban a coro. Aquellas algaradas que pronosticaban que los ordenadores del mundo se iban a joder a la vez y los números de la seguridad social y por tanto las cotizaciones se iban a perder, al igual que todas las cuentas bancarias y las domiciliaciones y las nóminas, y el fallo informático afectaría también a los expedientes médicos de los ciudadanos, que irían a los sanatorios por una humilde receta de haloperidol, risperidona o vicks vaporubs, y recibirían de su entomólogo una factura obscena o un encogimiento de hombros exclamativo; pues bien, como se ha comprobado solo se equivocaron en lo de los ordenadores, que siguieron funcionando correctamente, todo lo demás se jodió.
Bajo esa luz cataclísmica Doctorow plantea su ejercicio deconstructivo. En forma de narración inversa, fragmentaria y dificultosa, yuxtaponiendo voces e historias sin relación aparente, irá cantándole las cuarenta en bastos a la madre del cordero, la santísima trinidad y la biblia en verso libre e interesado.
Hay un escritor que narra, o sea dice la historia, un sacerdote cristiano que se empoza en la herejía adulta del judaísmo en brazos de una rabina viuda de muy buen ver, una voz en off de un alter ego de Wittgenstein que le niega el pan y la sal al lenguaje y se entrega sin ambages al cine mudo preferentemente, un veterano de guerra con psicosis, un periodista jubilado que asesina accidentalmente a criminales de guerra, una historia antológica sobre un gueto lituano bajo el nazismo, vocezuelas intercaladas de físicos que juran y perjuran por sus santos cojones que sí, que el neutrino existe y tiene masa, y algunas más por ahí, voces de canciones clásicas de la Warner Bros y de la Bourne Company que susurran amores perdidos bajo la innoble luz de la luna.
Caótico y desorganizado, inextricable a veces, cuesta mucho reconocer las voces, y los parlamentos derivan a monólogos imprecisos y elucubrativos sobre decepción moral y desesperanza en escenarios y tiempos distintos.
Una novela digámoslo cursimente “coral”, inyectada en sangre, cinismo y mala hostia contra el dios de cada uno, escrita a puro güevo por encima de convenciones realistas ortodoxas y demás pijadas.
Doctorow hace parecer a cualquier escritor de su generación un muñeco, un escritor de juguete, una puta nenaza, una mujerzuela en esos primeros días de mes tan jodidos.
Más allá de la eficacia de la estructura y su novedad destaca la prosa, las convulsas arquivoltas que la contienen y la adensan como un chorretazo de brea caliente que impregna hasta el pasaje más insignificante del libro, acaso el del robo en la iglesia del sacerdote Pemberton, en el que le desvalijan la sacristía de casullas y sobrepellices y se llevan también una inútil cruz de latón de varios metros que aparecerá en el tejado de una sinagoga de judaísmo evolutivo en la otra punta de Manhattan, comienzo del relato.
Los escritores de la postmodernidad suelen tener un decir largo y confuso, verborreico. Les importa acumular renglones a costa de perder de vista la historia después del primer punto y aparte. Así redactan los postmodernos, acumulan insignificancias lacias en tocones de ochocientas noventa páginas al menos, reescribiendo minuciosamente las leyes de propiedad horizontal de Grand Junction (Colorado), anotaciones sobre enjuiciamiento civil, ordenanzas municipales sobre recogida de deshechos en Buffalo Grove (Chicago) y cosas de éstas. Doctorow va escribiendo por acumulación sin perder de vista la historia, que nace sobre la marcha, la reinventa y la incorpora a su torrente sintáctico abismal.
Ejemplo de escritor de largo aliento, escribir sin desmayo hasta el final con pulso firme y entereza intelectual, sus novelas sobre la Gran Depresión, la interpretación de la historia americana, los bajos fondos de su Nueva York natal, la historia absurda y falsificada de las religiones, la degradación de las ciudades a vertederos de carne triste sin renunciar a ese didactismo casi ensayístico del desconsuelo moderno en la hemiplejia de la urbe con dios al fondo, hacen del viejo octogenario mi escritor judío neoyorkino favorito, escritor de raza no complaciente.
La ciudad de Dios es el compendio en el que un S. Agustín viejo confronta el ideal de ciudad de cristo con la ciudad decadente y pagana condenada al suplicio eterno. Las continuas digresiones le dan pie para abordar todos los demás temas posibles de su obra capital: Las confesiones. Allí explica la naturaleza de dios, habla sobre el judaísmo, la idea del pecado, el bien y el mal, la culpa, la muerte, la providencia, el tiempo, el destino, la historia,…en fin. Ése fue el único libro del que el padre Pemberton al condenar su biblioteca y renunciar a dios no quiso separarse, acaso porque a pesar de la ignominia que lo habita alberga aún una tibia esperanza a la que agarrarse antes de rodar pendiente abajo; como él mismo clama en su pasional discurso de recién casado con la rabina experta en judaísmo evolutivo:
“Te han desacreditado, y la degradación sin límites de la idea de la vida nos ha llevado a algunos a la desesperación de maldecir Tu nombre y poner en entredicho Tu existencia. Pido una razón que me haga concebir esperanzas de que estas penalidades de nuestras almas vayan a encontrar su resolución en Ti, Señor, Tú el del Bendito Nombre. Te lo pido por todos los que habitamos este pequeño planeta. Amén.”
“Maestros en el arte de pensar contra sí mismos, Nietzsche, Baudelaire y Dostoievski nos han enseñado a apostar por nuestros peligros, a ampliar la esfera de nuestros males, a adquirir existencia por la división de nuestro ser.” -E.M.Cioran-
Anochecer, James Salter
ANOCHECER REÚNE once relatos cortos de James Salter. El libro fue publicado por Muchnik editores en 2002 con una letra tipo Sabon de 12 puntos sobre 14 en papel áspero y grumoso de gran densidad. Convenientemente engomado y razonablemente cosido para lectores nerviosos, que los hay. El título de la edición original es “Dusk and other stories” traducido para ésta por Antoni Puigrós Jaume. Decir también que el libro viene acompañado de su ISBN correspondiente, del inefable depósito legal y de todos los accesorios que estimamos necesarios en un producto-libro para su uso eficiente, tapas, hojas y letras impresas.
Se han ido agregando a mis estantes al pasar de los años, numerosos volúmenes en cuyas guardas aparece reiteradamente el nombre de este señor, Mario Muchnik, así, con apellido de cohete ruso. Son libros adquiridos al cuarto o quinto bote en casetas de resobado a precio de tapa y caña o solo de caña. Algunos ni los he abierto y ahí están, acumulando odio contra dios y contra el mundo que los aparta y rechaza. Ediciones variopintas, cuidadas, de títulos y autores disparejos predominando una altura literaria media-alta; en cualquier caso, respetuosas con el lector orientado, que es el merecedor de respeto máximo en la transacción que nos ocupa y no el público, que es masa avilantada y desdeñable.
Sin pretender ser resonante y enumerativo y por tenerlos a la altura de la vista superior digo de Marcelo Cohen dos, El fin de lo mismo y El testamento de O’Jaral, bien uno y enredoso el otro, Nuria Amat, El libro mudo y Viajar es muy difícil, Ismail Kadaré, Roy Lewis, André Brink, Libuše Moníková, Isaac Montero y El sueño de Móstoles, Doctorow, Primo Levi, Saer, Salter…
Anochecer lleva sobrecubierta, en la foto aparece el porche de una casa unifamiliar de tejado bajo; iluminando la anochecida, una bombilla emite una estridente luz sobre un paisaje ambiguo y lechoso que no sabemos si es mar o carretera interestatal, playa o brea. Aparece solitaria además, junto a la ventana del porche, una silla vacía de poliéster con espaldar de franjas paralelas que proyecta una sombra recortada y geométrica hacia el suelo entablerado y no de linóleo. Me inclino más hacia una bahía por la valla estrecha que separa la superficie homogénea y lisa (tal vez arena) de una confusa niebla donde destellan escasas luces (tal vez de barcos). Definitivamente puede que estemos hablando de una playa, eso es, una casa al pie de una playa junto a un muelle.
Los libros viejos o usados con cubierta son muy prácticos, si es mucha la mugre que los embosca y suficiente el asco que nos produce, basta con quitar el forro, de éste que ahora digo lo hago y queda lo suficientemente digno como para llevármelo a la cama. Las tapas son completamente blancas, con el título y el autor impreso en el ángulo superior izquierdo, detrás lleva una cifra-precio de 17’50€ y un código de barras discreto, insignificante. La blancura nuclear le da un aspecto de vademécum más que de lectura ociosa. Yo lo compré en un impecable estado por 14€ menos del precio marcado, junto con otros diez títulos de la misma editorial que aparecían alineados en una estantería alejada del manoseo de la horda-masa, algunos todavía envueltos en un plástico-precinto original.
Dos elogiosos textos trae la cubierta por detrás, uno de Susan Sontag y otro de John Irving, me gustan los dos pero no me fío de ninguno, más aún cuando no se refieren a lo que dice este señor sino al modo en que lo dice. Lagarto, lagarto, me digo.
Salter estuvo en West Point y se hizo piloto, voló en alguna guerra y tal, cuando ya no se metió a escribir un poco. El estilo suyo es el de Hemingway, de muy poco contar y mucho sugerir. Todo sensaciones olfativas que si las lees resfriado pues es como no leerlas o no verlas. Las sensaciones se te pierden o no te llegan bien. El método es el de poner a cinco personajes a decirse cosas en un diálogo ya comenzado al principio del cuento e intentar que el lector adivine sin más información que los nombres que de tanto en tanto aparecen a qué se dedica cada uno, que relación los une y qué temperatura hace en ese momento en Connecticut. Del diálogo se pasa a la descripción de una nube y de ahí al ligero olor a limón de una piel de niña obscenamente bronceada, después el resplandor blancuzco de un escaparate en la sexta avenida, unos tacones tal vez, parpadeamos y nos perdemos una sensación, damos la vuelta a la página y vemos desvanecerse entre las sábanas una porción táctil del relato, nos movemos y ruedan tras la mesilla limaduras gustativas de atmósfera sutil incrustadas en la página 92, aditivos que se nos van cayendo del libro de puro sutiles y etéreos.
Creo que una se cae del caballo y pasa un tiempo hasta que la recogen, otros son abogados y se van de vacaciones a Italia, uno es escritor pobre, otros en Barcelona van a la playa en Sitges, digo creo porque todas son interpretaciones mías no corroboradas, intuiciones sin demostrar, argumentos encubiertos entre la prosa aguada y retráctil como de un idioma con leucemia.
“Nadie puede conservar su soledad si no sabe hacerse odioso.” -E.M.Cioran-
Diario de invierno, Paul Auster
DICE PAUL AUSTER que son de invierno pero yo creo que le han salido unas memorias más de entretiempo y un tanto desabrigadas. Un inventario epidérmico y lampiño de cambios de domicilio entre Brooklyn y Manhattan con estadía juvenil obligatoria en París, unas cuantas cicatrices escolares, inviernos nevados de Newark, Nueva Jersey, y un par de esposas de las que nacieron sendos hijos.
Un hatillo de ciudades de Europa y el resto del mundo, Estados Unidos de parte a parte, media docena de putas en París, un matrimonio fracasado, unas cuantas novias estrechas que no se dejaban más que tocar las tetas por encima de dos capas de ropa, miles de travesías por el puente de Brooklyn, un perro tullido, Corn Flakes, porción de huevos revueltos, dos rebanadas de pan tostado con mantequilla acompañado de beicon, jamón o salchichas, y torrijas de pan de molde con sirope de arce, un trabajo en un barco, alguna traducción francesa, telefonista del Times en París…
Ataque de pánico, accidente de circulación, inflamación del esófago, espina de lenguado atravesada en la garganta, caída doméstica junto a gruesa y labrada pata de mesa, esguince cervical en partido de béisbol, rotura de hombro en partido de rugby, cara enganchada con clavo suelto…, maneras de las que pudo haber muerto nuestro hombre.
A punto de cumplir sesenta y cuatro años Auster considera que ha vivido ya un rato y que, sin ser un anciano, la vida ya le ha perdonada unas cuantas veces, algo que no todos pueden decir a esa edad, así que es momento de confesar, de dejar constancia de los aspectos personales que no ha sabido o querido contar en sus novelas. Pero el libro, ya de por sí extrañamente delgado, va transcurriendo en una candorosa segunda persona del presente masturbativo (él se interpela y él solito se responde), enumerando y enumerando acontecimientos comunes de la vida de cualquiera sin calar nunca el melón; y a la vuelta de una hoja, sin más, descubrimos con indiferencia que ya está, que se han acabado sus memorias de invierno sin ni siquiera contar algo sobre sus novelas, sus autores favoritos, sus desavenencias con tal o cual colega, sus infidelidades con alguna editora cachonda… no sé…, habladurías del gremio, ajustes de cuentas…, nada de nada.
Más que memorias son una égloga a la desmemoria y al olvido porque aquí solamente se habla de tres personas y de unas cuantas marcas de chocolatinas. Le dedica los pliegos necesarios a la ecuación muerte paterna prematura + muerte materna prematura x infartos inopinados, consecuencia y significado, y otro tanto a loar las virtudes intelectuales de su maravillosa esposa, que le salvó del fracaso de vivir cuando era un alma en pena por las calles perdidas del Nueva York y tal.
Probablemente lo mejor del diario es todo lo que se ha quedado fuera de él, lo peor, la complacencia y autosatisfacción por los dones recibidos (alabado seas mi señor). Decir además que este libro tiene unas dosis de edulcorante artificial inferior a los productos habituales de este fabricante, que ha sido sustituido por melaza natural de sorgo elaborada en Kentucky. Absténgase los hiperglucémicos.
No me resisto a dejar de poner este fragmento maravilloso extraído de la página 171, significativa muestra de lo que pudo ser y no fue:
“Te acuerdas de una historia que te contaron una vez sobre James Joyce: Joyce en París en el decenio de 1920, circulando por una fiesta hace ochenta y cinco años cuando una mujer se le acerca y le pregunta si puede estrechar la mano que escribió el Ulises. En vez de tenderle la mano derecha, Joyce la levanta en el aire, la estudia unos momentos y dice: <<Permítame recordarle, señora, que esta mano también ha hecho otras muchas cosas>>. Nada de detalles, pero qué deliciosa muestra de indecencia y connotación, tanto más eficaz en cuanto que todo lo dejó a la imaginación de la mujer. ¿Cómo quería que lo viese? Limpiándose el culo, probablemente, hurgándose la nariz, masturbándose en la cama por la noche, metiendo los dedos a Nora en el coño y haciéndole cosquillas en el ojete, reventándose espinillas, quitándose comida de entre los dientes, arrancándose pelos de la nariz, sacándose cerumen de los oídos; pueden rellenarse los espacios en blanco según convenga, teniendo en cuenta el aspecto fundamental: lo que más asco le produjera a la mujer.”
Paul Auster
Vuelve a caer la cellisca en el jardín de la casa de Slope Park. Paul Auster en zapatillas y batín de cuadros contempla desalentado desde el ventanal de su estudio que aún no ha llegado ningún petirrojo. La primavera se retrasa este año. Regresa cabizbajo a su mesa de trabajo y reanuda la escritura de la novela que le prometió a Jorge Herralde para antes de su jubilación. Desconfía de poder cumplir los plazos de su editor español. Sería una pena, después de todo, de España proviene una buena parte de sus ingresos, incluso algún premio sonado le ha llegado de allí, aún se pregunta por qué, España es un país en el que apenas ha pasado dos meses si sumamos el número de días de todas sus visitas. Al fondo del pasillo, en la cocina, Siri Hustvedt, su mujer, termina de flambear el pavo con la mano izquierda mientras con la derecha corrige las galeradas de su último ensayo titulado Dickens e identidad, apoyado en su mejilla sobresale el pequeño teléfono inalámbrico con el que Siri le explica en noruego a una antigua amiga el concepto de forclusión de Lacan, a su vez, con el ojo izquierdo, observa a su dubitativo marido reclinado sobre la mesa desde el espejo rectangular del pasillo en lo que parece ser la postura que adopta cuando se pone a elucubrar listas. ¿Estará chocheando? se pregunta inquisitiva.
“Todo lo que he concebido se reduce a malestares degradados en generalidades.” -E.M.Cioran-
La pasión según G.H, Clarice Lispector
“He perdido algo que era esencial para mí, y que ya no lo es. No me es necesario, como si hubiese perdido una tercera pierna que hasta entonces me impedía caminar, pero que hacía de mí un trípode estable. He perdido esa tercera pierna. Y he vuelto a ser una persona que nunca fui. He vuelto a tener lo que nunca tuve: sólo dos piernas.” C. Lispector
HAY UNA BELLEZA seráfica en las caras circulares que atrae sin entusiasmar, y una belleza turbia en los rostros afilados que disloca y abisma. La belleza angular de Clarice Lispector es de ésta clase última; belleza en filo, equidistante y tangencial, de pómulos buidos, ojos de rasgadura y minutísima boca. Semblante muscular, expresión ahusada, soledad córnea, compleja, algebraica, una invitación confusa a sus textos que se acepta o se rechaza con incomodidad. Si la cara del autor es el espejo de su obra, la belleza de Clarice es un abismo inextricable.
“En mi beso tu vida más profundamente insípida me era dada, y besar tu rostro era insípido y laborioso trabajo paciente de amor, era la mujer tejiendo un hombre, tal como tú me habías tejido, neutro artesonado de vida”. C. Lispector
Llegué a Clarice por la nariz, no por el olfato. Yo no tengo una nariz ancha y negroide como un nudo de corbata, lo siento, pero mi nariz no es así. No tengo un apéndice nasal curvado que se presenta rotundo y feraz ante el mundo con animosidad ornitológica. Tampoco tengo un pegote circense por nariz. No soy Ovidio Nasón, ni Karl Malden, ni Góngora y Argote, qué va. Mi nariz es fina vista de frente y respingona de perfil, ligeramente alargada, con una proyección o leve exterioridad ajena al discurrir tranquilo del tabique nasal, un empalme discreto que se sobrepone sin demasiada estridencia al cartabón. Mi nariz es hembra, masculinamente débil a pesar de ser yo varón legítimo y probado. Mi nariz es característica lo sé, pero no rimbombante. Dos narices similares unen más de lo que uno piensa. Mi nariz es como la de Clarice Lispector, nada más.
He leído en algún rincón oscuro y me ha gustado, que ceñirse a la literalidad de la obra de Lispector y desentrañarla fragmentariamente es como describir una a una las figuras que aparecen en un cuadro de El Bosco, El jardín de las delicias por ejemplo, donde cada forma estudiada individualmente puede aportarnos importantes claves sobre el estilo y una presunta intención general de la pintura, pero no un significado pleno de la totalidad del tríptico.
De la zahúrda de los hermeneutas asoman teorías dispares, ligazones accidentales que, como ocurre siempre en estos casos, adelgazan y constriñen, disminuyen y reducen el alcance de lo dicho a un haz de nombres y lugares comunes.
De las adunaciones más frecuentes a las que han sometido a Clarice Lispector destacan aquellas que la emparejan con Lacan. Algunos los pintan uncidos cruzando los traspatios freudianos del psicoanálisis canónico hasta llegar a la urdimbre del estructuralismo y demás segregaciones montaraces. Otros la ven remoloneando por las encharcadas praderas de la filosofía del lenguaje con el Tractatus en el halda y un manojo de flores encarnadas. Los más la equiparan al modernismo redentor que impuso el monólogo íntimo, críptico o autista, y el estilo como único argumento de la obra, Virginia Woolf, Joyce, Faulkner…
La pasión según G.H. es un viaje al centro de la náusea entre las fracturas del ser. Se me ha ocurrido decir esto sin saber bien lo que digo, pero ahí lo dejo dicho.
De todo lo dicho prefiero, por afinidad y paisanaje, las teorías que dicen ver a Lispector como una Teresa de Ávila contemporánea. Iluminada, críptica, transida, no sé si esquizoide o no, ni si llegó a conocer la ergolina, pero puestos a elegir al azar una pareja de baile que rime bien, yo me quedo con los místicos del Siglo de Oro qué duda cabe.
Todo el monólogo de G.H. se circunscribe sistemáticamente dentro de los límites de la introspección religiosa, sin apenas discurso propiamente narrativo salvo vagos datos biográficos del personaje para dejarlo en situación: escultora amateur, burguesa, con servicio doméstico, apartamento bien instalado y…, la cucaracha.
Yo diría que el estilo rítmico, elusivo, sincopado, extremadamente preciso y de una audacia inimaginable, sólo se había dado antes en los exquisitos e infrecuentes aforistas de la desgarradura; Lichtenberg, Kierkegaard, Nietzsche, Cioran, Pascal…, más próximos a la filosofía especulativa que a la literatura, aunque por su tableteo monocorde y jazzístico recuerda la avanzadilla de Céline y a un falso expresionismo de entreguerras.
La sensación domina, avasalla a la acción, que es insignificante. La sensación rapta a la acción sin pedir después rescate, la confina en un zulo oscuro y apartado hasta que nos olvidamos de ella, y nuestra atención ahora se concentra exclusivamente en el sistema nervioso central de la narradora, que a la vez se va convirtiendo en el nuestro, y nos molesta, nos desasosiega tal confusión, nos aterra, porque jamás, digo jamás, ni en las más hondas caídas de nuestros cristos del alma, hubiéramos soñado estar en una situación similar, tan abocada a no sé qué, a algo que se nos escapa. Algo que el implacable y formulativo estilo no nos termina de explicar correctamente, o, si lo hace, no lo entendemos porque no estamos a la altura, porque somos seres inferiores simplemente. Sin capacidad.
“Yo que había pensado que la mayor prueba de transmutación de mí misma sería ponerme en la boca la masa blanca de la cucaracha. Y que así me aproximaría a lo…¿divino?¿A lo real? Lo divino es para mí lo real. Pero besar a un leproso no es siquiera bondad.” C. Lispector
Tras los embauques de la apariencia, despojadas una a una las capas de la animalidad: la identidad, la belleza, el lenguaje, el deseo, la intención, el placer…, se halla lo neutro, la neutralidad, la identidad más última definida por su inexpresión; una alegría inexpresiva, un placer que no sabe que es placer, algo superior que se eleva sobre los límites del concepto, de la definición, naturalmente, algo que no se puede nombrar con la vulgaridad de un código de signos aleatoriamente permutados. Ser en sí, realidad exterior ajena al hombre, desplazamiento del individuo por otra cosa, lo neutro. Eficiencia sartreana tamizada de desencanto caribeño.
“La esencia es de una insipidez ofensiva. Será preciso purificarme mucho más para no querer incluso el añadido de los acontecimientos. Antiguamente, purificarme habría significado una crueldad contra lo que yo llamaba belleza, y contra lo que yo llamaba yo, sin saber que yo era un añadido de mí.” C. Lispector
Éste es el huevo de dos yemas de la mística, creer que cualquier Jeremías puede arrimarse a ella y salir indemne. Pues bien, no. De determinados libros uno sale derrotado, humillado, amortajado en el embozo espeso del fracaso, nuestro fracaso, el fracaso de nuestra inteligencia.
“La desheroización es el gran fracaso de una vida. No todos llegan a fracasar, porque es demasiado trabajoso, es preciso subir antes penosamente hasta llegar por fin a la altura desde la que se puede caer; sólo puedo alcanzar la despersonalidad del mutismo si antes he construido una voz. Es precisamente a través del fracaso de la voz como por vez primera se va a oír el propio mutismo y el de los demás y el de las cosas, y se acepta como el lenguaje posible. Sólo entonces mi naturaleza se acepta, se acepta como su suplicio asombrado, donde el dolor no es algo que nos ocurre, sino lo que somos. Y se acepta nuestra condición como la única posible, ya que ella es lo que existe, y no otra. Y ya que vivirla es nuestra pasión. La condición humana es la pasión de Cristo”.
“Nunca más comprenderé lo que diga. Pues, ¿cómo podré hablar sin que la palabra mienta por mí?¿Cómo podré decir, sino tímidamente: la vida me es? La vida me es, y no comprendo lo que digo. Y entonces adoro…” C. Lispector
“La mística es una irrupción de lo absoluto en la historia. Al igual que la música, ella es el nimbo de toda cultura, su justificación última.” -E.M.Cioran-
Aire de Dylan, Enrique Vila-Matas
“Cuando oscurece, siempre necesitamos a alguien”
FRENTE AL ESTREÑIMIENTO creativo de los próceres del mainstream patrio, una cosita cada tres años como mucho, se eleva la rotunda prodigalidad de Vila-Matas, que surte de títulos los escaparates y los expositores giratorios, en una demostración fecunda de cagantía sin fin. Ahora se llama Aire de Dylan el texto, pero podría intitularse también Espermatorrea fulgurante, De vuelta a la jerigonza o A la busca de Cesárea Tinajero, qué sé yo; en cualquier caso, algo que se expele en cuantía y desproporción al estímulo originario.
Esta torrencialidad productiva no se sabe bien si responde a una abrumadora capacidad de trabajo, a un abultado arcón repleto de follaje de cuando el olvido y el hambre atrasado, o a una inercia propicia detectada en los volátiles mercados que clama desde el fondo de los bolsillos: empuja ahora o nunca, que además te harán académico. No sabemos.
Primero que nada, la novela por así llamarla, está toscamente erigida sobre una prosa muy descuidada, repleta de adverbios mal empleados, reiteradas locuciones y frases hechas vulgares y malsonantes. En su enfermiza obsesión por sortear el adjetivo y la metáfora, suponemos que por una enfermedad infantil mal diagnosticada, gandulea por un estilo directo enunciativo de frase demediada que se propone correr directamente hacia la acción sin rodeos. Lo llamativo es que en los libros de Vila-Matas la acción siempre la pone el lector y, entreteniéndonos en eso, siempre llegamos un poco más tarde a la idea propuesta que su prosa transversal, por lo que es inevitable dejar de preguntarse si para este viaje se necesitaban estas alforjas, ya que no se deben contar abstracciones y ensimismamientos sin lubrificar antes, así, en crudo.
Con todo, el estilo aniñado como de cartilla de Rubio del nº 2, es inferior a lo que pretende. O sea, que la intención es muy otra del resultado, y eso es malo casi siempre.
El ajo es remedar a Bolaño o servirle de epígono, perderse en Sonora, infantilizarse y ponerse abstruso pero sin follar nunca, que eso es ya una radicalidad intolerable en las entelequias Hamletianas de don Enrique.
Antes, quien no tenía pulso ni imaginación para construir una historia verosímil, se entretenía lirificando la infancia y enjoyaba los embelesos metafísicos de la cola del mercadona con exquisiteces sintácticas cabello de ángel, dulcificaba el mundo exterior y su légamo acre a adjetivazos tonantes, cegadores hallazgos gramaticales, metáforas infecciosas, erecciones como anginas de pecho,…
Vilnius Lancastre se queda huérfano. Su padre era escritor y cineasta de medio pelo, con una gloria de clase media. El hijo, con un asombroso parecido al Bob Dylan de Pennebaker, es un holgazán desconcertado que pretende compilar un archivo general del fracaso, y de eso sacar un libro, un documental, una película, algo. Pero al poco de morir su padre y después de golpearse la cabeza, empieza a sentir lo que él llama “infiltraciones mentales de su padre”, o sea voces que le amedrentan e indisponen, le agitan, le soliviantan y le incitan a vengar su muerte, su presunto asesinato. Así, tal cual, como un Hamlet postmoderno devenido, esquizoide, un pelín atontado y palurdo. Los culpables: la zorra de su madre y el amante. Todo esto lo dice el muchacho atontado en conferencias y reuniones, en una de ellas conocerá a otro escritor amortizado, catalán (averigüen), que será el encargado de narrar los hechos, o los dichos. El Dylan palurdo, inseguro, pusilánime, borrachuzo, se lía con la amante de su padre muerto, apellidada curiosamente Zimmerman, forman una sociedad de mentecatos, menesterosos y diletantes, con el afán de no hacer nada nunca (toque situacionista), pero dispuestos a librarse del incordio del muerto que reclama justicia ultraterrena recomponiendo sus memorias.
En este ambiente de estupefacción atolondrada y naif, el narrador disemina sus alquimias clásicas, citas verdaderas y citas falsas, nombres de escritores reconocidos y títulos de películas clásicas, embalsamándolo todo en un aire cultureta marca de la casa (esta vez mucho menos denso en verdad). Por ahí suena Shakespeare naturalmente, y el Faulkner y Fitzgerald guionistas, Barton Fink de los Coen, Tres camaradas de Frank Borzage, Knut Hamsun, Julio César y La condesa descalza de Mankiewicz, Don’t look back de Scorsese, Coppola, Lynch, Paul W.S. Anderson, Brett Ratner, Uwe Boll, Leviatán de Joseph Roth, Laurence Sterne, Duchamp, Billie Holiday, Guy Debord, Hitchcock, Oblómov de Goncharov, Lebowitz,…
Un ejercicio ramplón sobre la impostura, la teatralidad de la vida, la alteridad. Parodia, dicen en la contraportada, la cultura del mínimo esfuerzo y el narcisismo pop, el egocentrismo de la postmodernidad a través de la relación de un padre y un hijo, dos generaciones, un conflicto. Infralevedad, infrarealismo, maneras de vivir que decía uno, maneras de escribir también.
“Nada tranquiliza tanto como una máscara”.
“Y aquí creo que habría que añadir que destruir a los colegas es un ejercicio muy beneficioso para la salud de resentidos como yo.”
Vila-Matas
“Es la falta de amargura perezosa la que hace de los hombres bestias sectarias: los crímenes más matizados tanto como los más groseros son perpetrados por los que se toman las cosas en serio. Sólo el diletante no tiene gusto por la sangre, sólo él no es criminal.” -E.M.Cioran-
Tumbas de poetas y pensadores, Cees Nooteboom
SOLO LOS POETAS siguen hablando después de muertos. Solo los poetas siguen siendo alguien cuando ya no son nada. Una lápida apenas, la parte visible de los muertos. Cuando la poesía, la parte visible de la inteligencia humana, dormita bajo una lápida, un monolito, un tiesto, algo, el hombre, la humanidad mañosa digo, se vuelve menos hombre y más masa. Uno sigue el rastro de un poeta y se encuentra sin quererlo con un batallón de muertos con sus respectivas tumbas, erizadas de lápidas en las que demorarse y guardar respeto debido, levantar acta al menos de que siguen allí, dar fe de su estadía añosa y funeral.
Todos los poetas muertos tienen un verso común que es la lápida, y un paisaje alrededor que rima en asonante. Un poeta muerto es un verso suelto, blanco, libre, alejandrino y con hemistiquio largo, eterno.
LA TUMBA DE KEATS
Liberado de la injusticia del mundo y de su dolor
descansa por fin bajo el azul velo de Dios,
arrebatado a la vida cuando vida y amor eran nuevos,
el más joven de los mártires yace aquí,
hermoso como Sebastián y muerto a tan temprana edad.
Ningún ciprés da sombra a su tumba, ningún tejo funerario,
sino amables violetas que lloran con el rocío
tejen sobre sus huesos una cadena siempre florida.
¡Oh, el más altivo corazón que la desdicha rompió!
¡Oh, los labios más dulces desde los de Mitilene!
¡Oh, poeta pintor de nuestra tierra inglesa!
Tu nombre fue escrito en el agua; pervivirá,
y lágrimas como las mías mantendrán verde tu recuerdo
como las de Isabel mantuvieron su albahaca.
El neerlandés Nooteboom anda a la husma de la historia universal de la poesía sepultada, hoza en las lápidas no en la biografía, y así va llenando la talega mortuoria de nombres de muertos que no lo están del todo porque siguen estando presentes en la vida.
Del merodeo entre las tumbas siempre se encuentra un hilo del que tirar y empezar a contar, nada dice más que un enjambre de muertos. Junto a la lápida o sobre ella están siempre las florecillas secas, la maceta pobre desportillada, la piedrecilla que sujeta un papelucho, el acantilado avieso con su mar de fondo reburdeando, un buzón de herrumbre y exilio al más allá, un epitafio unánime, en fin, cosas que decir de los muertos y de su paisaje cotidiano, el menaje funeral.
Y me juré a mí mismo que, si alguna vez abandonaba mi imperio, si esta anguila conseguía escapar del Báltico, la primera cosa que haría sería venir a Venecia, alquilar una habitación en la planta baja de algún palazzo para que las olas levantadas por las embarcaciones, al pasar, salpicaran mi ventana, escribir un par de elegías al tiempo que apagaba mis cigarrillos en el húmedo suelo de piedra, toser y beber y, cuando me estuviese quedando sin dinero, en vez de subirme a un tren, comprarme una pequeña Browning y volarme la tapa de los sesos sin más miramientos, incapaz de morir en Venecia por causas naturales.
Joseph Brodsky
Así va el autor urdiendo los textos hasta hacerlos libro, agavillando lápidas, haciendo acopio de viajes a cementerios ultramontanos. Literatura de cenotafio, humilde como el sueño de un bendito, despaciosa y reverencial, sentida, ajena al mausoleo ostentoso, a los ecos, vuelta más hacia lo íntimo y primigenio del muerto, el verso, la idea.
Hay poetas amados, carne de entraña nuestra y poetas de otros, distantes de lo mío. Poetas turbios asolerándose de eternidad, y poetas claros, limpios como un arroyo caudal, enmoheciéndose de olvido.
Se va a la tumba de un poeta a dar nuestra aquiescencia y a comprender, si podemos, que al otro lado del muro del tiempo, hay alguien que nos habla.
Este deambular por los cementerios, en busca de la tumba perdida, a postrarse ante la osatura grande de la poesía universal, tiene mucho de esnobismo adocenado, pero mantiene también su cosilla tierna y agradecida del letraherido canónico, como de a Larra, con unas violetas, que tanto bien le hace al oficio.
Qué sería la gloria literaria sin peregrinos de tumbas con cuaderno y máquina de fotos, una mierda de gloria, chica y mermada, inferior, gloria como de concejal de provincias o de ordenanza de ministerio. Al poeta hay que bruñirle la lápida con las babas del entusiasmo y la admiración, solazarnos de regusto antiguo y mineral junto a los mármoles ilustres y las modestas piedras, en cementerios lustrosos parisién o en el coño quinto de la isla más esquinera del planeta.
No existe muerte natural: nada de lo que sucede al hombre es natural puesto que su sola presencia cuestiona el mundo. Todos los hombres son mortales: pero para todos la muerte es un accidente y, aunque la conozcan y la acepten, es una violación indebida.
Simone de Beauvoir
El poeta muerto gusta de tener visitas, pues que aunque ya no le apetezca salir a departir, tiene su corazoncito, y lo agradece y contabiliza por si es de recibo encargarle al editor otra antología general de su obra, ésta, aunque con los mismos poemas de siempre, un poco más cara, adaptada a los tiempos que dicen.
Espíritu es vida.
Fluye a través de mi muerte
inacabablemente como un río
que no temeconvertirse en el mar.
Gregory Corso
Cees Nooteboom, se desenvuelve bien entre las glorias de piedra y mármol, destacando, claro está, a los más afines a él, tal vez los de sus misma lengua; con los otros, algunos de los nuestros, nadie es extranjero impunemente, pero el trato es igualmente exquisito con Machado, Borges, Bioy Casares, Cervantes, Cortázar, César Vallejo, Neruda.
La lista acojona, durante sus muchos viajes, ha recorrido todo el mundo para visitar a tal o cual fulano sin importarle la septentrioanalidad o la inhóspita meridionalidad del postrado, y a veces sin saber siquiera que el muerto iba a seguir estando allí. A otros se los encontró sobre la marcha. Muchos son despachados con un escueto fragmento de un poema, otros con un poema del propio Noteboom, con no pocos de ellos desarrolla una semblanza biográfica escueta o comenta algunos de sus versos, con los que tuvo relación en vida se explaya más y, en ocasiones, basta un epitafio para ilustrar una muerte. Hay calidez y modestia, muy poquita mala hostia con algunos de los muertos, que, tal vez, la hubieran merecido, pero el neerlandés errante es respetuoso hasta el escrúpulo. Comentario, breve ensayo, anécdota, apunte geográfico paisajístico, acotación, foto sin más. Un hermoso libro de lápidas sin necrología.
Aquí yace, donde anhelaba estar
en su hogar está el marinero de vuelta de la mar,
y en su hogar el cazador de vuelta de las montañas.
R.L.Stevenson.









